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Domingo 19 del Tiempo Ordinario, Ciclo C




Primera Lectura
Sabiduría 18,6-9. El pasaje alude la noche de la pascua del Señor en Egipto. Esa noche fue anunciada de antemano a los hebreos para que se animaran al conocer con certeza la promesa de Yahvé. Desde antes de la llegada de la noche en que se castigarían a los culpables y llegaría la salvación a los inocentes el pueblo hebreo ya sabía lo que vendría. El ángel exterminador de Dios, al pasar, con una misma acción castigaba y salvaba. Los hebreos piadosos estaban encerrados en sus casas celebrando la primera Pascua, compartiendo el cordero preparado y cocinado según las instrucciones de Dios y comiéndolo al modo prescrito. “de común acuerdo se imponían esta ley sagrada: que todos los santos serían solidarios en los peligros y en los bienes; y empezaron a entonar los himnos tradicionales.”

De la misma manera los judíos comparten y celebran la Pascua hasta el día de hoy. “Los hijos piadosos de un pueblo justo ofrecían sacrificios a escondidas,” mientras al ángel del Señor pasaba repartiendo suerte. Si fuese cierto que el pasaje fue escrito en época del Destierro, estaría animando a los judíos a perseverar bajo la esclavitud babilonia como lo hicieron sus antepasados en Egipto. Llegaría el día en que Dios enviaría de nuevo el ángel exterminador para liberarlos. 
Cuando los romanos destruyeron a Jerusalén en el año 70 dC, los judíos se fueron a la Dispersión (Diáspora) por el Mediterráneo. Escuché decir una vez que el día de la Pascua dicen la frase (si fuera cierto), “El año que viene [la celebraremos] en Jerusalén”. Con la constitución del estado de Israel en 1948 la posibilidad de esto es bastante real.

Los cristianos vemos a Cristo representado en el cordero pascual que sirve de alimento antes de emprender todos juntos el camino a la Tierra Prometida. Siguiendo las instrucciones recibidas los hebreos manchaban las puertas de sus casas con la sangre del cordero, para que el ángel exterminador reconociera los domicilios donde no debía entrar. Los cristianos por su parte se alimentan de la carne eucarística del Cordero que es Cristo y el ángel de Dios les reconoce por sus labios manchados con la sangre del Cordero, decía un autor antiguo. Se refería al vino eucarístico que los cristianos compartían antes de que Roma impusiera la comunión restringida al pan. En Oriente hasta hoy se comulga bajo las dos especies. 

Los judíos y los cristianos de la Antigüedad no sentían extrañeza por tales imágenes. Vivían en mundo agrícola y ver matar un cordero para comérselo era experiencia común, algo así como la matanza del cerdo en Europa. Hoy la carne que compramos en las tiendas de alimentos para los efectos podría ser sintética. De hecho hace un tiempo se descubrió que algunas fábricas de embutidos y otras de hamburguesas estaban haciendo algo análogo, al punto que se podía cuestionar si lo que vendían tenía carne. De ahí que luego se identifiquen los empaques como “todo carne”, o cosa parecida.


Salmo responsorial
Salmo 32,1.12.18-19.20.22. Como en los domingos anteriores el salmo responsorial canta, aplaude al Señor porque se acuerda de nosotros y nos protege. No se expresa en primera persona singular, sino en el plural. Es un canto de grupo desde la perspectiva del grupo que alaba al Señor. “Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que él se escogió como heredad,” canta. De esa manera repite el tema de la primera lectura invitando a vernos como pueblo protegido del Señor.

Aquí encontramos un residuo de cuando no había problema con el politeísmo. Cada nación tenía su Dios; en algunos casos cada familia tenía su genio protector, y así. Los babilonios postularon la existencia de ángeles y de ahí llegó a los judíos y a los cristianos. Entre tanto Dios era “el dios del Sinaí”. Como los dioses griegos en el Olimpo, los dioses vivían en los montes. El dios del Sinaí vio a Moisés con favor y así fue que se convirtió en el dios de los hebreos. Entre tanto cada pueblo con su dios, es lo que podemos pensar era lo que asumían en aquella época. 


Segunda Lectura
Hebreos 11,1-2.8-19. La segunda lectura continúa el tema de Israel como pueblo escogido de Dios. La atención del autor se fija en el tema de la fe. Como en las primeras dos lecturas, nota la actitud del pueblo que acepta al Señor como su Dios y que acepta y cree en sus promesas, se fía de lo que Dios le dice. La lectura comienza con la frase conocida de, “La fe es seguridad de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve”.
Por la fe Abrahán creyó en lo que Dios le manifestó: salió de su patria sin saber a dónde iba y vivió habitando en tiendas mientras confiaba en que Dios lo llevaría a una ciudad construida en piedras “cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios”. Por la fe Sara, su mujer, tuvo las fuerzas como para convertirse en madre estando en edad avanzada, fiada de la promesa de Dios. Abrahán, puesto a prueba, por la fe estuvo dispuesto a sacrificar a su único hijo Isaac, después que Dios mismo le dijo que sería el padre de una nación numerosa. “Pero Abrahán pensó que Dos tiene poder hasta para resucitar muertos. Y así recobró a Isaac como figura del futuro.”





Tercera Lectura
Lc 12,32-48. Continuamos la lectura del evangelio de San Lucas, como lo vamos haciendo a través del tiempo ordinario, ciclo C. Igual que en los domingos anteriores encontramos un hilvanado de dichos y aforismos de Jesús, cosas que él dijo y otras que quizás alguien dijo que él dijo y aún otras que quizás fueron intercaladas más tarde. 
“No temas, pequeño rebaño; porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino. Vended vuestros bienes, y dad limosna,” comienza la secuencia del pasaje de hoy. De inmediato vemos el tema de las otras lecturas del día: nuestro Padre en el cielo nos escogió para darnos el Reino y por eso no hay que preocuparse, como los niños no se preocupan. Podemos desprendernos de nuestras posesiones para repartirlas a los pobres, sin miedo. Pongamos nuestra confianza en Dios al modo del pueblo de Israel a la salida de Egipto y luego en el desierto. 
Dios también confía en nosotros. Espera que nos comportemos como quien reconoce la salvación que le llega. No espera que hagamos como algunos israelitas que se cansaron del duro caminar por el desierto y dudaron de Yahvé, aun cuando habían visto sus obras y sus portentos. Dios espera de nosotros que no nos olvidemos de la meta, que en este caso se dará con la llegada del Hijo del Hombre. 
Decía el cardenal Contarini, si no me equivoco que fuera él, en época de Lutero, que las buenas obras no llevan a la salvación, sino que son como el brillo que emiten las velas encendidas. El brillo que emite la fe son las obras.
“Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá,” termina el pasaje del evangelio de hoy.

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A un amigo le llamó la atención mi comentario en un domingo anterior sobre Santa Rosa de Lima y el desprecio de sí mismo predicado por más de un santo. Mi comentario, sin pretender ser la última palabra, ya que estamos en diálogo, es… No puedo asumir que Dios nos desprecia, o nos tiene en menos. Tanto nos amó que… esa es la medida del aprecio que siente Dios por nosotros. 

Si Dios no nos desprecia, ¿nos vamos a despreciar a nosotros mismos?



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