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Domingo 6 de Pascua Ciclo A


En el evangelio de hoy Jesús anuncia el envío del Espíritu Santo.

La primera lectura es de Hechos 8,5-8.14-17. El apóstol Felipe va a una ciudad en Samaría, a predicarle a los samaritanos. Los samaritanos eran extranjeros para los efectos de los judíos y hasta hoy día siguen siendo repudiados por los israelitas modernos. Con esta actividad misionera Felipe demuestra que el evangelio no es sólo para los judíos, sino también para otros pueblos. Nos dice la lectura que Felipe obró muchos signos de la llegada del Reino, como la curación de paralíticos y lisiados y el exorcismo de los demonios que salían de muchos afligidos. Nos dice que Pedro y Juan bajaron a Samaría y allí les imponían las manos para que además de bautizarse recibieran el Espíritu Santo. 

Esta lectura ya anticipa la celebración de Pentecostés que tendremos dentro de dos semanas.

Respondemos a la primera lectura con versos del salmo 65 aclamando y alabando a Dios por sus obra maravillosas entre nosotros.

La segunda lectura está tomada de 1 Pedro 3,15-18. Pedro exhorta a observar una conducta recta como una manera de glorificar a Cristo nuestro Señor. A quien nos cuestione hemos de responder con delicadeza y respeto para que de esa manera no tengan nada que reprocharnos. 

Notar la manera con que Pedro nos aconseja nuestro modo de conducta: no con agresividad, ni sintiéndonos superiores como los fariseos; no a manera de imposición; sino con dulzura y dispuestos a sufrir calumnias (malas interpretaciones, ataques al tergiversar la naturaleza de nuestra conducta). «Mejor es sufrir haciendo el bien,» nos dice; «porque también Cristo sufrió su pasión». Nos pone a Cristo como modelo de conducta. Jesús terminó «muerto en la carne, pero vivificado en el Espíritu». Ese es el camino que nos anuncia Jesús.

Hay una segunda lectura alterna para este domingo, de 1 Pedro 4, 13-16. Es como otra versión del mismo tema: estemos alegres en los sufrimientos, si padecemos por hacer el bien a nombre de Cristo. Si así sufrimos, es porque el Espíritu de Dios reposa sobre nosotros. «Así pues, que ninguno de vosotros tenga que sufrir por ser asesino, ladrón, malhechor o entrometido, pero si es por ser cristiano, que no se avergüence, sino que dé gloria a Dios por este nombre». 

Pasajes como el anterior fue interpretado en el pasado como para justificar «la santa intransigencia» de los tradicionalistas (católicos y evangélicos). Entonces, si eran rechazados, lo interpretaban como que estaban sufriendo por el evangelio. Pero su predicación no era evangélica, en realidad. Además, ni la verdad, ni el evangelio, necesitan imponerse. Así no fue como Jesús predicó, ni como tampoco los discípulos anunciaron la Buena Nueva. Dios no se impone sobre nuestra voluntad, sino que más bien invita y respeta nuestra libertad.

En nuestras relaciones a los demás el buen cristiano (hombre o mujer) no busca imponer su criterio, sino dar testimonio del evangelio abriendo el espacio para la acción del Espíritu. Uno prepara el camino como el Bautista y deja a Jesús y el Espíritu hacer el resto. No podemos vivir la vida por otro y hemos de respetar a los demás en su propia realidad, dentro del espacio y contexto de cada uno en su propia realidad.  

El evangelio de hoy está tomado de Juan 14,15-21. Es un pasaje que forma parte de la plática de Jesús con sus discípulos en la Última Cena, una conversación como la que también pudo tener también con ellos en los encuentros post pascuales, después de la resurrección.

«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad», le dice Jesús a sus discípulos. El término «paráclito» significa «el Defensor», el que se pone de nuestro lado y nos defiende. También significa «el Consolador», el que nos fortalece, nos da fuerzas en nuestra vida diaria en la lucha por la existencia; en nuestro caso, en nuestra lucha por ser fieles a Jesús y al Padre mientras socorremos a nuestros hermanos.

Satanás es nuestro Acusador y es también «el príncipe de las mentiras» (Juan 8,44), el Engañador que se mostró así desde el primer momento, cuando engañó a Adán y Eva persuadiéndolos tramposamente. El mundo está lleno de mentiras y Jesús nos promete el Paráclito, el Espíritu de la Verdad, para vencer el mal con el bien. 

Frente al mal las armas del bien son la verdad, y el amor al prójimo. «Si me aman, guardarán mis mandamientos», le dice Jesús a sus discípulos. No se combate el mal con el mal. Ese es el engaño de Satanás en que caen los cristianos ultra nacionalistas y tradicionalistas cuando piensan que hay que ser maliciosos, como los de este mundo. No; la bondad y la verdad no se enfrentan a la maldad con malicia, sino con la bondad del pacifismo y el testimonio valiente de la verdad. Si amamos a Jesús, amaremos al prójimo. En esto se sabe que somos sus discípulos, en el amor que nos tenemos los unos a los otros, qué no se diga del amor a los enemigos. Dios ama también a los malos y por eso busca su salvación, siempre al modo de una bondad considerada. Eso mismo ha de caracterizar la actitud de un buen cristiano.

Hay un evangelio alterno para este domingo, tomado de Juan 17,1-11. Es parte del mismo discurso de la Última Cena de Jesús con sus discípulos. «Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo,» dice Jesús, «para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que le has dado». Es como un resumir de toda su vida y su obra que ahora presenta al Padre. Al culminar su vida la presenta al Padre y con él presenta a todos los que él trae consigo a la vida eterna.

«Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo», dice. Para esto vino Jesús, para darnos vida eterna, vida que se alcanza al reconocerle como Dios y Señor nuestro. Así, dice: «He manifestado tu nombre a los que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado».


Invito a ver mis apuntes para este domingo del año 2020 (oprimir).
También unos breves apuntes sobre «Lo que nos une a Dios», del 2011.

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