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Tiempo ordinario, Ciclo C, Domingo 24


Primera Lectura
Libro del Exodo 32,7-11.13-14. La primera lectura se ubica en el escenario del Sinaí, cuando Moisés permaneció dentro del monte durante cuarenta días. El pueblo, cansado de esperar, provoca que Aarón (el hermano de Moisés que hablaba en su lugar, porque Moisés era torpe de palabra) le construya un ídolo para adorarlo. Dios le dice aMoisés que baje del monte, “que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto”.
El ídolo, nos dice, está hecho con figura de toro, forjada en metal (el texto no especifica que fuera de oro). Como en el caso de Sodoma y Gomorra, Dios anuncia su intención de destruir al pueblo hebreo. Lo sustituirá con la descendencia de Moisés. 
Moisés entonces entra en un diálogo con Dios que es como un regateo en el mercado, al estilo árabe, como hizo Abrahán en el caso de Sodoma y Gomorra. Argumenta lo mismo que uno piensa enseguida, ¿No es que Dios se había comprometido con Abrahán y su descendencia para siempre? Dios entonces accede. “Y el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo,” termina la lectura.

Para nosotros, en el contexto de la tercera lectura de hoy (el evangelio), lo que interesa es esa línea final. Dios puede arrepentirse y puede perdonar. Igual, puede arrepentirse y parecer vengativo, faltando a su palabra empeñada. 
Dios le había prometido a Abrahán que multiplicaría su descendencia como las estrellas del cielo, o la arena del mar. Si ahora, en la falda del Sinaí, se decidía a destruirlos, no habría descendencia. La promesa no se cumpliría. 
Es lo mismo que habrían pensado los judíos de la época de Jesús y luego en la época posterior a la destrucción del templo de Jerusalén. Dios le había prometio a David que su descendencia y su dinastía real nunca desaparecería, por ejemplo.
¿Qué podía llevar a Dios a faltar su promesa? La infidelidad del pueblo.
Esto a su vez podría ser la explicación de la desgracia de la Dispersión, de la Diáspora del pueblo hebreo y la destrucción del templo de Jerusalén. El pueblo había sido infiel a Dios, no es que Dios fuese caprichoso. No es que Yahvé es inferior a los dioses de los otros pueblos. Dios se olvida de nosotros si le somos infieles, es la respuesta natural de un marido traicionado.
Nótese que la violencia contra el pueblo no la causó Yahvé. Fue lo que naturalmente tenía que suceder una vez que Dios ya no lo protegía. 
Sería la misma explicación para las enfermedades y las desgracias que siempre nos aquejan. Son el resultado de darle la espalda a Dios. Son la venganza de Dios por no hacerle caso. Eso les pasa por desatender, menospreciar a Dios. Perdemos su protección.

Jesús anunciará que la cosa no es así. Cuando uno ofrece un regalo, el otro tiene libertad para ignorar la oferta. ¿A qué vengarme de él porque no me aceptó el regalo? Ya desde el mismo Viejo Testamento Dios anuncia la paz, sus pensamientos no son de venganza.

Salmo responsorial
Salmo 51(50),3-4.12-13.17.19. Cantamos aquí unos versículos del himno que el rey David compuso para expresar sus sentimientos cuando cayó en cuenta de su terrible pecado. Había hecho que el esposo de Betsabé muriera, luego de haber cometido adulterio con ella. Que luego la tomó como esposa no borraba su culpa. Con este arrepentimiento y angustia compuso este salmo, en que finalmente descubre lo que le agrada a Dios: “Mi sacrificio es un espíritu quebrantado, un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias”.



Segunda Lectura
Comienzo de la Primera Carta de San Pablo a Timoteo 1,12-17. Comienza este pasaje para la liturgia de hoy con una alabanza de acción de gracias a Dios, por su bondad hacia Pablo. Fue un perseguidor de cristianos “y un violento”. Pero Dios tuvo compasión de él “porque yo no era creyente y no sabía lo que hacía”. Pablo así da testimonio de que Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores y él es el primer ejemplo, para que vean que es posible cambiar de vida y llegar a la vida eterna. Termina con la alabanza: “Al rey de los siglos, inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.”

Al igual que en la lectura anterior, hay una relación directa con el evangelio de hoy y el tema del pecador que se arrepiente.

