viernes, 18 de enero de 2019

Segundo domingo del tiempo ordinario, Ciclo C


El tema de hoy es el milagro de las bodas de Caná, con el que se cierra verdaderamente el ciclo del tríptico de las teofanías, o las manifestaciones de Dios al aparecer la figura de Jesús, el Enviado, en el escenario de la vida pública. 

Las consideraciones sobre las lecturas pueden verse en mis apuntes para este domingo, de 2016.


miércoles, 16 de enero de 2019

EL OCTAVARIO DE LA UNIDAD ENTRE LOS CRISTIANOS




Del 18 al 25 de enero se celebra todos los años la semana de la unidad entre los cristianos. El 18 de enero es la fiesta de San Pedro y el 25 de enero, la fiesta de la conversión de San Pablo. En muchos países a través del mundo hay múltiples actividades ecuménicas. Además de conferencias y paneles, hay actos ecuménicos públicos en que representantes de diversas denominaciones cristianas rezan juntos. 
Este año se ha escogido el lema de la justicia, citando a Deuteronomio 16,18. La idea es que cada año se tome un tema que nos una a todos, aparte de las diferencias dogmáticas, ideológicas. La Conferencia Episcopal Española ha puesto unas indicaciones en su página, lo mismo que el Vaticano.
La propuesta en torno al tema de la justicia se está enfocando en el caso específico de Indonesia. 

Allí los cristianos son minorías y predominan los musulmanes. Esto sugiere una apertura del movimiento ecuménico a credos no cristianos. No se trata solamente de pedir paz, cuando los cristianos son violentamente perseguidos allí y en otros países donde predominan fanáticos religiosos. Plantear el tema de la justicia es recordar que Dios no puede favorecer, ni aprobar, las injusticias que se cometan en su nombre.

Los musulmanes también son creyentes de la Palabra presente en las Escrituras, como los judíos y los cristianos. El odio que pueda haber entre judíos, musulmanes y cristianos, no es armonizable con las Escrituras.

Sobre el ecumenismo cristiano
La unidad no ha de conseguirse mediante la humillación de otros. Habrá de conseguirse mediante el diálogo que se da, no entre adversarios, sino entre los que caminan hombro con hombro y se hablan de cara al horizonte, el diálogo entre los que llevan la convicción de ser hermanos en la misma fe. Somos “hermanos separados”, pero hermanos. No somos enemigos; no podemos serlo.

Con los actos ecuménicos de oración habría que hacerse cargo, tomar consciencia, de que Iglesia somos todos. No es que hay una iglesia universal de un lado, la católica romana, mientras que al otro lado están "los demás". La iglesia universal somos todos porque todos confesamos la misma fe del evangelio, que es algo que no tiene que ver con doctrinas. El encono de 500 años entre protestantes y católicos, entre la institución del Vaticano y los que no se someten a su autoridad, no tiene que ver con la fe en Jesús, nuestro salvador. 

Una digresión sobre lo que nos enseña el anglicanismo
Está el caso del papa Juan Pablo II, que en una ocasión dijo que no quería que el catolicismo (romano) terminara como terminaron los anglicanos, que no se sabe en qué creen, en su afán por ser tan liberales, tan acogedores de toda la gama de inquietudes religiosas. Pero eso no es cierto. Bastaría detenerse a considerar lo que nos enseña la historia del anglicanismo. 
En un momento inicial hubo una pugna enconada entre romanistas y reformadores a lo largo del siglo 16. Fue la época de Felipe II y la reina Isabel I, la época de la batalla de Lepanto y la matanza de San Bartolomé. 
En la batalla de Lepanto Venecia y España lograron la supremacía en el Mediterráneo y el control del tráfico y comercio de especies por tierra. Fue un copo. El comercio mundial estaba en manos de España, para los efectos. Hubo hasta una conspiración para dar un golpe de estado en Venecia y someterla a España, aun políticamente. Quevedo participó en ese plan y luego tuvo que salir de Venecia disfrazado cuando fracasó la confabulación.
Si la economía dictara el movimiento de la historia, el norte de Europa hubiese quedado a merced de los católicos del sur. Pero los asuntos humanos no son algo mecánico. No son cosa de mecanismos de la psicología, tampoco.

