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Domingo 2° de Adviento, ciclo C



La primera lectura para este domingo está tomada del libro de Baruc 5,1-9. Se anuncian buenas noticias para el pueblo de Israel, y para nosotros. Le dice Baruc a los israelitas, “Dios mostrará tu esplendor a cuantos viven bajo el cielo”. En cierto modo esta es una continuación de la lectura de Jeremías del domingo anterior. El profeta anuncia que la desgracia del cautiverio babilonio es sólo temporera y que llegará el momento en que Dios los rescatará. Dios no se olvida de su pueblo. Vendrá, llegará.
“Ponte en pie, Jerusalén, sube a la altura, mira hacia oriente y contempla a tus hijos, reunidos de oriente a occidente,” proclama Baruc. Los israelitas vendrán del destierro y de la Dispersión para reunirse en torno a la ciudad de David. Será un día de gozo. Se marcharon encadenados, esclavizados. Ahora vuelven libres, “como llevados en carroza real”. 
“Dios ha mandado abajarse a todos los montes elevados, a todas las colinas encumbradas, ha mandado que se llenen los barrancos hasta allanar el suelo, para que Israel camine con seguridad, guiado por la gloria de Dios.” El Bautista luego usará estas palabras y estas imágenes para anunciar la inminente llegada del Reino de los cielos.
Glosa breve
Una de las presiones que se sienten en época navideña (que para los efectos ya comenzó con el Adviento) es la de estar alegre. Hay que celebrar, porque sí. Cuando habían parrandas en otros tiempos, había que levantarse y dejar que el grupo de borrachos entrara y dejara la casa después en desorden total.
Las parrandas se originaron en las costumbres de tiempos de España, de la misma manera que se originaron las posadas mejicanas. Pasó lo mismo que con los rosarios cantaos, que de reuniones para rezar cantando terminaron “como el rosario de la aurora” – jíbaros borrachos como gallos de pelea. No sucedió en todas las parrandas, pero llegó el momento que se trastocó la tradición y lo normal se convirtió en la excepción y lo que antes era excepción, se volvió normal. 
En la diáspora puertorriqueña se vieron las parrandas y los cantos parranderos como una manera de conservar la identidad nacional. Pero ya para la década de 1950 el Aguinaldo de los Reyes (un verdadero villancico autóctono a ritmo de danza puertorriqueña) ya se quedaba atrás en el olvido y se cantaban más “Aires de Navidad”, “De la montaña venimos” y canciones parecidas.
Si uno busca el aguinaldo de los Reyes en Internet encontrará todo tipo de canciones asociadas con los Reyes magos, pero ninguna diciendo que anunciaban la llegada del Mesías. Excitaba más pensar en una palangana de morcillas fritas.Y hoy, esas morcillas tan sabrosas de ayer ya no se consiguen.

En la década de 1970, como sabemos, las canciones de Navidad degeneraron con la presión del mercadeo y las ventas. Había que ser atrevido para generar ventas. Baste repasar la lista de las canciones de más éxito.
Probablemente en España sucedió lo mismo cuando pensamos en la Virgen lavando pañales, los peces en el río, cosas así. Pero de todos modos la música que acompaña esas letras no parece ser tan “mundana”, ni picante al modo morboso. 
Con el tiempo llegamos a la misma situación de los países asiáticos que celebran las navidades. Hay que comer, beber, estar alegres…porque sí. Cuando hay roces entre familiares, eso empaña la celebración. Cuando la comida no queda bien, o el decorado se daña, la fiesta se echa a perder. Cuando el coquito no es tan bueno, el vino tampoco, el ron es del barato, la cosa no es tan buena. Cuando los regalos no eran lo que se suponía… Celebrar la navidad es un cascarón, un teatro. Es como sonreír para las cámaras, para que del otro lado piensen que estamos todos contentos.
Esa no es la alegría de Navidad.

El salmo responsorial canta los versículos del Salmo 125,1-2ab.2cd-3.4-5.6. El Señor cambió la suerte de Sión y estamos alegres, dice, por eso la boca se nos llena de risas y la lengua de cantares. Dios aprieta pero no ahoga, dice el refrán tradicional. Nos pone a prueba, decimos hoy día. En tiempos bíblicos se decía que las penas y los trabajos son castigo de Dios. Pero llega el día en que Dios vuelva, como en los tiempos antiguos. Nos rescatará, nos sacará de los aprietos. Entonces nosotros también reiremos y cantaremos. “Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares.”

