Ir al contenido principal

La alegría de la Navidad

Virgen de la O - También conocida como Virgen Expectante, Virgen embarazada


El pesebre en Navidad: los pastores, la estrella, la mula y el buey, San José, la Virgen, el Niño Jesús. Dios hecho humano. 

Para ver la Encarnación, Dios hecho carne, nos podemos retrotraer a la Anunciación. Contemplar la Virgen de la O, la Virgen encinta. 
Cuando fijamos la atención sobre la Santísima Virgen no vemos de inmediato el misterio de la Encarnación. 
Nos gozamos en su belleza, su fe, su condición de nueva Eva, que se dejó tentar, ya no por la serpiente, sino por el anuncio del ángel y de esa manera hizo posible la salvación.
Ver a María es ver a Jesús, Salvador. 
En ese sentido María es el cristiano por antonomasia.
Por eso María es modelo de la fe. 
Por su fe María nos muestra a Jesús. 
Jesús nos muestra al Padre.

Otra cosa es la reflexión teológica posterior. Pongamos entre paréntesis las definiciones posteriores de los grandes concilios como el de Nicea. 
Al mirar a la Virgen, pensemos qué vio, qué escuchó en aquel momento. Lo que vio y escuchó fue en el contexto de su momento histórico.
En tiempos del Anuncio del ángel, Israel ya no existía como en tiempos del rey David. Los sirios anularon el reino del norte de Israel. Más tarde los babilonios anularon el reino del sur de Israel.
Algunos israelitas fueron llevados a Babilonia como cautivos. Cuando Persia conquistó a Babilonia, dio permiso para que los israelitas volvieran a Jerusalén, en la región de Judá. Los que se establecieron allí se pensaron como “el resto de Israel”.
¿Cómo explicar aquel desastre? Dios había abandonado a su pueblo. Tenía que ser debido a la infidelidad del pueblo, al no cumplir con las leyes. 
Por tanto, había que volver a la fidelidad a Dios, había que cumplir las leyes.

Estaba claro: lo malo que le pasaba a uno era manifestación del enojo de Dios por la infidelidad (pecado). Dios castigaba hasta los hijos y los nietos del pecador, del que le fue la infiel. Igual que lo hacía con el pueblo todo, que le fue infiel.

El Anuncio del ángel entonces decía: Dios ya no está enojado. Ya están aquí los tiempos de alegría, porque Dios ya no castigará a su pueblo. 
Esa sería la alegría de la Navidad. Dios perdona y no castigará.

Pero entre tanto seguimos en este mundo, cargados de miserias. 

Uno puede conjeturar que los apóstoles y los primeros cristianos de seguro reflexionaron sobre esto, luego de la Resurrección. Esperaban esos tiempos de alegría,  Recordaban que Jesús les había dicho, ya el Reino está con ustedes (Mt 3,2), y el más pequeño en el Reino de los cielos es más grande que Juan el Bautista (Mt 11,11).

Entonces, quién sabe, descubrieron que sí, que el Reino está ya con nosotros. Está aquí, en la comunidad, en la solidaridad, en la buena voluntad, en ser decente. Está dentro de nosotros, en el encuentro personal con Cristo a través de los evangelios. 

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Domingo 28 del Tiempo Ordinario Ciclo A

  En el evangelio de hoy Jesús presenta la parábola de los convidados a una boda. La primera lectura es de Isaías 25,6-10. El profeta anuncia los tiempos mesiánicos cuando Dios ofrecerá un gran festín sobre el monte Sión, para todos los pueblos. Dios «aniquilará la muerte para siempre. El señor enjugará las lágrimas de todos los rostros». En aquellos tiempos felices todos los pueblos conocerán la salvación. Esta imagen del banquete mesiánico es la que usará Jesús en la parábola del evangelio de hoy. Respondemos a la primera lectura con versos del salmo 23(22), el salmo del Buen Pastor. «El Señor es mi pastor, nada me falta…». Más adelante: «Preparas una mesa ante mí…me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa». Es una imagen de la felicidad futura, «…y habitaré en la casa del Señor por años sin término». La segunda lectura continúa con Filipenses 4,12-14.19-20. San Pablo agradece las ayudas y el apoyo que recibió de los filipenses. Dice que sabe vivir lo mismo cuando hay, que ...

El ayuno de Jesús en el desierto

El Espíritu llevó a Jesús al desierto, "para ser tentado" (Mateo 4:1). Allí Jesús ayunó durante cuarenta días. En conmemoración de esos cuarenta días nosotros observamos la cuaresma. Jesús no necesitaba ayunar. Tampoco necesitaba ser bautizado en el Jordán. Se nos dice que esto fue así para nuestra edificación, para enseñarnos el camino. En los relatos del bautismo de Jesús en el Jordán (Marcos 1:9; Mateo 3:13; Lucas 3:21) siempre se deja sentir la presencia del Espíritu. Inmediatamente después del bautismo, Jesús es conducido al desierto por ese Espíritu. Si ayunó, fue por la inspiración del Espíritu. Si no tenía pecado, su ayuno no tenía un carácter penitencial o punitivo, como para pagar por sus pecados. Tampoco nuestro ayuno tiene que tener carácter penitencial, como si con nuestros actos pudiésemos agradar a Dios para conseguir el perdón de nuestros pecados. Cuando Jesús perdona en los evangelios, tampoco exige penitencia o castigo. Para que Dios exigiera castigo te...

Domingo 6 del Tiempo Ordinario Ciclo A

En el evangelio de hoy Jesús confirma que no ha venido a abolir la Ley, sino que vino a aclarar la manera de cumplir la Ley. Jesús no vino a juzgar, ni a condenar. Vino a enseñarnos el camino a la vida eterna. Recordemos lo que también sabemos por otros lugares de los evangelios: la ley se resume en el amor al prójimo, ese es el sentido y el meollo de la Ley. Esa es la expresión de nuestra relación con Dios, Supremo Bien. La primera lectura es de Sirac (Eclesiástico) 15,16-21. Con ella se afirma la libertad que todos tenemos para hacer el bien: «Si quieres, guardarás los mandamientos,» dice. Más adelante termina, «A nadie [Dios] obligó a ser impío». Está de nuestra parte reconocer la sabiduría de los mandamientos, la sabiduría de la Ley. Está de nuestra parte reconocer el valor de amar al prójimo, de reconocer la dignidad del otro, de ser una persona decente, respetuosa de los demás y de lo que es justo.  Sin eso de presupuesto —ser persona decente, reconocedora del valor de la Ley...