En el norte de Europa las iglesias anglicanas y luteranas se fueron convirtiendo en apéndices de los gobiernos locales y ser ministro ordenado llegó a ser un oficio de carrera. Sólo que entre los católicos romanos sucedió lo mismo, en su relación con los príncipes y monarcas y las grandes familias de la aristocracia. Las intrigas de palacio a la hora del nombramiento de obispos y abades eran tan intensas como las de la elección de un papa. Más de un obispo se reía de la fe ingenua de los campesinos.
Lo que salvó a los católicos fue la Contrarreforma. Entre los católicos San Ignacio de Loyola, Santa Teresa de Avila, San Francisco de Sales, San Vicente de Paúl y otros se ocuparon de hacer lo mismo.
Del lado de los reformadores lo que salvó a los evangélicos (“protestantes”) fue el pietismo y el puritanismo. En los países nórdicos se abrió paso el pietismo, que animó entonces las actividades religiosas de los luteranos. Pero en Inglaterra…la reforma de la iglesia inglesa llevó a una guerra civil entre el rey y los eclesiásticos tradicionales de un lado, y del otro, los puritanos, los “purificadores” que promovían la renovación de la iglesia.
Los partidarios de la eliminación de las malas costumbres de la iglesia anglicana tuvieron éxito en aquella guerra civil. Los puritanos tomaron el poder, pero establecieron un régimen absolutista, ideológico. Fue algo parecido a lo de Calvino en Ginebra, cuando se ordenó rezar antes de las comida en las tabernas. Ni en España se llegó a esos extremos. En países como la Unión Soviética y Cuba también es “pecado” tener deseos de riqueza y comodidad.
La restauración de la monarquía inglesa fue inevitable. Y también se restauró la iglesia anglicana. La iglesia inglesa tradicional tendría la legitimidad de estar asociada al rey. Los puritanos perdieron legitimidad. Esa restauración significó que la iglesia oficial del estado estaría tan identificada con la aristocracia, como los papistas del continente europeo ya estaban identificados con los reyes y príncipes católicos. 
Los obispos y sacerdotes y diáconos de la iglesia anglicana no sólo serían funcionarios del estado, también se sentirían identificados con las clases privilegiadas. Para poder volver a la autenticidad del evangelio que habían predicado los puritanos, hubo que fundar un movimiento equivalente al pietismo germánico, que terminó siendo una iglesia independiente. Esto fue el movimiento Metodista. 
John Wesley, el fundador del movimiento Metodista, no se ordenó como obispo y no tuvo intención de fundar una iglesia aparte. La Iglesia Metodista nació sin querer, por así decir. Por cierto, hoy día se aprecia una estatua de John Wesley en los predios de la catedral de San Pablo en Londres. Entre tanto los puritanos que llegaron a Massachussetts siguieron multiplicándose en grupos “anabaptistas”, que terminaron conociéndose como “bautistas”. 
En ese contexto los tradicionalistas y el papa Juan Pablo II echaron de menos en la iglesia anglicana los valores puritanos de los religiosos, de las monjas y los monjes (un párroco debe vivir como un monje; de ahí el celibato de los curas, aunque no sean religiosos de claustro y convento).
Pero el error radicó en creer que el ideal de la vida monástica, de los monjes, representa el ideal de vida de un cristiano a través de las vestimentas, los usos y las prácticas devocionales. Ser un cristiano no es asunto de devoción, de velas y santos, procesiones y novenas. De igual manera, es falso pensar que ser un cristiano equivale a ser un puritano.
Eso de entender el cristianismo en términos de prácticas externas lo rechazó Jesús y lo denunció como farisaísmo. Erró el papa Juan Pablo II cuando dijo que no quería que la iglesia católica romana llegase a ser un cristianismo superficial “como le sucedió a los anglicanos”. 
La experiencia del evangelio
Creo que la revolución puritana en Inglaterra respondió a la misma inquietud que produjo la Contrarreforma católica y despertó la misma oposición. Recordar que la Santa Inquisición mantuvo un dossier activo sobre Santa Teresa de Avila y sus confesores y que San Juan de la Cruz llegó a ser encarcelado. Es notorio el caso de Fray Luis de León. En Francia y los Países Bajos se dio también la pugna con el jansenismo.
Pero cien años más tarde la Revolución Francesa puso al descubierto el hecho de que ya no había interés auténtico en el pietismo, ni el puritanismo, ni en el anabaptismo, ni cosas parecidas. Sólo quedaban España e Italia como baluartes del cristianismo — exagero para propósitos de ilustrar el tema. 
Hoy día no hay mucha diferencia entre carmelitas reformados y no reformados; entre capuchinos y franciscanos; entre jesuitas “de hoy” y los “de antes”; así sucesivamente. 
Lo que pretendió el papa Juan Pablo II con su comentario sobre los anglicanos fue algo irónico. Conservar las formas tradicionales y la observancia de reglamentos y disposiciones atadas al Vaticano no es conservar lo que representa la Buena Nueva.


En este sentido las celebraciones ecuménicas representan un esfuerzo por recapturar el sentido de Iglesia católica, la comunidad universal de los cristianos. 

viernes, 11 de enero de 2019

Domingo después de la Epifanía, Ciclo C -- Fiesta del Bautismo del Señor



La primera lectura está tomada del libro de Isaías 42,1-4.6-7. “Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero,” nos dice. Lo mismo puede referirse al Siervo de Yahvé, que al pueblo de Israel como tal. 
Este pasaje de Isaías habla de la restauración del reino de Israel y se interpreta como que está hablando del Enviado de Dios, el que vendrá poseído del espíritu de Dios, “para que traiga justicia a las naciones”. El Señor lo escogió específicamente para traer la salvación: “Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado, y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas”.
Es posible que, en otra interpretación, este texto sea una alusión a Ciro, emperador de los persas, los que conquistaron a los babilonios y liberaron a los israelitas del cautiverio. El espíritu de Dios le habría inspirado para ser justo y para liberar al pueblo hebreo; para impartir justicia entre las naciones, para liberar a los cautivos. 
Los primeros cristianos leyeron este texto como refiriéndose a Jesús, el Enviado del Padre, el Mesías. Al reconocer esto, instituyeron la fiesta de la Epifanía, de la revelación de Dios en su Enviado, su Mesías. 

