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Domingo 2° de cuaresma, Ciclo C



La primera lectura para este domingo está tomada del libro del Génesis capítulo 15:5ss. Dios le muestra a Abrahán el firmamento estrellado y le dice que su descendencia será tan numerosa como todas esas estrellas.
Comentario breve: Todos somos descendientes de Abrahán. Nuestro Dios es el dios de Abrahán, Isaac y Jacob. Unos somos judíos de nacimiento; otros lo somos por nuestra condición de cristianos. 
Por eso es absurdo tener sentimientos antisemitas. 
Dios escogió a Abrahán para revelarse por medio del pueblo judío. Pertenecer a este pueblo es un motivo de honra, en el buen sentido. No es cosa de sentirnos orgullosos y superiores, sino de sentirnos honrados, como la Virgen cuando se encontró que le pedían ser la madre del Salvador. O el cardenal Aponte Martínez cuando decidió titular sus memorias, Por qué a mi
El pueblo judíos es el depositario de las promesas de Dios a la humanidad. No somos nosotros que salimos a buscar a Dios y nos lo encontramos. Es Dios que salió a nuestro encuentro, que nos buscó y se comprometió con sus promesas al pueblo de Abrahán. Y luego nos envío su hijo para que le reconociéramos como padre y no como juez. 

La segunda lectura está tomada de la epístola del apóstol Pablo a los Filipenses, del capítulo 3:20 hasta el primer versículo del capítulo 4. Este pasaje describe muy bien la condición de algunos cristianos que todavía piensan como paganos. Se comportan como enemigos de la cruz de Cristo. Es decir, se comportan como los que obstaculizan el acceso a la salvación.
“Sólo aspiran a cosas terrenas,” dice San Pablo de esos cristianos confundidos, desenfocados. Un cristiano no puede orientarse de ese modo. 
Para eso está la cuaresma, para hacerse cargo de la propia vida, periódicamente. En medio de los quehaceres, de estar pendiente de nuestras ocupaciones diarias, es natural que nos vayamos acomodando a nuestro entorno. 
Como decía el papa Silvestre (cito de memoria, puede que fue otro papa), uno comienza tolerando las conversaciones livianas y los chistes bobos y otros comentarios de nivel de escuela elemental. Los tolera porque qué remedio, no se puede evitar en el entorno y dentro del ambiente de trabajo en que estamos. Y de repente un día descubrimos que nos gozamos esas conversaciones livianas y hasta nos hacen falta. De beber ron de vez en cuando por obligación de repente descubrimos que somos alcohólicos. 
No es fácil reconocer que somos débiles, que no somos el campeón de la historia de nuestra vida. En ese momento baste recordar la fuerza de Dios que nos fortalece. No somos nosotros; es el Espíritu que nos guía.

La tercera lectura, el evangelio, narra la Transfiguración de Jesús sobre el monte Tabor. En los tres ciclos litúrgicos (A, B, C) la tercer lectura de este domingo está dedicada a esa narración, según Mateo, Marcos, Lucas. En el ciclo C se lee a Lucas 9,28ss. 
En las tradiciones antiguas los dioses habitaban en lo alto de los montes. Así, los dioses griegos habitaban en el monte Olimpo. En ese contexto Yahvé habitaba en lo alto del monte Sinaí y allá fue Moisés a su encuentro para recibir las tablas de la ley. Otros montes sagrados que menciona la Biblia son el Carmelo, el Tabor, el Hermón. Este último (cito de memoria) se conoció también como monte Sión aunque no estoy seguro si es el mismo Sión sobre el que se construyó Jerusalén. 
Que Jesús se haya llevado a sus discípulos más allegados a orar sobre un monte recuerda la subida de Moisés al Sinaí. Jesús representa ahora la nueva alianza, la nueva promesa de Dios cumplida.
En cierto modo este domingo conforma un díptico (una obra de dos paneles) con el domingo anterior. El domingo pasado contemplamos a Jesús como ser humano sujeto a las tentaciones. Este domingo lo contemplamos en su divinidad. 
Es más fácil proponernos mirar al Jesús hombre, que encontrarnos a Dios encarnado en Jesús, hijo de Dios. Por otro lado, nos resistimos a ver el lado humano de Jesús, como aceptar que sintió tristeza, pena, y también alegrías y que dio risotadas. Y todavía nos cuesta también encontrar en él la segunda persona de la Santísima Trinidad. 
Por eso, mejor es dejarnos llevar por el mismo testimonio evangélico. Vayamos al encuentro de Jesús como nos lo muestran las narraciones que circularon entre los primeros cristianos, en la medida que podamos entenderlas. 
Y aquí tenemos la Transfiguración, lo que se puede tomar como otra teofanía, otra manifestación de Dios. En enero celebramos las epifanías, las manifestaciones de Jesús como expresión de Dios para nosotros. Lo recordamos en la adoración de los Magos, el bautismo en el Jordán, el milagro de las bodas de Caná. Son momentos en la vida de Jesús en que se revela como lo que fue y como lo que es, el Mesías, el enviado del Padre.
Como en otros momentos de la historia sagrada, los cubre una nube, la chekiná, la presencia de Dios. Así sucedió en el desierto cuando la nube iba delante del pueblo de Israel. Igual cuando el ángel le anunció a la Virgen que la sombra del Altísimo la cubriría. Y como en el bautismo en el Jordán, aquí también se oye una voz desde la nube, “Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle”.
“Felipe, quien me ha visto a mi, ha visto al Padre,” le dijo Jesús. (Juan 14,9) De igual manera, en unos versículos anteriores: “Le dice Tomás: "Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” Le dice Jesús: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto.” (Juan 14,6)


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