Nos podemos imaginar los primeros discípulos celebrando el aniversario de la resurrección – un año más tarde, diez años más tarde… ¿Se detendrían ellos a meditar sobre los sufrimientos del Señor con todos sus detalles? No. Recordarían la alegría de la resurrección. Recordarían que él sigue con nosotros y nos acompaña y nos inspira a vivir la vida según el estilo de vida de un cristiano.
Luego de cuarenta días de Cuaresma celebramos cuarenta días de Pascua. Es la idea. En Cuaresma nos preparamos para renovar nuestro bautismo y renovar nuestras promesas bautismales. Es como si nos volviéramos a bautizar. Y ahora es como un borrón y cuenta nueva, porque para eso nos redimió Cristo. Ahora se trata de celebrar.
Desde toda la eternidad Dios nos destinó a la felicidad del Paraíso. Aun cuando Adán pecó, Dios decidió que se cumpliría lo que él había decidido desde siempre. Y es una feliz culpa, porque si no conociéramos la cuaresma, no sabríamos apreciar la Pascua. Si no pasamos por este valle de lágrimas no sabríamos apreciar el Paraíso.
Saber que lo que nos espera es el Paraíso hace que las dificultades de esta vida puedan sobrellevarse sin tristeza. Hay muchos tropiezos y muchos vericuetos en nuestra peregrinación en este mundo. Pero cuando uno sabe que Dios resolvió nuestra salvación, entonces no hay para qué desesperarse. El fracaso no es una opción. El fracaso no es una posibilidad.
Cristo ha triunfado sobre el pecado y sobre la muerte. Esa alegría pascual orientaba la vida de los primeros discípulos. Que sea así también con nosotros.
El Espíritu llevó a Jesús al desierto, "para ser tentado" (Mateo 4:1). Allí Jesús ayunó durante cuarenta días. En conmemoración de esos cuarenta días nosotros observamos la cuaresma. Jesús no necesitaba ayunar. Tampoco necesitaba ser bautizado en el Jordán. Se nos dice que esto fue así para nuestra edificación, para enseñarnos el camino. En los relatos del bautismo de Jesús en el Jordán (Marcos 1:9; Mateo 3:13; Lucas 3:21) siempre se deja sentir la presencia del Espíritu. Inmediatamente después del bautismo, Jesús es conducido al desierto por ese Espíritu. Si ayunó, fue por la inspiración del Espíritu. Si no tenía pecado, su ayuno no tenía un carácter penitencial o punitivo, como para pagar por sus pecados. Tampoco nuestro ayuno tiene que tener carácter penitencial, como si con nuestros actos pudiésemos agradar a Dios para conseguir el perdón de nuestros pecados. Cuando Jesús perdona en los evangelios, tampoco exige penitencia o castigo. Para que Dios exigiera castigo te...

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