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Adviento, la conversión y los peligros de "la verdadera fe"


Una admonición para “entendidos”


El gran peligro de toda vida cristiana: la soberbia y el fariseísmo. Peor aún si esa soberbia se asienta sobre unas ideas equivocadas, unos sentimientos confusos.

Estoy pensando en lo siguiente. El papa Francisco ha señalado un cambio de rumbo en la Iglesia. No es que las verdades eternas sean cuestionadas, como el programa de gobierno de un político no incluye, no se supone que incluya, la derogación de la constitución del país. Pero cada gobernante electo reorienta el rumbo del país. 

Claro, ahí también tenemos un atisbo de un elemento en la problemática de nuestro mundo hispano. No sentimos respeto por las autoridades, ni por la constitución. Es un legado del autoritarismo español. Cuando uno está impotente frente a la voluntad del gobernante, no hay nada como perderle el respeto. Y peor si resulta que el mismo gobernante no siente respeto alguno. Pero volvamos de esta digresión.

El caso es que el papa Francisco ha indicado, según los evangelios y el espíritu del Concilio Vaticano II, que lo que realmente importa no es la fe intelectual que asiente a unas doctrinas y unos dogmas, sino que lo que importa es la fe que representa el encuentro personal con Dios y con Jesús, hijo de Dios. 

Pero esto no le resulta claro a los que todavía están en la cápsula del tiempo de los seminarios franquistas, por así decir. Para ellos el dogma es muy importante, no importa si se trata de un dogma en cuanto tal, o si se trata de una enseñanza concluida a partir de los esquemas tomistas de pensamiento y las especulaciones humanas. Para ellos da lo mismo creer en la encarnación del Hijo de Dios como un dogma, que creer que el aborto es un asesinato o que los esposos deben ser castos, como otros “dogmas”. Pero véase bien que no son ambos dogmas; ni tampoco tienen el mismo nivel de importancia para los cristianos. Es más serio perder la fe en la Encarnación, que tratar el aborto con todas las excepciones que le permitimos al homicidio. Lo segundo es hasta de sentido común. Pero los fanáticos religiosos no tienen sentido común.

Para los que no ven la fe como encuentro con Dios es necesario no desviarse de las fórmulas precisas con que se presentan los dogmas. Para ellos eso es algo crucial. Si nos fijamos, es la misma mentalidad de los inquisidores, que sigue perviviendo incluso a nivel popular.

Otra digresión: aferrarse a las fórmulas al pie de la letra es un síntoma del no entender lo que las fórmulas solucionan y plantean. Esto es algo que aplica también a los pueblos colonizados que adoptaron ideas y conceptos extraños sin entenderlos. Basar la educación en una admisión ciega de las fórmulas no tiene sentido. 

Por ejemplo, para entender la ley de la oferta y la demanda en la economía hay que remontarse al planteamiento del problema a lo largo de los últimos trescientos años. Leer a Marx en ese contexto es algo revelador. Pero los fanáticos, los colonizados mentalmente, no leen a Marx en contexto. En otro ejemplo: en Puerto Rico toda iniciativa o idea sobre la educación tiene que venir avalada por lo que “se dice” en las universidades de Estados Unidos.

¿Dónde se encuentra el peligro en esto? ¿Qué tiene que ver con el fariseísmo? Pasa lo siguiente. Cuando uno se aferra a los dogmas ciegamente, entonces todo se ve y se entiende a la luz de esos dogmas. Es como la creencia de los indios en que tocar el tambor trae la lluvia. Puede que haya una sequía durante meses, pero en algún momento lloverá, lo que demuestra para los creyentes supersticiosos que tocar el tambor trae la lluvia. Entre tanto sabemos que la lluvia no llega por algún pecado o algún enojo de Dios.

Luego, el que cuestione esto de tocar el tambor será tratado por los “entendidos” de manera condescendiente y como un confundido. Si ése llega a convertirse en una amenaza para la creencia en el dogma del tambor, entonces se le tratará como un hereje peligroso. Y así sucesivamente. 

Lo que el papa Francisco dice, que yo propongo en estos párrafos, es que hemos caído en cuenta de que no tiene sentido basar nuestra fe en los dogmas o creencias, como en el caso de los indios y el tambor. Que tales creencias resulten ser falsas o dudosas no tiene que ver con la verdadera fe. Por eso es que enfocarse en la defensa de los dogmas es un síntoma de no entender lo que es nuestra fe.

Creerse que uno está en posesión de la verdad y que uno es “bueno” porque observa bien las reglas equivale a ser fariseo. Peor aún si a partir de eso uno inconscientemente se ve a sí mismo como superior a los demás. Es ese sentido de superioridad de los “entendidos” el que los hace ser fariseos. Hay que meditar más sobre los evangelios.

Eso es algo que se implica en la “conversión”. Convertirse es volverse, cambiar la dirección de la mirada y adoptar otra manera de ver las cosas, a la luz de la fe como encuentro con Dios. 
Por eso, por ejemplo, los protestantes son nuestros hermanos; no son nuestros enemigos. Por eso su bautismo puede considerarse válido; porque no se bautizan por confirmar que creen en unos dogmas…


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