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Domingo 5 del Tiempo Ordinario Ciclo A

 


En el evangelio de hoy Jesús nos dice que los cristianos somos la sal del mundo, la luz del mundo que ilumina las tinieblas al anunciar su mensaje y vivir como cristianos.

La primera lectura está tomada del libro de Isaías 58,7-10. «Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo y no te desentiendas de los tuyos,» nos dice.

El contexto de las palabras de Isaías es el tema del ayuno, la penitencia, la oración a Dios en tiempos de la vuelta del Exilio en Babilonia. Es cuando los profetas como Jeremías e Isaías desglosan lo que es la Nueva Alianza, la que radica en el corazón y la consciencia de cada uno y que consiste más en la bondad, en prestar atención al prójimo. ¿De qué vale clamar a Dios si no se tiene presente al prójimo? ¿De qué vale luchar contra el aborto si no se tiene presente la necesidad de los pobres, de los marginados, de los migrantes, así? Más de un cristiano ultra derechista tendrá que dar cuenta del odio en su corazón, de su apasionamiento por las santas cruzadas que no tienen nada de santas cuando no respetan a las personas.

Este es el verdadero cristianismo anunciado en el evangelio de las bienaventuranzas el domingo pasado: partir el pan con el prójimo, atender a las necesidades del prójimo.

Esto es lo que quiso decir papa Francisco cuando habló de que la Iglesia (incluyendo las iglesias evangélicas, todas las iglesias cristianas) debe orientarse hacia «afuera» y dejar de estar mirando hacia «dentro». Mirar hacia fuera es orientarse hacia el apostolado dirigido a los que no están dentro de la iglesia y que necesitan la atención de los cristianos: los alcohólicos, los encarcelados, los atrapados por el vicio y las drogas, la comunidad de los transgénero, los divorciados, los asesinos…los «del otro partido» como los de MAGA y Trump. Habría que salir a buscarlos por los caminos como los criados que el amo mandó a llevar la invitación al banquete. 

Los obispos de Estados Unidos reaccionaron contra papa Francisco y en vez de promover la Sinodalidad y el diálogo se pusieron a promover la devoción eucarística. Prefirieron mirar «hacia dentro» y no mirar hacia fuera. Prefirieron, como los fariseos, pensar en las obras con identidad eclesiástica, que buscar el Reino del amor y la justicia. Prefirieron luchar contra el aborto y darle la espalda a los niños y adultos necesitados. 

Hacer las obras de la luz ya lo anuncia Isaías en esta primera lectura de hoy cuando concluye: «Cuando alejes de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia, cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies al alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía».


Con el salmo responsorial (salmo 111,4-5.6-7.8a.9) cantamos: «En las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo». Más adelante seguimos: «Reparte limosna a los pobres; su caridad dura por siempre». 


La segunda lectura continúa con 1 Corintios 2,1-5, que venimos leyendo estos domingos. El domingo pasado Pablo subrayó que nuestra sabiduría no es la del mundo (de los que juzgan sólo según sus propios criterios), sino la revelada por Jesús (según las Escrituras, la del que es sencillo de corazón). «…me presenté ante ustedes débil y tembloroso,» dice; para que fuera evidente que su hablar no era el propio, sino un habla inspirada por el Espíritu, «para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios».


El evangelio continúa la lectura de Mateo 5,13-16. Jesús le dice a sus discípulos, «Ustedes son la sal de la tierra… Ustedes son la luz del mundo». 

Recordemos que los pescadores de Galilea salaban los pescados para venderlos y enviarlos por las rutas comerciales del mundo de entonces. Gracias a la sal el producto podía llegar lejos, muy lejos. Es posible que esto explica esta imagen. Los discípulos son como la sal que conserva el mensaje de Jesús y permite que llegue lejos, muy lejos.

Pero si la sal se desvirtúa, dice Jesús, si la sal deja de ser sal, entonces el mensaje se echa a perder. Los discípulos no somos entes pasivos. 

Notar: hemos recibido el mensaje como los discípulos, como un tesoro que hay que conservar y transmitir. No lo hemos recibido para nosotros mismos, sino para los demás.

La otra imagen que Jesús utiliza es el de la luz: «Ustedes son la luz del mundo». En Juan 8,12 Jesús dice, «Yo soy la luz del mundo». Esta es luz que nosotros recibimos y que debemos reflejar, transmitir. Así, el pasaje del evangelio de hoy termina, «Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos». 

En la traducción de la Biblia latinoamericana pone, «Hagan, pues, que brille su luz ante los hombres…». Para mí no es la traducción más feliz, cuando se intentó cambiar la versión castiza de «vuestra luz». En vez de «Hagan» yo pondría «Busquen que brille su luz ante los demás» y así también cambiamos eso del «hombre» a un lenguaje más inclusivo. Al poner «Busquen» se evita dar la impresión que nuestro esfuerzo de anunciar el evangelio depende de nosotros solamente. 


Hablo como cristiano de fila, porque todos los bautizados estamos llamados a ser discípulos y evangelizadores. Antes (y todavía, por rezago cultural) tanto en la iglesia romana como en las demás iglesias se da el presupuesto que la misión es responsabilidad de la institución y de los reverendos. 

Pero la Iglesia no es una institución, ni una multinacional, sino que es el Cuerpo de Cristo. La Iglesia somos todos. Eso es lo que papa Francisco buscó promover con la sinodalidad, algo que llegó para quedarse. 

Al reflexionar sobre el evangelio de hoy, de que nos toca ser luz del mundo, vemos que ya no es tiempo de estarnos mirando el ombligo. Es lo que nos recordó papa Francisco. La Iglesia no es el espacio de los santos, sino de los pecadores que buscan a Dios. Los que se creen santos y no tienen cabida para los pecadores, esos son los fariseos.

Hemos de encontrar a Dios fuera de la Iglesia, en el mundo; no mirando hacia la Iglesia, sino mirando al mundo. Podemos encontrar a Jesús en la eucaristía, pero si no lo encontramos afuera, en la calle, puede que la adoración al Santísimo sea una fantasía. Jesús también está presente en los pobres y necesitados como él mismo nos enseñó en Mateo 25,32 y versículos siguientes. El centro, el eje de la espiritualidad cristiana no es la hostia consagrada, sino la presencia de Jesús en el amor al prójimo. 

El amor al prójimo es un amor incondicional como el de Dios; es amar al que no se merece que lo amen; es no poner condiciones al modo de «deja ver si te mereces mi amor». El amor de Dios del que nos hacemos eco, el que reflejamos, es el amor que no pone condiciones. Dios ama al diablo también, aunque el diablo no se lo merezca.

Notar: Dios aleja al diablo y éste no puede volver a acercarse hasta que no se arrepienta. No es que hemos de aceptar la maldad. Hemos de respetar a cada uno con sus decisiones, aunque pensemos que están equivocados. Pero también hemos de respetar a cada uno en su dignidad y amarlos y considerarlos como seres humanos. Los criminales también merecen nuestro amor, aunque los tengamos a distancia y le denunciemos su equivocación en diálogo, no en predicación.

El amor al prójimo encuentra su mayor prueba en el amor incondicional que incluye a los enemigos más enconados y también, irónicamente, a nuestros mismos hermanos cristianos cuando no han caído en cuenta de lo que Dios nos pide en Jesús. 

Qué tal si el jueves de Corpus este año las parroquias auspician actividades de socorro para los necesitados (alcohólicos, migrantes, enfermos, encarcelados, drogadictos, deambulantes hambrientos…), además de la adoración del Santísimo. 



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