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A los 500 años de la Reforma


Al atardecer del 31 de octubre de 1517 el profesor de la Universidad de Wittenberg, Fray Martín Lutero, agustino de estricta observancia, fijó sobre las puertas de la iglesia una invitación para debatir noventa y cinco tesis sobre las prácticas y creencias de la iglesia de Occidente por aquel entonces. Luego se ha recordado ese momento como el comienzo de la Reforma Evangélica del cristianismo occidental. 
A decir verdad, Lutero salvó al cristianismo. Esto es algo que merece celebrarse.
La religión se había convertido en algo institucional, cultural, lejos de la experiencia personal de los fieles. Con el asentamiento de los grupos germánicos en lo que otrora fue el Imperio de Occidente, fue inevitable que el cristianismo se degradara. 
Hasta el día de hoy para comprender la fe hay que entrar en la mentalidad del mundo romano del siglo 4° y 5°. Pero los grupos germánicos (visigodos en España; sajones, anglos, ostrógodos, lombardos, más los celtas y los eslavos y para de contar) no captaron ese mundo romano sino de manera indirecta, comenzando por el latín deforme que heredaron de los veteranos de las legiones. Ese latín deforme es simbólico de lo que sucedió. Es como aprender inglés a partir del vocabulario y expresiones de los soldados norteamericanos en el extranjero y creer que cultura norteamericana equivale a Disney World. 
De esa manera hubo emperadores y senadores en Occidente, pero sólo de apariencia. Eran bárbaros revestidos de un barniz de civilización. Cuando Carlomagno quiso montar las prácticas litúrgicas en su sede de Aquisgrán a orillas de Rin, se trajo unos sacramentarios papales de Roma y sus clérigos los interpretaron como pudieron. A su vez, iniciaron otras tantas nuevas prácticas litúrgicas.
En los siglo 8,9,10, Roma fue escenario para los papas más corruptos y sanguinarios y sexualmente desenfrenados que pueda pensarse. Hubo una mujer que tuvo la distinción de ser hija de papa, esposa de papa y madre de un papa. La decadencia de los papas romanos recordó la de los antiguos emperadores y superó a las de los papas renacentistas que más tarde Lutero conoció. 
Con ese escenario de fondo se entiende la reacción de lo que se conoce como la reforma gregoriana del milenio, del papa Gregorio 7°. Este papa impuso el régimen monástico como ideal de vida para todo el clero. De paso, puso bajo su protección feudal a las abadías de la reforma de Cluny, lo que se convertiría en una tradición para otras reformas monásticas como la del Císter.
Pero ya el daño estaba hecho. El papa dejó de ser una figura pastoral y se convirtió en una figura política con responsabilidades administrativas. Cuando en la disputa entre Gregorio 7° y el emperador alemán en torno al nombramiento e investiduras de los obispos (normalmente el emperador nombraría y el papa autorizaría) Gregorio logró imponerse y hasta hizo que el emperador tuviese que venir descalzo y vestido de penitente a pedir perdón. Pero el emperador no vino por motivos cristianos, sino por motivos políticos. La penitencia fue un teatro con elementos supersticiosos. 
Después de eso la burocracia romana fue creciendo. Hubo que buscar fondos para mantener aquel gobierno y para tantos proyectos de construcción y tantas misiones y tantas cosas más. Así se desarrolló el sistema de compraventa de puestos, beneficios y prebendas. Como en nuestro mundo hispano, más de uno se hizo clérigo para poder tener donde vivir y comer. En el caso de Erasmo de Rotterdam, ser clérigo de órdenes menores le permitió el estudio y manejo de su trabajo de humanista. Pero también por entonces hubo papas que tomaron millones en préstamos contra los ingresos por el tráfico de la corrupción eclesiástica.
Para la época de Lutero los obispos y arzobispos, los abades y los cardenales, eran todos aristócratas, en una tradición centenaria. Su interés en el puesto no era pastoral, sino feudal. Uno era obispo como el hermano era barón, digamos; arzobispo, lo mismo que duque. Los abades vivían separados de los monasterios y se daban ellos mismos dispensa para comer carne en cuaresma o tener amigas, al estilo de cierto famoso ermitaño del siglo 20 que ofrecía whisky a los visitantes. 
Baste leer los testimonios de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, Fray Luis de León y otros: los conventos no eran lugares de devoción y para poder seguir una vocación de verdad había que irse a uno “reformado” y mira que la Santa Inquisición dio candela por eso de querer reformar los conventos y monasterios. Santa Teresa no fue arrestada por un pelo. 
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Es que la institución eclesiástica no necesariamente representaba la experiencia del encuentro con Dios. Era algo más bien una institución social. Es lo que se ve cuando algún gitano sacaba la cuchilla para atacar al que le faltara el respeto a “la Morena”, es decir a la Virgen, en tiempos de Franco (no sé si todavía sucede). Lo mismo sucede cuando los padres insisten que hay que casarse con el cura y bautizar los críos con el cura, aunque nunca pisen una iglesia el resto del tiempo. 
Está el caso del obispo Talleyrand, que militó en la Revolución Francesa y luego sirvió a Napoleón como especie de Secretario de Estado, y terminó de funcionario de la Restauración del rey Luis 18. Por sus propio testimonio sabemos que era ateo y que mientras fue obispo hasta se reía de la ingenuidad del pueblo mientras celebraba las ceremonias. 
Para la época de Lutero ya estaba ahí el deslinde entre catolicismo y cristianismo, desde siglos antes. Ser católico en adhesión al papa, como hoy día, no necesariamente implicaba ser cristiano. Y ser cristiano con la fe de los evangelios podía llevar a un conflicto con el catolicismo institucional. 
Ya con Erasmo y el manejo de las Escrituras en griego, junto a la difusión gracias a la imprenta, comenzó a verse el contraste directo entre las enseñanzas de Jesús y la vida de los eclesiásticos. Ya no era asunto de que lo dijera algún monje loco en una esquina; cada cual, si aprendía a leer, podía confirmarlo por sí mismo. En Inglaterra fue donde se dio por primera vez la predicación de los legos, por inspiración directa del Espíritu Santo. La democracia y el igualitarismo social marcharon de la mano.
La tensión entre cristianismo popular, personal, comunitario de base, y el cristianismo institucional, sigue presente hoy. Se ve también en las iglesias evangélicas. Se vio en los primeros tiempos, como en el conflicto entre helenistas y hebraizantes en Hechos de los Apóstoles.

Cierto, uno puede preguntarse qué es la experiencia de fe sin algún contexto institucional. Sin la institución la fe puede ser cosa de locos. Pero tampoco es asunto de que la institución burle su razón de ser.

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