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Domingo 5° de Cuaresma, Ciclo C



El evangelio de hoy narra el episodio en que le traen a Jesús a una mujer sorprendida en adulterio. 
Adulterio y pecado
Tradicionalmente veíamos esta narración (igual que la de la parábola del hijo pródigo del domingo pasado) en términos del arrepentimiento del pecador, la compasión de Jesús, el perdón de los pecados. 
Con el Concilio Vaticano II comenzamos a visualizar la dimensión social del evangelio, la fe, el reino de Dios. Como fue natural, en la época moderna (el Kempis, Santa Teresa de Ávila, Descartes, por mencionar tres ejemplos ilustrativos) la fe es asunto interno. No hay que salir fuera de sí mismo, el itinerario de viaje hacia Dios es algo mental, espiritual. No es que haya que descartar eso como un error. Es una idea que se remonta a los tiempos de San Agustín y antes, a Platón. 
Está la dimensión espiritual de la fe, pero eso no es todo. Está la dimensión social, que es la expresión material de la fe personal. La comunidad eclesial es el lugar de la fe. La iglesia en cada comunidad particular, específica, es el sacramento de la fe, del reino de Dios. La iglesia no es el reino de Dios, sino que, como sacramento, es signo y realidad representada. Pasa lo mismo que con el cuerpo. El cuerpo no soy yo, pero…
Nótese que Jesús en la cruz no le dice al buen ladrón que ahora pasará a una dimensión espiritual superior de la realidad. Le dice más bien que dentro de poco estarán los dos en el paraíso. Y en las narraciones pascuales aparece Jesús con un cuerpo de verdad, al punto que come con los discípulos. El reino de Dios se concretiza entre otros modos, en ese sentarse a comer juntos, como lo reconocieron los discípulos de Emaús.
Esto nos lleva a pensar el pecado, no sólo en su dimensión personal, espiritual, sino en su dimensión social. Una de las vertientes interpretativas del pasaje del evangelio de hoy puede ser el machismo institucionalizado, como pecado socialmente establecido. Sucede igual que con el cigarrillo. Uno no puede evitar fumar el aire contaminado. Así es el pecado en su aspecto social. Es como en la guerra y en el mundo del espionaje, que hay que dejar la ética y la moral a un lado. No hay que ir más lejos: una vez le preguntaron a un boxeador si le daba pena cuando tenía el contrincante contra las sogas. Dijo que no podía tenerle pena porque nunca sabía si se cambiarían los papeles en el siguiente asalto. 
Podemos explorar los caminos que una comunidad cristiana puede seguir para que su vivencia del reino de Dios neutralice ese demonio del machismo socialmente establecido, al modo con que Jesús anunció que el reino de Dios ya está aquí.
Está el caso famoso de Lady Di, la entonces esposa del príncipe Carlos de Inglaterra. Ella murió, precisamente, por haber estado en compañía adúltera lejos de su casa. Nadie mencionó su condición de adúltera. Es posible que eso explica el que la reina, su suegra, se resistiera a rendirle homenaje en su entierro.
Uno puede preguntarse –dentro del grupo de la comunidad cristiana en que uno esté, la parroquia en que uno esté– cuál ha de ser la posición cristiana frente a un caso como el de Lady Di, sin caer en posturas hipócritas de fanáticos puritanos. También se puede reflexionar sobre la postura de la comunidad parroquial respecto a los divorciados.
La narración del evangelio
La ley bíblica establecía que el castigo por adulterio sería apedrearla. Es lo que encontramos en el Deuteronomio 22,22: “Si se sorprende a un hombre acostado con una mujer casada, morirán los dos: el hombre que se acostó con la mujer y la mujer misma. Así harás desaparecer de Israel el mal”. 
Es interesante que en los países controlados por los talibanes religiosos se sentencian a mujeres adúlteras sin mencionar a los hombres que compartieron el adulterio con ella.
Preparando una adúltera para apedrearla
En el pasaje del evangelio de hoy traen a la mujer adúltera para poner a Jesús a prueba. ¿De qué manera? Quizás para ver si le decía a la mujer, “Tus pecados te son perdonados”. Pero eso no era de esperarse. En las otras ocasiones en que Jesús se pronuncia de esa manera en los evangelios es con referencia a ciegos, tullidos, leprosos, de los que se presumía que andaban enfermos por causa de los pecados que pesaban sobre su cabeza (puedo estar equivocado). 
La Biblia de Jerusalén aquí remite de nuevo al libro del Deuteronomio, al capítulo 17, donde se estipula la necesidad de una investigación cabal de la acusación contra alguien.
…si, después de escucharle y haber hecho una indagación minuciosa, se verifica el hecho y se comprueba que en Israel se ha cometido tal abominación, sacarás a las puertas de tu ciudad a ese hombre o mujer, culpables de esta mala acción, y los apedrearás, al hombre o a la mujer, hasta que mueran. 
No se podrá ejecutar al reo de muerte más que por declaración de dos o tres testigos; no se le hará morir por declaración de un solo testigo.
La primera mano que se pondrá sobre él para darle muerte será la de los testigos, y luego la mano de todo el pueblo. Así harás desaparecer el mal de en medio de ti.
–Deuteronomio 17,4–7