El salmo responsorial está tomado del salmo 28,la.2.3ac-4.3b.9b-10. Aclamamos al Señor luego de haber escuchado la primera lectura. Dios no se olvida y viene a nuestro rescate. Ya no es cosa de esperar a ver si Dios viene, como en Adviento. Ahora rompemos a cantar porque vemos con alegría a Jesús, el Enviado. “aclamad al Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor,” cantamos.

La segunda lectura está tomada del libro de Hechos de los apóstoles 10,34-38.  Un grupo se acerca a Pedro para saber más de la fe cristiana. 
Pedro entonces pronuncia en estos versículos lo que debió ser la predicación original de los primeros discípulos de Jesús. Les dice que el Espíritu de Dios bajó y se posesionó de Jesús –como lo dirán los evangelistas al narrar el bautismo en el Jordán– de manera que a partir de ese momento se convierte en el Enviado que esperábamos.
Jesús no se presentó como un Moisés, un ventrílocuo de Dios. “Quien me ve a mi, ve al Padre,” le dijo a los apóstoles (Juan 14,9). Cuando Jesús aparece por primera vez en la vida pública, el Padre deja saber que él es su enviado. Es lo que sucede en el bautismo en el Jordán y en las bodas de Caná. 
No es él quien hace milagros. Es el Espíritu de Dios en él luego del bautismo. En los evangelios hubo quien lo atacó para desacreditarlo y por eso dirán que el Demonio es el que está actuando en él, cuando expele demonios y cura. Pero eso no tiene sentido, como él les dirá. 
No caigamos nosotros en la tentación de, al considerar esto, entrar en controversias cristológicas y bizantinas. Estas consideraciones las propongo como si estuviésemos entre los primeros cristianos,  basándonos sólo en los textos de los evangelios, mirando el asunto “desde abajo”. Escuchamos la segunda lectura de hoy a la manera con la que la escucharon los del grupo que se acercó a Pedro.
“Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo,” dice. Luego: “…de ’cómo Dios' a Jesús de Nazaret 'le ungió con el Espíritu Santo' y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él; y nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la región de los judíos y en Jerusalén…”

