La primera lectura de Hechos de los apóstoles 1,1-11 ya presenta una narración de una versión de la Ascensión. Nos dice que Jesús resucitado estuvo con los apóstoles y discípulos durante cuarenta días, los que conmemoramos en estas semanas del tiempo pascual. En esos cuarenta días Jesús continuó enseñándoles sobre el Reino de Dios y también comió y compartió con ellos. «Una vez que comían juntos, les ordenó que no se alejaran de Jerusalén,» nos dice el texto. «¿Es ahora que vas a restaurar el reino de Israel?», le preguntan. Todavía no caían en cuenta de que el Reino está ya en nosotros al momento en que le reconocemos y orientamos nuestra vida al amor incondicional del prójimo como reflejo/participación del amor del Padre.
«No les toca a ustedes saber de los tiempos y momentos que el Padre ha establecido,» dice Jesús al contestar sobre la restauración del reino de Israel. Lo que sucederá es que «ustedes recibirán el Espíritu Santo y serán mis testigos en Jerusalén y hasta el confín de la tierra», dice Jesús.
En ese momento «fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista». Entonces aparecen dos ángeles que les dicen, «El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo».
(1) Podemos visualizar cómo vieron el asunto aquellos primeros apóstoles y discípulos en Jerusalén. Allí estaba Jesús hablándoles del Reino y de que no se alejaran de la ciudad. Quizás pensaron que ahora llegarían los tiempos mesiánicos y los Últimos Tiempos anunciados por los profetas. Y unos años más tarde la ciudad es arrasada y el templo destruido por los romanos. La realidad los obligó a reconsiderar el sentido de las palabras de Jesús. Habían estado con él resucitado pero no habían entendido del todo su mensaje. Ahora, después del desastre de la destrucción del templo a manos de los romanos, volvieron a recordar que los profetas anunciaron un Mesías sufriente pero también triunfante. Y entonces también recordaron lo anunciado igualmente por los profetas, que la Nueva Alianza sería una del corazón.
(2) Uno podría pensar que ahora nos quedamos solos. Es esa sensación de abandono que pudo experimentar Jesús en la cruz. Es la sensación de abandono que pudieron experimentar los de la primera comunidad de Jerusalén cuando los romanos arrasaron la ciudad. Pero no. Jesús queda con nosotros, en nosotros, en nuestro corazón, en la experiencia de la fe, en la experiencia del amor.
Dios es amor y el que ama ya está en Dios.
Dios no odia a los pecadores. Dios no odia al diablo.
Tampoco nosotros vamos a odiar a los pecadores; tampoco vamos a odiar al diablo.
Vamos a esperar su conversión, como Dios también la espera, Pero en nuestro corazón no puede haber animadversión, odio, resentimiento, contra los pecadores.
La provincia de Satanás en este mundo es la del egoísmo y el odio, el resentimiento, el ánimo de venganza contra los demás (como esos predicadores que despotrican contra los pecadores, igual que los fariseos), o los que promueven cárceles y hasta la pena capital. Quien tiene odio, indignación y deseos de castigo tiene a Satanás en su corazón.
Encontrarse con Jesús es descubrir el amor al prójimo. Con nuestras obras de amor —atención a los hambrientos, a los encarcelados, a los enfermos, a los necesitados— exorcizamos demonios.
(3) Recordemos la distinción entre el Jesús histórico, el Jesús anunciado por los discípulos y apóstoles, el Jesús entendido dentro de la tradición de los siglos, y el Jesús de la fe personal de cada uno. Lo común a todo eso, lo fundamental, lo básico, es Jesús Palabra, Revelación, del Padre. Lo fundamental es la revelación del Reino de Dios como el reino del amor al prójimo y el anuncio del Padre que nos invita a la conversión y a la reordenación de nuestra vida; que no mira nuestras debilidades y pecados, sino nuestra disposición de amar al prójimo como una expresión del amor a Dios. Esa es la verdad fundamental de nuestra fe.
(4) Otra cosa es el hecho que podemos constatar que en este caso de la narración de la Ascensión tenemos evidencia de la pluralidad de substratos históricos en la tradición del testimonio de los primeros apóstoles y discípulos. Si todos hubieran dicho exactamente lo mismo, eso sería evidencia de que se pusieron de acuerdo para propagar una falsedad. El mismo hecho de que el «reportaje» no es perfecto puede tomarse como muestra de su autenticidad.