Tercera Lectura
Lucas 15,1-10. El pasaje de hoy continúa la lectura del evangelio de San Lucas. Escogí la versión abreviada de la lectura del evangelio de hoy. La lectura sin abreviar incluye la parábola del hijo pródigo que presenta el mismo sentido que encontramos en la versión abreviada.
La versión abreviada comienza diciéndonos que los publicanos (funcionarios corruptos) y los pecadores (incluyendo a los fariseos y a los letrados) se unían al grupo que estaba escuchando a Jesús. “Y los fariseos y los letrados murmuraban entre ellos: ‘Ese acoge a los pecadores y come con ellos’.”
Cierto, si veo al pastor sentado a la mesa con el grupo de los cinco narcotraficantes de la capital, no puedo pensar otra cosa. 
Lucas entonces pasa a la parábola de la oveja perdida, del pastor que deja las noventa y nueve ovejas en el campo y sale a buscar la que se le perdió. Y cuando la encuentra, eso le da tanta alegría que va y se lo cuenta a sus amigos.  “Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.”
Recordemos a quién Jesús le dice esto. Le está hablando a los fariseos y a los que se sienten justos porque no hay sombras en su vida, al menos ante el ojo público. Dos prefiere un alma como la del rey David, que reconoce su pecado y se refugia en Dios. 
Lucas añade la parábola de la moneda perdida. Una mujer se da cuenta que le falta una moneda y por eso barre toda la casa hasta poder encontrar la moneda que se le perdió. Es tanta la alegría que siente, que llama a sus amigas para compartir con ellas la alegría de haber encontrado la moneda perdida. “Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.”


Sobre todo esta segunda parábola refleja el punto que Jesús parece querer comunicar. El enfoque no es el pecador, sino Dios. Qué le importa, por ejemplo, buscar una moneda desaparecida, si ya él tiene otras monedas. La moneda perdida es la importante. No hay necesidad de buscarla, hay otras. Pero no; la busca y siente una gran alegría cuando la encuentra.
¿Pero no es que la mujer está desesperada porque es la última moneda que tenía? Eso no lo dice la parábola. Porque Dos no necesita de nosotros; no necesita nada, para eso es Dios. ¿No?
Así entendemos mejor a Pablo. Tras de que perseguía la Iglesia, se me ofreció la salvación. Para entrar en contacto con Dios, para reconocerle, hay que tener un corazón honesto. No basta con ser bueno. Lo de ser bueno, o ser malo, eso es irrelevante.
Por eso, qué importa si Jesús pecó, si se dio gusto fiesteando con los corruptos, le diría él a los fariseos. Y si fuera verdad que yo también soy un pecador. Eso no tiene que ver con la verdad de lo que yo predico. Y lo que yo predico es esto: que Dios tiene más alegría por un pecador arrepentido, que por alguien que se siente que nunca peca.


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¿No existe el infierno? ¿Dios no castiga? 
Castigar es asunto de tomar venganza. 
Un padre con buenos sentimientos no quiere castigar. Prefiere que el hijo “encuentre el camino”. Cuando un hijo se mete en problemas el padre no dice, “Buena que le pase”. 
Un padre con un hijo en malos pasos sólo quiere que salga de ese camino. Por eso es como el pastor que se va a buscar la oveja perdida. Y cuando la trae de vuelta al rebaño, no lo hace a patadas y malhumorado.


¿Qué tal el hijo que siempre está dentro del redil, el que siempre se porta bien? Tiene razón por resentirse por tanta atención que le dan al que el padre rescató de su mal camino. 
Si ese tal que nunca se apartó del redil ama a su padre, compartirá con él su misma alegría, celebrará el rescate del hermano, de la oveja perdida que vuelve al redil. 


¿Qué tal si matan al hijo? ¿No tendría Dios razón en buscar venganza por la muerte de Cristo? No; es que nosotros somos hijos de Dios, igual que Cristo. 


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El ecumenismo: un solo rebaño, un solo pastor

“Que todos sean uno.” (Juan ___) 
Hoy día es más posible unir a todos. También es más fácil confundir uniformidad con unidad. Y es más fácil controlar.
Recuerdo cuando todavía se debatía la moralidad de vender ordenadores para fines inmorales. Pronto eso dejó de ser un asunto merecedor de atención. Los ordenadores ya son parte de nuestra vida, igual que los bolígrafos y los teléfonos. Pero el hecho está ahí: pueden ser un instrumento de control de la población.
Cuando este asunto se discutía, yo era de los que apuntaba al hecho de la venta de cuchillos, que lo mismo sirven para la cocina, que para el crimen. Igual que los machetes, los ordenadores son instrumentos. El crimen lo cometen los que lo usan.
Siempre el hecho está ahí. Los ordenadores ya facilitan tener un récord de los ciudadanos. Sólo que levantar un fichaje de ciudadanos no es algo nuevo. Lo diferente es que ahora es más fácil. 
Llevar un récord médico en un chip implantado en el cuerpo es algo bueno. Los médicos en una urgencia podrán diagnosticarle más acertadamente. Ahí, un ejemplo de cómo no hay que apresurarse a maldecir la tecnología enseguida.



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