El evangelio de hoy está tomado de Lucas 3,15-16.21-22. El pueblo esperaba, esperaba, esperaba a que de alguna manera Dios viniera a socorrerlo, nos dice. Por eso se preguntaban si Juan no sería el Enviado. Pero Juan les dijo que todavía tendrían que esperar, pero que ya pronto llegaría “el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. El os bautizará con Espíritu Santo y fuego”. Jesús no vendría a bautizar con agua, sino con la fuerza del mismo Espíritu que se posesionó de él al momento de bautizarse. En ese momento se dio la teofanía, la revelación de Dios: “se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto»”.
Comentario
La celebración de la Epifanía data, pienso, desde el siglo 4° de nuestra era cristiana. Desde entonces se celebra como la temporada de las teofanías, de la revelación de Dios. Desde tiempos antiguos la celebración nos presenta tres momentos de los evangelios, tres imágenes que expresan este misterio de la revelación en Cristo: la adoración de los Magos, el bautismo en el Jordán, el milagro de las bodas de Caná de Galilea. 
Lo que importa no es el evento que se diera históricamente en el tiempo. Lo que importa es el sentido de lo que celebran los cristianos desde que Jesús se presentó públicamente. Como indicara Mon. Roberto González Nieves este año en su mensaje del día de la Epifanía, nosotros buscamos a Dios, como lo buscaron los Reyes Magos. Y lo encontraron cuando llegaron a adorar al niño en el pesebre.
Somos cristianos una vez que hemos encontrado a Cristo, cosa que no es posible sin la fuerza del Espíritu. Así, la vida cristiana no es una cuaresma; es vida pascual. Es la tranquilidad –por no decir, la alegría– de saberse hermanos de Cristo que resucitó de entre los muertos. Contrario a los que piensan que ser católico es vivir en una cuaresma hasta la muerte, la vida cristiana es vivir en la paz del que ha encontrado a Cristo. Es la vida del que reconoce, como lo hicieron los Magos, que ya estamos en la época de la Pascua. Por eso llegamos a la celebración eucarística, no como pecadores, sino como redimidos.
Hoy esto lo celebramos recordando el bautismo de Jesús en el Jordán. Los que le siguieron reconocieron en él al Enviado anunciado en el texto de Isaías (primera lectura).
Sus seguidores también tuvieron confusión sobre el sentido de esa “salvación” que él representa. Es como la diferencia entre ver, e interpretar. Uno nunca sabe si la Virgen que se apareció en el pozo de Sabana Grande no fue el diablo para promover la idolatría, como dicen algunos pentecostales. 
Es que la salvación que vino a anunciar Jesús no es un simple sacar de la pobreza a los pobres, o de un simple curar a los enfermos. No es un simple caso de “liberar”. Es curioso que Jesús le cura la suegra a Pedro y ella entonces se levanta y se pone a servirles. ¿Curar la fiebre para seguir haciendo las tareas de una sirvienta? Jesús diría, eso no tiene que ver. 
La curación es un signo de la salvación; pero la salvación no consiste en la curación. La salvación no consiste en transformar la sociedad o “instaurar todo en Cristo”. El reino de Dios es otra cosa. 
Ese fue también el error de los tradicionalistas que no entendieron a Ernesto Cardenal, por ejemplo. El reino de Dios no depende de una revolución socialista, pero eso no era lo que proponía la teología de la liberación, que también ha sido mal entendida. Entre tanto, si la liberación cristiana no tiene que ver con la transformación de la sociedad, tampoco tiene que ver con dedicarse con ahínco a las prácticas beatas y tradicionales. Ese fue el error, también, de los fariseos, raza de víboras.
Es que la tentación al fariseísmo es una de las grandes tentaciones del cristianismo en la práctica. Es una tentación para toda institución humana. En Cuba y Venezuela también hay fariseos, los dogmáticos y los que se regodean en ser superiores.
Lo que Dios espera es amor al prójimo como expresión de la experiencia de conversión. No es asunto de tener segundas intenciones, como se dice que pasaba con la Madre Teresa de Calcutta. Socorría a los pobres, pero buscaba por todos los medios que se hicieran católicos. El verdadero cristianismo no es proselitista. El verdadero amor al prójimo no es el de los fariseos, sino el de los pobres de espíritu, los que no tienen dobleces. 
Es que el Reino de Dios es como la semilla del sembrador, o el proceso con que la levadura fermenta la masa. Es como el comerciante que descubrió una perla de muchísimo valor, e igual que la monedita que se le cayó a la viuda y la buscó con ahínco por el piso. Es como el administrador de los bienes del amo que tendrá que rendir cuentas algún día. El Reino de Dios es de los pobres de espíritu, de los que no tienen inconveniente en compartir sus bienes con los menos afortunados.
El amor al prójimo no es fácil, comenzando por la familia de uno, que son los más cercanos. Qué no decir de los vecinos, los compañeros de trabajo, los activistas del gobierno, de los sindicatos y de los partidos políticos, los vendedores del mundo del comercio, así sucesivamente. No es fácil amar a un mentecato, a un super inteligente, a un presumido, a un pusilánime.
Entonces, el Espíritu viene en nuestra ayuda y nos inspira. Esto es posible gracias al bautismo del Espíritu.



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viernes, 4 de enero de 2019

LOS REYES MAGOS





La evolución de la representación del tema de los Reyes es un reflejo de la secularización de la celebración. De un tiempo a esta parte ya los Reyes son como el carnaval, algo colorido que podría darse aparte de la fecha del año. Las multitudes van a la fiesta de la Sanse como un pretexto para otro jolgorio, el último del ciclo navideño. 
Esto mismo se puede decir del cristianismo en general. Las expresiones religiosas son ganchos para colgar nuestra devoción. Con el tiempo pueden convertirse en muletas y finalmente, máscaras. Quitas la máscara, no queda nada donde antes hubo experiencia viva. 
  • Podemos plantearnos lo mismo respecto a la misma cultura, o la identidad puertorriqueña misma. Pero eso es tema para otro día.
Aquí también encontramos la dificultad de algunos para abandonar las tradiciones. Quitas la tradición y descubres que tu fe era la tradición y que sin tradición te quedaste sin fe. Algo así sucedió cuando se eliminó el canto gregoriano en las misas, junto a la distinción entre “misa rezada” y “misa cantada”. En el mundo hispano todavía no nos recuperamos, porque no hay tradición propia de música en el culto, como en los países luteranos y protestantes. 
Recuerdo en una misa cuando era estudiante, en que se cantó un himno (“Donde hay caridad y amor”) escrito originalmente en ritmo afrocubano por el Rev. Armando Rovira. La misa fue en Roma y estuvo acompañada por instrumentos musicales. A la salida escuché a un compañero cubano que comentaba, “Lo único que faltaba era que hiciera su entrada alguna negra bailando”. 
A los pocos años ya no volví a escuchar ese himno, hasta el día de hoy. Es interesante repasar también la evolución de la música y los himnos cristianos, de todas las denominaciones de 1970 para acá. A veces busco música en la radio y mi esposa me llama la atención, que estoy escuchando salsa, o merengue, o baladas, en una estación de música cristiana. A veces la estación de radio es católica.
A los oídos de mi mente de adolescente de los años 1960-70, esa cristianización de la balada romántica y del reguetón no suena bien. Pero quién sabe, si para las nuevas generaciones esa adaptación de la música popular es el tipo de gancho que mencionaba antes, en el que se pueden colgar las experiencias de ahora. 
Lo importante es recordar que la realidad, como los ríos, está en continuo fluir. En tiempos de Bach, algunos obispos llegaron a prohibir música de órganos en las iglesias por ser algo profano. Gracias a Hollywood hoy algunos jóvenes asocian la música del órgano, no con las iglesias, sino con los filmes de terror. 
Como descubrieron los burócratas soviéticos y cubanos, uno no puede legislar la realidad desde arriba; hay que bailar y nadar con ella. Pero eso no es fácil, porque no hay un manual de aprendizaje, a pesar de toda la literatura de autoayuda. 
Al menos creo que ya franqueamos la etapa de ponerle letra a melodías reconocidas como “Sound of Silence” para rezar el Padre Nuestro. En una parroquia la cantaban y después rezaban la oración otra vez, sin música. Recordaba los coros cantando en español la letra alterada mientras el celebrante rezaba con la letra “correcta”. En realidad la comunidad entera es el celebrante.
De todo esto vemos la necesidad de organizar actividades que promuevan el sentido de la comunidad como satélite autónomo dentro del conjunto de las otras comunidades cristianas. 
La comunidad es el lugar, el sacramento, del encuentro con Dios. Es lo mismo que decimos de la Iglesia. De ahí que la epifanía, la revelación de Dios, se da en la comunidad como parte del Pueblo de Dios. Jesús aparece entre nosotros en la comunidad de fe. 