La segunda lectura está tomada de la carta de San Pablo a los Filipenses 1,4-6.8-11. Es el comienzo de la epístola y el enfoque, la orientación, es el Día de Cristo. Ese día está cerca para Pablo y los primeros cristianos. “Siempre que rezo por vosotros, lo hago con gran alegría,” dice, porque todos han colaborado con él en la obra del evangelio. Pablo reza para que se mantengan firmes en la fe y sigan creciendo como comunidad, “en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores”. Esta es una maduración espiritual que sólo puede darse por la acción del Espíritu y por mediación de Cristo. Cuando llegue el Día de Cristo Jesús estarán preparados, limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia, por medio del mismo Cristo Jesús.

El evangelio de hoy, está tomada del evangelio de Lucas 3,1-6. Juan Bautista aparece como llegado del desierto y anunciando la necesidad de cambiar de vida para que en el Día del Señor estemos listos para la nueva situación. 

“Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados,” nos dice el evangelio. A continuación dice que la predicación de Juan es el anuncio esperado del día de la liberación. Es lo que el profeta Baruc afirmó como seguro en la primera lectura de hoy. 
El evangelista cita a Isaías 40,3-5. «Una voz grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios.»

Comentario breve
Este domingo concretiza la orientación del Adviento: Dios viene, ya nos llama desde ahora. Hay que prepararse. Hay que llevar una vida de acuerdo al anuncio de su próxima llegada. 
Los contratiempos y fracasos
El desastre nacional del cautiverio babilonio podía entenderse como evidencia de que Yahvé era un dios más débil que los dioses babilonios. La esclavitud de los israelitas era también la humillación de Yahvé. Por eso Israel era el Siervo Sufriente de Isaías. De la misma manera Jesús, que se dijo Hijo de Dios, murió humillado en la cruz. Se decía poderoso, pero ahí estaba, mira qué clase de poder tiene Yahvé dirían los babilonios asicomo los enemigos de Jesús. 
Ahora Isaías estaba diciendo que los poderes de la tierra tendrían que ceder al gran poder de Dios. Por ahí llegaría Yahvé y vendría el día del triunfo final y firme del pueblo de Israel. Entonces Israel se convertiría en la luz de las naciones. Todos los pueblos reconocerían a Yahvé como el único y verdadero Dios y a continuación vendría de nuevo el paraíso sobre la tierra. Serían los tiempos mesiánicos.
Juan Bautista se hace eco de Isaías. No es un mero propagandista, un proselitista vulgar. Está metido en una labor de amor, de rescate de las ovejas perdidas de la casa de Israel, como subrayará Jesús luego. Como dirá San Pablo en el pasaje de la carta a los filipenses que leemos en la segunda lectura de hoy, hay que estar prevenidos, preparados para el Día del Señor que ya es inminente. Es algo parecido de alguien que se percata que hay señales de que llega el invierno y le recuerda a los otros que hay que hacer como las hormigas y no como la cigarra.
Nótese que el Bautista, Jesús, los apóstoles, pudieron haber predicado al modo de los gritos y gesticulaciones de esos curas misioneros y esos reverendos y pastores que sueltan esos sermones de regaño y espanto con vozarrones que retumban. Pero no lo hicieron así. 
Pudieron anunciar la llegada del Reino, como el retorno del dios de las venganzas y el castigo. Hay pastores así, torcidos de mente. Sienten rencor hacia “los de arriba” y nada mejor que para uno que salió de la pobreza y la humildad poder regañar a los ricos y poderosos.
Pero no; el Bautista y Jesús presentaron a Dios como un padre que sabe perdonar como sólo los padres pueden hacerlo. Predicar así es anunciar desde la fuerza del Espíritu, la seguridad de “Dios con nosotros”.
Cuando alguien trató de desplazar el foco de la atención hacia la madre, la Bienaventurada y Siempre Virgen María, Jesús lo corrigió. Lo importante es escuchar la Palabra, recibir la Palabra y guardarla en el corazón, la Palabra que Israel recibió y que fue fecunda en sus profetas y en sus héroes bíblicos.
“Mi Palabra no volverá a mi vacía,” dijo el Señor por boca de Isaías (55,11). En ese sentido para María fue más importante recibir la Palabra en su corazón con sencillez. De esa manera ella es un ejemplo de la fe de un cristiano. Esa recepción de la Palabra en su corazón que es el paradigma de un cristiano que está de cara al mundo y de cara a Dios, quedó plasmado en el canto del Magnificat (Lucas 1,46). 

