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Una Iglesia minoritaria

Se cuenta del papa Juan Pablo II que en una ocasión, en conversación con un eclesiástico, le explicó el problema de “liberalizar” la Iglesia. “Vea la Iglesia Anglicana,” le dijo, “que casi ya no tiene identidad propia y su modo de ver las cosas se parece mucho al New Age”. 
No hay duda que ese es uno de los riesgos que se dan con los conceptos y supuestos del Concilio Vaticano II. Es cierto, eso implica que la Iglesia católica romana se propuso abandonar lo que hasta ahora se ven como tradiciones católicas para convertirse en algo muy parecido al low church anglicano en un movimiento inverso al entusiasmo que hubo por el high church en el anglicanismo a fines del siglo 19.
Los entusiastas del high church tienen una preferencia por la liturgia católica tradicionalista con todo su aparato escénico, los atuendos, los candelabros, el incienso, y todo lo demás. Entre los que favorecen esto están los que juzgan por las apariencias superficiales, y están los más conscientes, que ven en todo eso una expresión más auténtica del verdadero culto. Sin eso, piensan algunos, no se da el sentido místico del encuentro con Dios que va implícito en el culto.
Al otro extremo están los que defienden lo propuesto por el Concilio y entre ellos, los entusiastas del low church. Son los que se sienten más tocados por los planteamientos luteranos y calvinistas y por eso prefieren un culto más parecido a lo que se da en las iglesias luteranas. Entienden que así es como el catolicismo puede dar testimonio de la riqueza de su tradición, que incluye a todos, a católicos, a protestantes, y a bizantinos.
Detrás de esas maneras de enfocar el culto están también unas tendencias que reflejan la ruptura en el cristianismo occidental entre evangélicos y católicos. Cuando se entra en la teología detrás de las opciones de culto, aparece enseguida esa diferencia profunda entre uno y otro punto de vista. Unos le dan importancia a los sacramentos en un contexto individualista y toman la eucaristía como un objeto místico, sagrado. Los otros le dan más importancia a las sagradas escrituras y a la experiencia de comunidad en culto de adoración, en que la eucaristía no es un objeto, sino el nombre para ese culto en asamblea. Por eso para estos últimos la adoración del pan eucarístico no tiene sentido y hasta puede considerarse idolatría.
Uno ve las diferencias, pero también uno puede reconocer que en ambas vertientes, tanto en una como en la otra, puede darse una profunda experiencia de Dios que luego se traduzca a la vida diaria. Y en ambas vertientes, la tradición y la innovación, se da el riesgo de que la experiencia de la fe se convierta en un asunto de apariencias, sobre todo para el vulgo. 
Los conservadores o católicos tradicionalistas ven la Iglesia como un ente institucional y la actividad de la Iglesia como la dispensación de unos sacramentos en que los feligreses se relacionan a Dios de manera individual. Los liberales o católicos de avanzada reflejan mejor lo que sabemos de las primitivas comunidades cristianas y ven el asunto en términos de una experiencia de Dios, pero sin necesidad de la institución o los sacramentos. La “Iglesia” está constituida por el conjunto de las comunidades independientes.
Tanto en una como en la otra la experiencia de la fe se da de manera individual. En el catolicismo conservador esta experiencia se facilita mediante rituales y gestos atractivos a los sentidos. En el cristianismo evangélico esto se da de una manera más abstracta. Por eso es que es más difícil predicar el cristianismo evangélico a los que no creen. Es más atractivo adherirse a unas celebraciones que impactan los sentidos, que encontrarse con Dios en la desnudez de la interioridad.
Todo lo anterior es cierto hasta que llegamos a la modernidad y el siglo 20. Resulta que en ambas vertientes la feligresía ha ido mermando marcadamente. Baste ir a un culto evangélico o a una misa católica para constatar el hecho. El Vaticano ha reconocido la situación. Precisamente, por eso es que hay miedo de que el catolicismo pierda su identidad y se diluya, si no se retiene el culto y la manera tradicionalista de ver las cosas.
Claro, basar los argumentos en la popularidad de una u otra posición es caer en una falacia evidente. Que algo sea popular no es razón suficiente para llegar a alguna conclusión. Durante siglos la idea de que la tierra es plana fue muy popular. Más de un inocente ha sido llevado a la pena de muerte por culpa de una opinión popular prejuiciada. 
Así las cosas, en ambos casos, sea en el conservadurismo ultra católico, como en el liberalismo evangélico, estamos abocados a una iglesia de minorías. Quizás siempre fue así y no nos dábamos cuenta.

Personalmente me inclino por la solución evangélica. 
Si vamos a ver los cristianos lo que anunciamos es el evangelio, “la Buena Noticia”.
Por eso lo que va llamar la atención de los demás es lo fundamental en nuestro cristianismo. Y lo fundamental no es el ritual, ni las leyes de la moral, ni el hábito de los monjes y monjas. Tampoco es llegar a tener una sensación placentera por el bien que uno hace o por la excitación del culto.
Lo fundamental en el cristianismo es el amor a Dios y al prójimo. 
Nosotros recibimos de él este mandamiento: El que ama a Dios, ame también a su hermano.
–Primera epístola de Juan 4:21

Si el amor a Dios es traducido al amor al prójimo, sabemos que somos cristianos de verdad, no de apariencia. A esto es que Cristo Jesús nos llamó. Y Cristo Jesús nos anima a ese amor al prójimo que expresa que resucitamos con él. Este planteamiento no tiene que ver con el New Age, ni con sentimentalismos azucarados.  
A esto es que hay que llamar cuando nos reunimos como cristianos. En esto no hay diferencia entre católicos y protestantes. Esto es lo fundamental, que es como decir, que la identidad tradicionalista no viene al caso. Lo que viene al caso es el amor a Dios y al prójimo.
“Mira como se quieren,” decían de los cristianos. Jesús frecuentaba la compañía de los pecadores públicos, que es como frecuentar la compañía de los corruptos y de los que están fuera de la ley, como los narcos. “No he venido a salvar justos, sino a los pecadores,” decía. Eso no tiene que ver con apariencias.
Digo yo, me parece.


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