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Ver mis reflexiones de años anteriores sobre el día de la Epifanía del Señor.
–– en el 2008
–– en el 2016

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viernes, 28 de diciembre de 2018

Domingo de la Infraoctava de Navidad, ciclo C


Fiesta de la Sagrada Familia

La primera lectura para este domingo está tomada del Primer Libro de Samuel 1,20-22.24-28. Narra la historia de Ana, que llevó a su hijo para consagrarlo al Señor en su templo. El niño era todavía pequeño, “Cuando el niño dejó de mamar, lo subió con ella…y lo condujo a la Casa del Señor en Silo.” El Señor le concedió aquel hijo y ella a su vez se lo cedió al Señor para servir toda su vida en su santuario.
Paréntesis
Ana, la madre de Samuel, era una de dos esposas, como en el caso de Abrahán (Génesis 11,29). La esposa de Abrahán, Sara, era estéril. Ana también era estéril. Entonces Dios le concedió a Sara ser fecunda y lo mismo sucedió con Ana. 
Samuel significa “Dios escucha” y tendría el sentido de que Dios escuchó la plegaria de Ana, le concedió lo que ella pedía. Ahora Ana devolvía el favor y le entregaba a su hijo, como un tipo de sacrificio de agradecimiento. 

El salmo responsorial para este domingo canta los versículos del salmo 84(83),2-3.5-6.9-10. Evoca la morada de Dios, el templo, lo mismo que el espacio de Dios en que nos gusta habitar a nosotros. ¡Felices los que habitan en tu Casa y te alaban sin cesar! Es el canto de los peregrinos, igual que nosotros, que caminamos hacia la casa del Señor.

La segunda lectura está tomada de la Carta Primera de San Juan 3,1-2.21-24. Nos invita a ver que somos hijos de Dios, igual que Samuel, igual que Jesús. Desde el momento de nuestro bautismo y nuestra conversión ya somos hijos de Dios. Lo que seremos, nos dice, no se ha manifestado todavía. Pero entre tanto, seámosle fieles al observar sus mandamientos.
“Su mandamiento es este: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos los unos a los otros como él nos ordenó.” En esto consiste la definición de un cristiano. El resto son detalles.
El que cumple sus mandamientos permanece en Dios, y Dios permanece en él; y sabemos que él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado.

El evangelio de hoy, está tomada del evangelio según San Lucas 2,41-52. Narra que todos los años los padres de Jesús iban a Jerusalén para la fiesta de la Pascua, igual que lo hacían los padres de Samuel, que iban todos los años al santuario de Silo. 
En esta ocasión que se nos cuenta, Jesús tenía doce años. Es como decir, llegaba a la edad en que los jovencitos judíos se presentan en la sinagoga para su ceremonia de responsabilidad adulta (bar mitzvá) y de ahí en adelante se hacen responsables de su propia vida. Parte de ese rito de pasaje o de iniciación a la vida está ser catequizados en cuanto a la Torá y la ley. 