Al transmitir lo que se toma como una narración sagrada las personas tenderán a reproducir lo que escucharon y vieron de la manera más fidedigna posible. Como se trata de una transmisión oral, a pesar de ellos mismos, aparecerán variantes cuando los que a su vez transmiten las narraciones le añaden detalles adicionales, o cuando hay variantes por la diversidad de ubicaciones y perspectivas desde la que cada uno experimenta la revelación de la fe.
Así, en Hechos de los apóstoles (en Hechos 5,30 y muchos otros lugares) se hablará del Espíritu que resucitó a Jesús. Originalmente no se pensó que Jesús se hubiese resucitado a sí mismo. San Pablo atribuirá también la resurrección de Jesús a la acción del Espíritu o a la acción de Dios, como en la segunda lectura de hoy de Efesios 1,20 (ver también Romanos 1,4 y la nota al calce de la Biblia de Jerusalén a ese versículo). No se dice que Jesús resucitó por su propia cuenta, sino que Dios —el Espíritu— lo resucitó.
En esa misma línea notar que Jesús «fue» elevado al cielo. Evidentemente se trata de una tradición de los primeros años; antes del desarrollo de ver a Jesús como Dios; como segunda persona de la Trinidad. Eso no desdice, no pone en entredicho el desarrollo posterior de nuestra comprensión de Jesús. Por fe podemos ver el desarrollo posterior como también inspirado por el Espíritu, de la misma manera que podemos tomar los planteamientos del Concilio Vaticano II como producto del Espíritu en nuestro tiempo.
Lo mismo podemos decir de la versión del compartir con Jesús resucitado de la comunidad de Galilea que veremos en el evangelio de hoy. Evidentemente hubo más de una versión del compartir con Jesús resucitado; una tradición lo pone en Jerusalén y otra lo pone en Galilea. Podríamos también pensar que Jesús reconoció que sus discípulos se dividieron y unos se quedaron en Jerusalén y otros se volvieron a Galilea y por eso atendió a ambos grupos por separado. Quién sabe si esa división de tradiciones independientes entre sí continuó hasta que Jerusalén fue destruida en el año 70 de nuestra Era Común, o Era Cristiana; «EC». Al desaparecer la comunidad de Jerusalén, las comunidades de la Diáspora se hicieron cargo de transmitir la tradición evangélica.
Respondemos a la primera lectura con versos el salmo 46. «Pueblos todos, batid palmas,» cantamos, «Dios asciende entre aclamaciones, el Señor al son de trompetas».
La segunda lectura es de Efesios 1,17-23. «El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación,» nos dice. Eso, para poder reconocerlo en su poder para rescatarnos, para atendernos de la misma manera que atendió a Jesucristo resucitándolo de entre los muertos «según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo» con la que lo elevó para sentarse a su derecha en el cielo. Este es el Cristo Rey, soberano del universo; «y (Dios) lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que llena todo en todos».
Ahí vemos también la idea de la Iglesia como Cuerpo de Cristo.
Hemos de encontrar el cuerpo de Cristo, además del pan eucarístico, en la comunidad cristiana en su realidad concreta. En el amor en el seno de la comunidad cristiana se concretiza el reino de Dios.
En el evangelio (Mateo 28,16-20) vemos la versión del compartir de Jesús con la comunidad de Galilea. Jesús confirma lo que expresa san Pablo en la segunda lectura de hoy. «Jesús les dijo: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos…».
Se nota que este es un pasaje añadido posteriormente al evangelio de Mateo, bastante tiempo después de los hechos originales. Es que en Hechos de los apóstoles sólo se habla de bautizarse en nombre de Jesús, no en nombre de la Trinidad.
Recordemos que Jesús se desprendió del grupo de Bautista, de los que bautizaban con agua en un bautismo de conversión solamente (ver, por ejemplo, Hechos 8,14 la primera lectura del domingo pasado, domingo 6 de Pascua; ver también Hechos 19,1-10, entre otros lugares en que vemos esto). Será Jesús el que traerá el bautismo del Espíritu, que se concretiza en la fe del que lo escucha.
