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Domingo 10 de Tiempo Ordinario, A - Jesús se asocia a los pecadores


En el evangelio de este domingo (Mateo 9:9–13) uno no está seguro si el tema central es la vocación de Mateo, o el hecho de que Jesús compartía con “publicanos y pecadores”.

De todos modos se nos dice que Mateo era un publicano, que entonces lo abandonó todo para seguir a Jesús.

Para nosotros la palabra “publicano” no es de uso común. Algo equivalente podría ser, “Jesús compartía con los políticos corruptos”. Esto debió ser algo así como cuando resentimos que algún religioso se siente a la mesa con los que oprimen al pueblo pobre y sencillo.

EN UNA OCASIÓN, al ir a misa un domingo, me encontré que durante la misa en la parroquia (sí, como parte del curso de la liturgia de la misa) le hicieron un homenaje a una de esas figuras públicas que por entonces estaba acusado ante la corte federal. Me imagino que “hizo un buen donativo” a la parroquia en agradecimiento. Allí estaba, impecablemente engabanado y encorbatado, junto a su esposa igualmente bien vestida. Era un modo de decir públicamente, “No soy culpable de lo que se me acusa”. Era como decir, “Fui corrupto y me hice de dinero sin querer”. Porque unos meses más tarde ingresó en la cárcel, cuando fue encontrado culpable por el tribunal.
Si este individuo hubiese sido un buen cristiano, al modo de San Mateo, hubiera reconocido su pecado y hubiera entonces conocido al misericordia de Dios. A eso es lo que le llamaba Jesús, igual que a los corruptos de su tiempo.

EN OTRA OCASIÓN, vi la noticia en el periódico de un viejo conocido (que otrora me animó a estudiar en Lovaina) que fue arrestado en un bar de prostitución en Santurce. Cuando fue llevado al cuartel, le dijo a la policía que él era obispo de la iglesia católica de… (hay varias iglesias católicas con sucesión apostólica, igual que en la iglesia católica romana) y que estaba en el bar junto a uno de sus diáconos, evangelizando las prostitutas…

Pero según el parte de prensa, lo que los encubiertos vieron fue a un individuo que bebía y hacía chistes con las chicas. Ciertamente no parecía estar evangelizando. Me pregunto cómo lo habría hecho Jesús. Ciertamente todos sus actos estarían encaminados a lograr la conversión de los pecadores y ese es el aspecto que habría que descubrir, para evangelizar como él evangelizó.

Y TODAVÍA HAY MÁS. En el evangelio, lo que Jesús también busca es la conversión de los fariseos. Esto es como decir que busca nuestra conversión, la de nosotros, que por sentirnos cristianos, no admitiríamos a una prostituta pública o un prostituto público a compartir con nosotros en la iglesia, como un primer paso para su conversión. Es como cuando el sacerdote no escucha al pecador y simplemente reacciona de inmediato con condenas y desaprobación. Pasa lo mismo con el repudio de ciertos grupos políticos que para algunos cristianos no pueden tener cabida en nuestra iglesia.

Para algunos, Jesús fue el primer comunista y no se dan cuenta de que eso es imposible, porque el comunismo no tiene ninguna simpatía por el individuo y sus derechos, por más “pecador” o “capitalista” que sea. Para tales fariseos, un buen cristiano sólo puede escupirle en la cara a los “capitalistas”. Del otro lado, para los “burgueses bienpensantes”, un socialista no tiene cabida en la iglesia.

Un buen cristiano no puede despreciar a los drogadictos, porque sabe que él también podría ser un drogadicto. Tampoco desprecia a los corruptos, porque sabe que él también podría ser capaz de ser un corrupto. Tampoco desprecia a los prostitutos o a las prostitutas, porque sabe que él también podría prostituirse con todo gusto. Sabe que el camino a la perdición es algo gradual, en que uno no se da cuenta, hasta que de repente abre los ojos y descubre que ha llegado a un sitio donde jamás imaginó llegar y ahora es un delincuente, o un maleante, o un deambulante…

Los sanos no necesitan médico. Si nos creemos sanos, entonces no necesitamos a Jesús. Los fariseos no necesitan a Jesús. Por eso hay más de un religioso que “hace carrera” de la religión.

Sólo cuando admitimos que somos pecadores, es decir, cuando reconocemos que llevamos el mal con nosotros y que nos gusta el mal, y que esto nos lleva a la perdición, es cuando podemos reconocer nuestra necesidad de Jesús, que nos tienda la mano y nos salve. En ese momento amamos mucho, porque se nos ha perdonado tanto y hemos sido rescatados de un abismo tan grande. Sólo si nos reconocemos en apuros, podemos amar con profundo agradecimiento al que nos saca del apuro.

Cuando nos damos cuenta de esto tan maravilloso, podemos entender a Jesús cuando le recuerda a los fariseos lo que Yahvé ya viene diciendo desde antiguo: “Misericordia quiero y no sacrificios” (Mateo 9:13; Óseas 6:6).
Para Dios es más importante que nosotros también practiquemos la misericordia y la compasión antes que ayunar, usar cilicios u observar al pie de la letra los diez mandamientos y estar de bien con las autoridades eclesiásticas. ¿De qué vale ser un religioso de vida consagrada con todo y cilicio, si no se tiene sentido de compasión, o de comprensión para el pecador?

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