Al momento de unirse a los que van de vuelta a sus casas, sus padres no saben dónde está Jesús. Hoy día los hubieran llevado al Sanedrín por descuido de hijos. Tres días más tarde lo encuentran sus padres en el templo, en medio de los doctores de la ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos estaban asombrados de sus preguntas y sus respuestas, como sucederá luego una vez Jesús salga a predicar de adulto pleno. 
María le dice, “Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Piensa que tu padre y yo te buscábamos angustiados”. Jesús le contesta que debía ocuparse de las cosas del Padre. Y entonces vuelve con ellos a casa, a Nazaret, “y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba estas cosas en su corazón”.
En la tradición reciente (siglos 18-19) se enfatiza esto último, la humildad con que Jesús vuelve con sus padres y se mantiene obediente a ellos. 

Comentario breve
[Recuerde el lector que comparto reflexiones, ideas, puntos del pensar que descansa un momento para luego seguir rumiando, pensando. No se trata de afirmaciones oraculares, ni olímpicas. Es más conversación al modo de los ensayos periodísticos en los periódicos madrileños que luego se discutían en el café del Pombo, y en otras tertulias.]
En el domingo de la infraoctava de Navidad se nos propone anualmente la fiesta de la Sagrada Familia. 
El ideal moderno de la familia
Está la idea de la familia al estilo de los anuncios de los mormones y de Norman Rockwell. Son tiempos…idealizados. Tal vida familiar nunca existió y es un modelo, un punto de referencia, más que otra cosa. 

