Nos podemos imaginar los primeros discípulos celebrando el aniversario de la resurrección – un año más tarde, diez años más tarde… ¿Se detendrían ellos a meditar sobre los sufrimientos del Señor con todos sus detalles? No. Recordarían la alegría de la resurrección. Recordarían que él sigue con nosotros y nos acompaña y nos inspira a vivir la vida según el estilo de vida de un cristiano.
Luego de cuarenta días de Cuaresma celebramos cuarenta días de Pascua. Es la idea. En Cuaresma nos preparamos para renovar nuestro bautismo y renovar nuestras promesas bautismales. Es como si nos volviéramos a bautizar. Y ahora es como un borrón y cuenta nueva, porque para eso nos redimió Cristo. Ahora se trata de celebrar.
Desde toda la eternidad Dios nos destinó a la felicidad del Paraíso. Aun cuando Adán pecó, Dios decidió que se cumpliría lo que él había decidido desde siempre. Y es una feliz culpa, porque si no conociéramos la cuaresma, no sabríamos apreciar la Pascua. Si no pasamos por este valle de lágrimas no sabríamos apreciar el Paraíso.
Saber que lo que nos espera es el Paraíso hace que las dificultades de esta vida puedan sobrellevarse sin tristeza. Hay muchos tropiezos y muchos vericuetos en nuestra peregrinación en este mundo. Pero cuando uno sabe que Dios resolvió nuestra salvación, entonces no hay para qué desesperarse. El fracaso no es una opción. El fracaso no es una posibilidad.
Cristo ha triunfado sobre el pecado y sobre la muerte. Esa alegría pascual orientaba la vida de los primeros discípulos. Que sea así también con nosotros.
En el evangelio de hoy Jesús presenta la parábola de los convidados a una boda. La primera lectura es de Isaías 25,6-10. El profeta anuncia los tiempos mesiánicos cuando Dios ofrecerá un gran festín sobre el monte Sión, para todos los pueblos. Dios «aniquilará la muerte para siempre. El señor enjugará las lágrimas de todos los rostros». En aquellos tiempos felices todos los pueblos conocerán la salvación. Esta imagen del banquete mesiánico es la que usará Jesús en la parábola del evangelio de hoy. Respondemos a la primera lectura con versos del salmo 23(22), el salmo del Buen Pastor. «El Señor es mi pastor, nada me falta…». Más adelante: «Preparas una mesa ante mí…me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa». Es una imagen de la felicidad futura, «…y habitaré en la casa del Señor por años sin término». La segunda lectura continúa con Filipenses 4,12-14.19-20. San Pablo agradece las ayudas y el apoyo que recibió de los filipenses. Dice que sabe vivir lo mismo cuando hay, que ...

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