En ese contexto podríamos encontrar una entre otras posibles interpretaciones de este episodio del evangelio, en que le traen a Jesús a una mujer sorprendida en adulterio. Uno puede pensar que la acusación fue sin fundamento sólido y que se trató más bien de traerle una mujer cualquiera con tal de poner a Jesús en aprietos. Quién sabe si lo que Jesús escribe en el piso son los versículos del Deuteronomio capítulo 17.
Paréntesis: la injusticia social e institucional
Uno puede pensar que era una “mujer cualquiera”, en dos sentidos posibles. (1) Era una prostituta reconocida. Como tal quién sabe si en algún momento le rindió servicios a los mismos que la estaban acusando. (2) Cabe la posibilidad que no era una prostituta formal, sino una mujer casada de vida normal, pero con libertad de espíritu. Quizás corría la voz de que le gustaba el sexo, cosa que en las sociedades más tradicionales es inaceptable. Y también, quién sabe si en algún momento tuvo relación sexual con los que ahora la acusaban. 
Mi suegra decía, “Boca no criticó aquello que no gustó”; o palabras parecidas. De seguro es un viejo proverbio español. Sabemos que no siempre, pero sí se da el caso del cura y el reverendo que son sorprendidos en el mismo pecado que ellos constantemente han denunciado. Es como aquel líder de la FUPI (juventud socialista) de los tiempos de las huelgas universitarias que años más tarde llegó en auto de lujo y ataviado de lujo a…precisamente, el aniversario de la fundación del grupo. 
Más de uno se expresa con desprecio de la mujer con quien ha podido gozar del sexo. Hay diversas explicaciones psicológicas y sociales para esto y que no son excusa. Lo que sí está claro es que se trata del maltrato a la mujer en una sociedad machista.
Hoy, por tanto, es una ocasión para reflexionar sobre el rol del cristiano en una sociedad que conserva todavía elementos del machismo hispano tradicional. Esto incluye a las mujeres cristianas, a no solamente lamentar su rol de víctimas, sino a reflexionar en la medida que ellas también comparten ideas y actitudes de otros tiempos. Y, finalmente, parte de esta reflexión debe incluir una reflexión sobre la contribución de las comunidades cristianas a una sociedad futura en que cesen las injusticias, en este caso, contra las mujeres.
Volviendo al evangelio…
Jesús se levanta y dice, “Aquel de ustedes que esté sin pecado, que tire la primera piedra” (Juan 8,7). Si fuese cierto que los que trajeron a la mujer como testigos de su adulterio en realidad sólo estaban inventando la acusación, entonces ya ahí estarían incurriendo en el pecado del falso testimonio (Éxodo 20,16). Si todos los del grupo pretendían dar testimonio del pecado de aquella mujer, entonces Jesús les estaría alertando de su pecado. Los primeros llamados a tirar la primera piedra, según Deuteronomio 17, eran los testigos contra el culpable.
Entonces, los acusadores se retiran. Jesús se levanta como si no supiera, y le pregunta a ella que dónde están los acusadores, si entonces ninguno la condena. 
Valga también especular que si fuese cierto que Jesús estaba tan absorto en lo que escribía en el suelo, la mujer también pudo haberse escurrido, desaparecido. Pero parece que se había quedado a ver lo que Jesús le diría. Podría haber sido una expresión de humildad, a la espera del juicio de Jesús.
“Tampoco yo te condeno,” le dice Jesús. Ahí vemos que Jesús no vino a condenar. Los cristianos no tienen razón para juzgar y condenar. Eso es lo que es el reino de Dios que ya está aquí.

¿Es posible vivir sin pecar?
Pareciera que la mujer no era del todo inocente. Jesús le dice, “Anda, y en adelante no peques más.” (Juan 8,11). 
Uno se puede preguntar, no en términos del pecado en sentido personal, anímico, sino en términos del pecado en sentido social. ¿Es posible caminar derecho cuando no hay espacio para un camino recto? 
Cuántas mujeres no le contestarían a Jesús, “Con la boca es bien fácil”. Porque ese es el gran problema de las mujeres solteras, viudas, divorciadas. ¿Cómo comer? ¿Cómo vestir? En suma, ¿Cómo vivir? 
En las sociedades tradicionales la mejor opción para una mujer es casarse y aguantarle todo al marido con tal de poder sobrevivir: ropa, zapato, casa y comida. De ahí que de las primeras cosas que hicieran los primeros cristianos fue el socorro para los huérfanos y las viudas. 
Cuando no hay trabajo para las mujeres hay pocas opciones para poder sobrevivir. Adelantar el reino de Dios es también arrebatarle el espacio al mal. Es necesario allanar el camino para la llegada del Señor. 

…………………

El lector también puede ir a las reflexiones sobre las lecturas de este domingo del 2016

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