Para los cristianos, el punto de referencia para nuestro ideal de vida no es lo que pudiese estar establecido en una sociedad en un momento y lugar particular. Nuestra idea de la vida es la que encontramos en los evangelios y en la biblia. 
Ya en la primera lectura vemos la poligamia de los patriarcas, que se casaban, mantenían un harén. De la misma manera que tenía un hato de ganado, así también tenían un hato de mujeres. Los mormones han sido más fieles a la palabra de Dios, que los católicos, en ese sentido. 
  1. Ahora bien; esto de mantener un hato de mujeres es cosa de gente rica. Los demás nos conformamos con una mujer y apenas nos da para poder mantenerla. Qué va uno a pensar en mantener alguna otra amante por el lado. 
  2. Aparte de eso, recuerdo en mi niñez cuando en las tertulias se criticaba el hecho de que los velorios ya no eran lo mismo que antes. Para entonces los que llegaban hacían ruido, hablaban en voz alta, se reían y charlaban. Las mujeres iban pintadas y hasta fumaban. Recordar que en aquel momento todavía los cigarrillos venían sin filtro.
  3. Se me ocurre pensar lo que sigue. 
    1. Antes de aquel entonces, los velorios se daban en las casas, como en el caso de mi abuelo, que murió en 1955. Pero entonces se desplazaron a las funerarias y eso coincidió con la promoción de cosméticos como el lápiz labial. 
    2. Hoy sabemos que vemos el mundo distinto según el escenario en que estamos. Soldados que eran drogadictos en el frente, abandonan la droga al llegar a casa. No es lo mismo un velorio en la casa del difunto, que en la funeraria. 
  4. Al pensar eso, uno puede también pensar que la expresión de rechazo a las nuevas costumbres en los velorios puede ser una expresión de resentimiento frente a lo nuevo. Y de repente ese resentimiento se “embotella”, se empaqueta, se encarna, tras el parapeto de las ideas de la religión. Allá están los vanidosos, los espíritus livianos, y acá estamos los que sabemos lo que hay, los iniciados a la verdad católica. 
    1. No nos damos cuenta de que ese rechazo a la modernidad no tiene que ver con la religión, sino con la incomodidad de seguir con una mentalidad de sociedad agrícola en una sociedad industrial avanzada – o como se le quiera llamar al escenario nuevo en que vivimos.
    2. Esa mentalidad de cristianos en guerra, contra el mundo, todavía persiste, sobre todo entre los tradicionalistas que sienten nostalgia por un catolicismo idealizado de los años de la década de 1950. Tal mentalidad en realidad es una forma de farisaísmo.
  5. Del otro lado están los que sienten un resentimiento parecido, igualmente ciego, hostil a la iglesia. 
    1. Desde ese análisis saltan a la conclusión de que esto es suficiente argumento para repudiar no sólo el catolicismo, sino la religión como tal. La religión no es sino una máscara para los prejuicios, piensan. 
    2. No caen en cuenta de sus propios prejuicios,  asociados también al resentimiento.
    3. De esa manera sienten un placer morboso en denunciar la inmoralidad de los ricos y poderosos. Hacen coro con los católicos en la denuncia de nuestros tiempos. Si llegan al poder, como en Cuba, imponen la idea de que todos debemos ser “pobres de espíritu”. Eso no es lo que encontramos en los evangelios.
    4. Sería interesante conversar con Ernesto Cardenal sobre su experiencia de vida.
  6. Habría que dejar a un lado la estridencia de la discusión para seguir pensando esto sosegadamente. 
    1. Uno ve cómo el ideal del matrimonio moderno se puede interpretar como algo que deriva de la mezquindad de unos pobres que han llegado al poder y que ahora toman venganza contra los ricos imponiendo sus viejos criterios de pobres sobre toda la sociedad. 
    2. Es decir: “Si tener varias mujeres es un lujo, maldita sea el lujo y de ahora en adelante la ley es que tengamos una sola mujer”. 
    3. De inmediato uno cae en cuenta: los casos de las revoluciones socialistas como Cuba son producto de la misma mentalidad de la hostilidad contra los usos de una sociedad que abandona la agricultura. Los cristianos sólo se habrían hecho eco de esto.
Hay un elemento hiperbólico en lo que planteo. Es el problema del diálogo en que uno busca adelantar puntos de vista diferentes.
Y es cierto que históricamente lo que también ha sucedido es el prevalecer de la idea germánica de la familia. Para las tribus migrantes como los visigodos en España, el concepto de  un matrimonio es de tipo “atómico” (papá, mamá, los hijos). 
Los romanos practicaban la familia extendida: el pater familias (el patriarca), los hijos con sus respectivas esposas, los nietos con sus esposas… El grupo familiar incluía a los clientes, las familias allegadas, los primos, los colonos solidarios, hasta los mismos esclavos. En un momento dado un abuelo podía desheredar a los hijos y testar a favor de algún esclavo. La manera de hacerlo era mediante la adopción. Para todos los efectos romanos el esclavo se convertía en un hijo de la noche a la mañana. Más de un emperador fue el hijo adoptado del emperador anterior. 
Ese sentido de familia amplia de los romanos sobrevivió hasta nuestros días en nuestra América hispana. Estaban los “arrimaos” que se consideraban parte de la familia. En la finca de mi abuelo, todos venían a comer a la casa. Mi abuela bautizaba a todos los hijos del barrio y así todos eran compadres. 
Cuando hubo repartición de tierras bajo Muñoz Marín, los agraciados luego le ofrecieron a sus hijos terreno para construir casas alrededor de la casa principal y así hoy día hay sectores enteros con nombres de familias. Cuando uno pide direcciones le dicen, “Eso está por allí, por los García”. 
En la mafia italiana de Nueva York y Chicago también hay una red de familias que para los efectos son verdaderas familias, aunque no hayan relaciones de sangre. Los españoles y latinos le dan mucha importancia a la fidelidad, por sobre otras consideraciones. 
Pero de la misma manera que ya nadie bebe zarzaparrilla, sino que prefieren Coca Cola; la sangría no tiene el prestigio internacional del whisky; la pelota vasca no es tan conocida como el golf escocés; así también eso de la familia hispano-romana no cuadra con las ideas anglo sajonas de la familia atomizada. Los españoles prefieren irse a pasear y a conversar en los bares; en Seattle y Boston prefieren irse a su casa y encerrarse en sus asuntos privados. 
En el Caribe nuestros edificios debieran aprovechar el fresco de los vientos y así, nuestra casas siempre tuvieron techos altos con plafón. Entonces comenzamos a descartar eso y a construir casas como si estuviésemos en las grandes praderas, con un espacio infinito, horizontal. Y llenamos la isla de cajones de cemento. 
Los españoles construían lugares de habitar alrededor de patios. Con los norteamericanos construimos patios alrededor de casas -- patios inservibles, más bien decorativos. 
El correo de Ponce (el viejo, en la calle Atocha) tiene un sótano con espacio para la caldera de calefacción. Cuando era estudiante en la Universidad Católica de Ponce, los salones eran abiertos y circulaba el aire libremente. La arquitectura estaba dispuesta de manera que nunca hubo problemas, ni de circulación, ni de algarabía en los pasillos. Entonces a alguien se le ocurrió poner aire acondicionado en los salones. 
Casa de Henry Klumb, hoy. La diseñó para vivienda propia.
Los edificios que diseñó el arquitecto Henry Klumb para la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras en los años de los 1950 fueron modelos de funcionalidad y belleza, con amplia circulación de aire. Se le denominó estilo moderno tropical. Esos edificios también fueron víctimas de nuestra ignorancia. Véase también el caso de la iglesia de Santa María en Ponce, construida por esa misma época. Con una excelente circulación de aire, decidieron ponerle aire acondicionado. 
Entonces, hay que pensar mejor nuestro pasado para visualizar mejor nuestro futuro. Nuestro habitar depende de nuestras ideas preconcebidas. Si no pensamos, terminamos pretendiendo vivir en el trópico como si estuviésemos en Wyoming; defenderemos un ideal de vida familiar de tiempos caducos. Es como sacarle un ala de un avión para encajársela a otro modelo e insistir que debe caer en su sitio porque, después de todo, se trata de un ala ("Un ala es un ala," diremos).

