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Domingo 1 de Cuaresma Ciclo A

 


La cuaresma es tiempo de oración, ayuno, limosna, conversión de vida. No es que uno sólo reza en cuaresma; ciertamente oramos todo el año, lo mismo que continuamente practicamos la limosna y la conversión de vida. Esto es algo así como el aseo, que continuamente lo hacemos. Es como limpiar la casa, que hay momentos del año en que lo hacemos de manera más completa.   

En tiempos medievales la cuaresma adquirió un carácter penitencial, de acusar a los pecadores y traerlos a pedir perdón a Dios. Sigue siendo así, pero en nuestros días es preferible recordar lo que dijo Jesús, que no vino a condenar ni acusar, sino a invitar a la conversión (Juan 3,17). El ayuno y las prácticas penitenciales no tienen sentido si no se dan en el contexto de la conversión. Y en estos últimos años (con papa Francisco) la conversión significa traducir la fe a las actividades en que los feligreses salen al encuentro de los marginados, de manera que la iglesia no es el círculo de los santos, sino de los enfermos y pecadores que caminamos juntos hacia la patria celestial. Una buena reflexión de cuaresma en la parroquia puede ser la conversación sobre la pastoral de los divorciados, o de los homosexuales, los drogadictos, los sujetos a otras formas de adicción, así. Se pueden hacer viacrucis y horas santas, pero también hace falta la reflexión de cómo la fe comunitaria se traduce en obras de atención a los necesitados y tender lazos hacia los que no piensan como nosotros, como en el ecumenismo y la coordinación de obra social con otras iglesias. Obras son amores. 



En los tres ciclos de lecturas anuales el primer domingo de cuaresma está dedicado al episodio de las tentaciones de Jesús en el desierto. 

Según el evangelio el Espíritu llevó a Jesús a retirarse al desierto durante cuarenta días para servirnos de modelo en cuanto a vida orientada hacia Dios, vida de oración. Y en el desierto le llegan las tentaciones relativas a la vida real, la de todos los días. 

El diablo le reconoce como posiblemente hijo de Dios: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes», le dice. Ahí, la primera tentación, la del hambre, la de nuestras necesidades biológicas, que son legítimas, válidas, pero que pueden cegarnos y ser un obstáculo a ver bien el orden de las cosas (con mucha hambre, podemos alucinar, qué no se diga hacer lo que normalmente no haríamos).  

Con esa tentación el diablo busca saber si es el Hijo de Dios al convertir las piedras en panes. Pero también lo está tentando a que ponga su condición divina al servicio de sí mismo, al servicio de su propia necesidad. Le está proponiendo que realice el milagro para beneficio propio y no de los demás. 

En la segunda tentación el diablo le lleva al tope del templo y le invita a tirarse, que los ángeles no permitirán que se «escocote» (descocote, caiga como el coco que tumban de la palma). Es la tentación de verse súper especial y es el diablo tratando de confirmar que es el Hijo de Dios. Pero de nuevo Jesús no cae en la tentación de buscar su propio interés devaluando así su condición divina. Como Jesús cada uno de nosotros puede tener cualidades especiales que están ahí, no para nosotros mismos, sino para beneficio de los demás. Al menos ese es el modo cristiano de verlo. Sin embargo, más de uno cae en ese orgullo tan opuesto al reconocimiento de la realidad de sí mismo. Aquí enfoco las tentaciones de Jesús en el sentido de nuestras debilidades, que a más de uno lleva a caer en delirios. Jesús nos enseñó a no creernos dioses; no creernos ser más de lo que somos.

Jesús, siendo Dios, puso su encarnación, su condición humana, al servicio de nosotros, para enseñarnos el camino. Pudiendo convertir las piedras en panes o tirarse del pináculo del templo, bien pudo llegar desde el comienzo como el rey o emperador terrible al que habría que someterse, ya. Pero prefirió sufrir con nosotros y dejarse estropear y maltratar al convivir con nosotros y puso los milagros al servicio de su misión. Fue obedientemente humano con tal de enseñarnos el camino al Padre.

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En la primera lectura vemos la desobediencia de Adán, que es la desobediencia de todos nosotros. Uno con mucha hambre traiciona hasta su madre y uno por vanidad comete más de una canallada; uno engreído que se cree la gran cosa por ambición comete las más grandes vilezas. Uno cegado como Satanás por no ver más allá de sus necesidades e intereses personales ve como lógico lo que en realidad es algo malvado. El error de Satanás fue un error de perspectiva, la incapacidad para ver la realidad, para ver las cosas desde la perspectiva fuera de la propia perspectiva, o de ver las cosas como Dios las ve, bien si nosotros las vemos de manera imperfecta. Nos toca, con ayuda de Dios, superar la perspectiva del que está esclavizado por sus necesidades humanas y no puede ver más allá de ellas. Esa es la condición humana. 

En Adán y en Satanás nos vemos todos. En esa situación se vio Jesús también. Fue tentado para enseñarnos a ver más allá de las tentaciones. 

El eje de las lecturas de hoy viene siendo la segunda lectura de san Pablo en Romanos 5,12-19 que nos presenta a Jesús, el nuevo Adán. «Así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos,» nos dice.

En las tentaciones del evangelio vemos la debilidad humana que nos lleva al pecado, a la desobediencia. Y en Jesús vemos al que fue obediente, al que rechazó la maldad a nombre del bien y a nombre de todos nosotros. 