En los evangelios Jesús nunca bautiza con agua. No envía sus discípulos a bautizar con agua, sino a anunciar la llegada del Reino, a enseñar y predicar (Mateo 11,1). y a exorcizar demonios en su nombre (Marcos 6,13; Mateo 10,1ss). En Juan 4,12 Jesús dice que el que escuche su palabra (se sobreentiende, «y crea en su palabra») habrá pasado de la muerte a la vida. No dice que hay que bautizarse. La salvación viene por la fe.
El mismo Juan Bautista habló del bautismo del Espíritu (Marcos 1,8), que es lo que también mencionará continuamente Hechos de los apóstoles, igual que san Pablo. En Hechos 2,38 y en otros lugares (ver nota al calce de la Biblia de Jerusalén) se habla también del «bautismo en nombre de Jesús» que podría apuntar a la experiencia de la fe y que también podría tomarse como bautismo de agua que a su vez implica bautismo del Espíritu. Ahí encontramos la raíz de nuestros sacramentos de Bautismo y Confirmación. Ver notas al calce de la Biblia de Jerusalén a Mateo 28,16-20).
La fórmula trinitaria de bautizar en nombre de la Trinidad, no aparecerá hasta trescientos años después de Cristo, luego que en el siglo cuarto de nuestra Era se definiera la Trinidad.
De ahí que hemos de ir a lo fundamental en los evangelios: «Cree en el Señor Jesús y serás salvo» (Juan 6,47; Hechos 2,21; y otros lugares).
Podemos considerar la formulación de la predicación original de los apóstoles en Hechos 2,36: «Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado." Al oír esto, dijeron con el corazón compungido a Pedro y a los demás apóstoles: "¿Qué hemos de hacer, hermanos?" Pedro les contestó: "Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo».
Comentario breve
Al pensar la Ascensión nos acordamos del misterio del mal. ¿Cómo es que nos quedamos solos en este mundo frente a la maldad que hay por todas partes? Ese es el dilema que expresan muchos salmos, como el salmo 63 y el salmo 22, y otros tantos.
Estamos entre humanos que sólo piensan al modo de «sálvese el que pueda» y que no tienen consideración para el prójimo. Así es como algunos llegan a pensar que este mundo es el reino de Satanás. Y cuando los cristianos somos víctimas de la maldad humana o de los errores, despropósitos y estupideces humanas, también nos preguntamos dónde está Dios. Y, sobre todo, cuando nos enfrentamos a las adversidades espontáneas que no necesariamente tienen que ver con la maldad humana, como Job, en que todo nos sale mal, también estamos ante la tentación de sentirnos zarandeados y puestos a prueba por el diablo. ¿Cómo es que Jesús se fue al cielo y nos dejó solos?
Pero no tiene sentido pensar que el diablo es una fuerza que puede rivalizar con Dios. Si hubiese una fuerza capaz de retar a Dios, Dios no sería el Todopoderoso, no sería Dios, ya. Pero podemos pensar que Dios permite el mal o permite que un ángel nos ponga a prueba como lo vemos en Job 1-2. Ese ponernos a prueba a fin de cuentas será para nuestro beneficio. Una virtud que no es probada no es virtud confirmada. Jesús nos enseñó el camino, cuando nos muestra el camino de la cruz. El no buscó el calvario, pero llegó al calvario por su fidelidad a Dios. Ese camino de fidelidad (que no necesariamente tiene que llevar al calvario) es el que Jesús nos mostró. Es ser fiel aun cuando Dios parece estar ausente mientras en nuestro corazón sabemos que está presente.
Por fe hemos de mantenernos en la firmeza de la convicción de que Jesús sigue entre nosotros, el Resucitado. «Sepan que estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo», nos dice al final del evangelio de hoy.
Como propone el refrán popular y que Bad Bunny fijó como anuncio al final de su espectáculo del Super Bowl, es más fuerte el amor que el odio. El bien vence al mal. «No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien», dirá san Pablo en Romanos 12,21.
Jesús sigue con nosotros y, como anunció en el evangelio del domingo pasado, nos dejó al Espíritu que nos anima por el que sabemos que más allá de las dificultades del presente está el Consuelo que nos acompaña, la certeza del amor en nuestros corazones. Es lo que expresamos en la convivencia en el seno de las comunidades cristianas, todos constituyendo Cuerpo de Cristo.
Los fariseos se dicen cristianos sin guardar consideración para con los demás. Los cristianos de verdad son gente decente, que tiene consideración para con los demás, sobre todo para con los necesitados.

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