Cuando los profetas, María, Jesús, hacen referencia a los pobres y a los humillados, no están pensando en los marginados del Ché Guevara. Están pensando en los castigados por la vida (algo que no tiene que ver con dinero) que no conocerán otros tiempos que los de la miseria y el sufrimiento. Ellos, porque están así, tienen mayor posibilidad de escuchar la Palabra de Dios, de la manera que los cojos y los ciegos desarrollan mayor sensibilidad a la realidad. Para los ricos y los sanos es posible recibir la Palabra, pero no resulta tan fácil como para los que se ven empujados a ser receptivos a Dios.  
¿Dios es débil?
Se sabe cómo se comportan las personas frente a los poderosos. Supongamos que alguien tropieza con uno. Aparte de la reacción natural y espontánea, está la segunda reacción, la consciente. Si se trata del jefe en el trabajo, esa segunda reacción no será la misma que si hubiese sido un tropezón con algún petulante en la calle. 
Algo que no olvidaré es haber tenido que esperar horas enteras por la llegada del gobernador a una actividad que hubiese podido darse sin él. Ese gobernador no sabía que la puntualidad es la cortesía de los reyes. 
Para un alcalde es difícil saber cómo andan las cosas por las calles de su pueblo, porque todo el mundo lo conoce. Además, está rodeado de una corte de alza colas que le impiden ver las cosas como son. Fue el caso del oficial de Washington que vino a ver los estragos del huracán y lo llevaron a un sector de la isla en que los daños eran mínimos. Los políticos, como los ricos, no pueden evitar vivir fuera de la realidad. 
La manera de poner en evidencia lo que son las cosas es dejarlas ser lo que son aparte de nuestra intervención con ellas. Entre los seres humanos esto es presentarse débil y necesitado. Ante los mendigos y pedigüeños mostramos lo que verdaderamente somos. Por eso Dios escogió nacer entre nosotros, no como un pobre, sino como otro cualquiera. “¿No es este el hijo del carpintero?”
¿Dios es cruel?
Se supone que Dios vela por nosotros, envía sus ángeles para protegernos, pero entonces sucede que los babilonios esclavizan a Israel y Jesús muere en cruz. En el huracán y el terremoto unos quedan bien y otros sufren indeciblemente. 
Entender a Dios es como intentar entender el mundo de otra dimensión completamente distinta, ajena, a la nuestra. Es como ser una hoja de papel que piensa. Cuando un lápiz atraviesa el papel pensante, no hay manera que el papel pueda saber lo que sucedió. 
Lo mismo puede decirse de la crueldad de Dios. No hay manera de saber si de veras lo es, o no lo es. 
Intelectualmente, es un asunto indecidible. Por lógica no hay manera de llegar a una conclusión. No es un asunto de lógica, sino del corazón. 
Nuestro vivir está hecho de contratiempos, desgracias, una necesidad constante de estar alerta. Como decían los cristóforos; uno puede maldecir la oscuridad, o encender una luz. 
Está la cita de Voltaire que sus enemigos los frailes católicos dejaron trunca y que hay que leer completa. “Si Dios no existe, habría que inventarlo. Pero toda la naturaleza grita que existe.” En pura lógica, ese argumento no se sostiene. Pero lo que Voltaire expresó es lo que luego Karl Rahner propuso, renovando la afirmación de San Agustín. “Nuestros espíritus no descansan hasta que no lleguen a descansar en ti, Señor.” Rahner habló de la llamada de Dios inscrita en el corazón de todos los seres humanos. 
“El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca,” encontramos ya en el Deuteronomio 30,14. En el corazón hay verdades que la mente no entiende, dirá Pascal. 
Con esto no se agota este tema.

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