La familia cristiana: lo fundamental y lo circunstanciado
Con la idea del matrimonio en la biblia pasa como con los templos entre los israelitas. Durante mucho tiempo hubo templos en diferentes localidades. La localización del templo único en Jerusalén como símbolo de la unidad nacional es algo posterior al retorno del cautiverio babilonio. En el relato de la consagración de Samuel vemos que el templo está en Silo. 
En otras palabras, que esto de la ubicación del templo fue producto de circunstancias históricas, lo mismo que la idea de la familia y de la mujer y los hijos. El matrimonio es una institución histórica y social. Dios permitió que la adoración debida a él se expresara en templos y de la misma manera permitió que los usos matrimoniales expresaran la relación sexual humana.
En otro tiempo se pensó que el matrimonio era una expresión de la sexualidad para la procreación. Últimamente pensamos que el matrimonio es una expresión del compromiso entre dos personas, aparte de la sexualidad. La sexualidad y la procreación son aspectos secundarios en el compromiso (pacto) matrimonial. 
Toda esta reflexión nos lleva a ver lo importante que es distinguir entre lo fundamental y las expresiones históricas y sociales de eso fundamental. Las formas de contraer matrimonio son múltiples y diversas en diversas culturas, sociedades y tiempos históricos. El concepto de la mujer varía, cuando  la mujer puede verse como objeto, o puede verse como persona. Pero en todos los tiempos y sociedades lo que nunca varía es la idea del compromiso mutuo de fidelidad. La mujer será fiel al marido; el marido le será responsable a la mujer. Si no, ¿a qué pasar el trabajo de pedir la mano de otra esposa más a sus padres para entonces casarse con la quinta concubina? Está el caso de Jacob, que se casó con dos esposas, y tuvo que primero recibir el permiso de ellas para tener unos cuantos hijos con sus otras esclavas (Génesis 29,28ss).
En su sentido fundamental el matrimonio como institución no tiene relación directa con la procreación. En tiempos bíblicos tampoco era asunto de leyes. Era asunto de compromiso, de palabra, de responsabilidad personal. 
Quintana Blas Olleras, Chicas en el harén.
Aun teniendo concubinas, se esperaba que el marido les fuera fiel. Buscar una mujer fuera del círculo de las suyas era serles infiel. Probablemente a eso se refiere Jesús al hablar del adulterio en el corazón del que piensa sobre la esposa de otro. 
¿Para qué uno va a necesitar pensar en la esposa de otro, si tiene siete concubinas y dos esposas? Ahí vemos que el matrimonio y el amor no necesariamente van ligados. 
También podemos diferenciar entre matrimonio y familia. El matrimonio es la expresión de un compromiso de fidelidad. La familia es la manera con que se traduce a la práctica ese compromiso. 
Uno puede estar casado, pero la manera de llevar una familia puede ser distinto según la sociedad y la época histórica. El matrimonio es el compromiso de fidelidad. La familia es la manera de convivir, traduciendo así ese compromiso.
De esa manera podemos identificar lo fundamental en los relatos y en las enseñanzas bíblicas, que es la manera con que Dios se comunica.
En lo fundamental, lo que propone la primera lectura de hoy es: un niño que nace de una manera milagrosa y se le dedica a Dios en su templo, a manera de una entrega total, como una especie de sacrificio.
La vida escondida de Jesús
Jesús vivió con sus padres durante muchos años, sin aspirar a ser otra cosa que el hijo del carpintero. Se nos propone este periodo de la vida del Salvador como un modelo para los cristianos. Igual que María que guardaba todas esas cosas en su corazón, contemplamos esta humillación del hijo de Dios.
  1. A lo que nos invita este tema: a contemplar a Jesús que no estimó humillante adoptar la condición de un humano.
    1. Visto esto de esta manera, en realidad lo estamos viendo “desde arriba”, como si nosotros entendiéramos la mente de Dios. 
    2. Si vemos esto “desde abajo”, podemos pensar que Jesús no veía o sentía humillante el pasar por la condición de sometimiento a sus padres. 
    3. En cuanto niño y luego joven, ni se daba cuenta. 
      1. Algunos estudiosos católicos, desde los años de los 1950, buscaron analizar las expresiones públicas de Jesús y concluyeron que al comienzo de su predicación él no se veía a sí mismo como “el hijo de Dios”. Esto es, visto “desde abajo”, según lo que nosotros vemos.
      2. Desconozco si luego se ha seguido hablando de esto, pero pensaría que esa idea quedó atrás a medida que sabemos más de las expresiones, los dichos, de Jesús. 
  2. Podemos pensar que Jesús, un hombre como cualquiera otro, vio su proyecto de vida con ilusión. No era una carga, sino un placer. Cuando uno está ilusionado por llegar a una meta, no ve las dificultades del camino.
        • Qué tal si un novio le dijera a su prometida, “Es muy trabajoso tener que irte a visitar a cada rato. Vamos a vernos una vez en quince días”… Un novio enamorado no encuentra trabajoso, ni humillante, ir a ver la novia. 
Finalmente, está la indicación del evangelio, de que “María guardaba estas cosas en su corazón”. Uno puede pensar en su perplejidad. 
Podemos detenernos a compartir con ella esa perplejidad. 



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