No hay peor ceguera que el que no puede ver porque no quiere ver. Esa es la ceguera de los fariseos. Es la ceguera de los que no pueden ensayar la perspectiva fuera de la propia. Dios en Jesús nos lleva a ver la tentación desde la perspectiva del amor a Dios y al prójimo.



La primera tentación, la de convertir las piedras en panes, es la del hambre. No es asunto de decir que hay que ayunar para privarnos del placer de comer. No es asunto de decir que comer bueno tiene algo de pecaminoso, no. Lo más natural del mundo es necesitar comer y querer comer y a quién le amarga un dulce, si se trata de comer bueno. Comer en sí, como el sexo en sí, es algo bueno. 

A lo que Jesús apunta al presentar la tentación es a la tendencia a no pensar sino sólo en comer, a no ver más allá de la comida y el sexo. Por esa ceguera, ese impedimento de ver más allá de lo que tenemos al frente, por eso es que pecamos, es decir, por eso es que vemos la comida y el sexo como lo máximo y caemos en el error de perspectiva. Pensamos en nuestra hambre, por ejemplo, pero no pensamos en el hambre de los demás.

Igual, por hambre traicionamos los más altos ideales. Es absurdo asumir la postura de vivir para comer. Pero ciertamente hay que comer. En situaciones límites de mucha hambre podemos terminar en el crimen; es lo que se ve en las favelas y en los «barrios bajos». En los «barrios altos», entre los ricos, quizás no es tan evidente. Qué tal pensar en casos en que los ricos se ciegan por el hambre.

Entre los ricos quizás se da con el empresarismo ciego en que los trabajadores son como esclavos sumidos en la miseria. Igual, en el caso de la agricultura de gran escala sabemos que a menudo no se toma en cuenta la destrucción del medio ambiente y las consecuencias que sufren los trabajadores y las poblaciones a causa del uso indiscriminado de los elementos tóxicos que contaminan tierra, agua, aire.



La segunda tentación es la del engreimiento y la vanidad. Fue la tentación de los fariseos. Al superar la tentación de las debilidades materiales como el hambre, uno puede engreírse y sentirse que uno es «bueno». Uno se merece que Dios esté con uno al punto que puede tirarse del pináculo del templo y los ángeles no permitirán que uno se dé contra el suelo. Pero ese fariseísmo no se justifica porque nadie es santo y bueno, sino Dios (Marcos 10,18). Jesús pudo resistir las tentaciones y nos enseñó evitar ser presuntuosos, a no presumir, sino a ser agradecidos por poder gozar del favor de Dios y no ser fariseos presumidos.

La tercera tentación es el amor a la autoridad y la vanidad del poder. Una vez más, con tal de alcanzar el poder sobre los demás o llegar a ser reyes y emperadores más de uno traiciona hasta a su madre. No hay que sino ver la historia de los reyes y emperadores de la historia, hasta los dictadores autoritarios de nuestros días, no sólo en Estados Unidos, sino también en la China, Corea, Rusia y en nuestra América hispana. Los emperadores y gobernantes van también cegados como niños que no se dan cuenta de las consecuencias de sus actos.

Cada uno de nosotros puede también caer en esas tentaciones y ser el pequeño déspota en su entorno familiar, arrastrado y cegado por las pasiones y el engreimiento del hambre, la vanidad, el egoísmo, la ceguera del poder. 

También en las iglesias encontramos esos que no reconocen la maldad presente en su misma prepotencia clerical o religiosa. Es la tragedia también del nacionalismo cristiano obsesionado por los temas del aborto, el matrimonio entre homosexuales y las personas transgénero, pero en realidad cegado por el ansia del poder político sobre los demás. 

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"All You Need Is Love" (Todo lo que se necesita es amar), cantaban los Beatles décadas atrás. Unos años más tarde el cardenal Bernardin de Chicago se hacía eco: la defensa de la vida (el movimiento pro vida) de los cristianos que combaten el aborto debe ser como la vestidura de Jesús, de una sola pieza, sin costuras (Juan 19,23). Por la misma razón que luchamos por la vida en el caso del aborto, por esa misma razón hemos de repudiar las leyes de la pena capital y por eso mismo hemos de promover la calidad de vida de los niños, de la familia, de los migrantes y de todos los seres humanos. Los que admiran al papa Juan Pablo II no recuerdan que en su encíclica Veritatis Splendor #80 propuso claramente: la deportación de migrantes es de una maldad intrínseca, es algo malo de por sí, por definición, por sí mismo, no importa quién lo haga. 


Como podemos constatar en la Biblia y los evangelios Dios está a favor, no sólo de la vida biológica como tal, sino del florecimiento de toda forma de vida. Dios es un Dios pro vida en el sentido de la liberación de todas las ataduras y de todas las miserias. Dios se opone al hambre de pan y al hambre de la opresión. Dios favorece la libertad antes que la esclavitud y el racismo y la xenofobia. Dios favorece una sociedad más justa en que el bien común es más importante que los intereses particulares de los ricos y los poderosos. Por eso Dios no puede oponerse al desarrollo social y económico en armonía con la naturaleza. Dios no se puede oponer al movimiento ecuménico y los esfuerzos por el diálogo y la paz. Dios es el mismo para católicos, protestantes, musulmanes y budistas, así sucesivamente.


Así podemos entender lo que planteara san Pablo en el himno al amor: puedo parecer el santo más grande, pero si no tengo amor, soy una campana hueca (1 Corintios 13,1). 

Invito al lector a continuar esta reflexión por su cuenta.

Invito a ver mis apuntes del 2023 que a su vez remiten a otras reflexiones de años anteriores sobre los temas de este día, oprimiendo aquí


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