La primera lectura de hoy está tomada del Primer Libro de los Reyes 19,9a.11-13a. El pasaje corresponde al momento en que Elías, huyendo de la ira de Jezabel, la reina consorte del rey de Israel, está refugiado en una cueva, quizás asunto de un hueco entre las rocas.
Jezabel, la reina, dominaba del todo a Ajab, su esposo, el rey de Israel (el Reino del Norte). Siendo canaanita, promovió el culto a los baales y dio muerte a todos los profetas de Yahvé, excepto algunos, como Elías. Para demostrar el poder de Yahvé, Elías convocó a una especie de certamen con los sacerdotes de Baal. Vendrían todos a donde él, en el monte Carmelo y allí se prepararían dos sacrificios, uno para Baal y otro, para Yahvé. Invitó entonces a los sacerdotes de Baal a que invocasen fuego del cielo para encender su holocausto. No sucedió. Al atardecer Elías hasta echó agua sobre los pedazos de carne de su propio holocausto. Entonces llovió fuego del cielo y se encendió el sacrificio.
Al demostrarse que el verdadero Dios es Yahvé, Elías mandó a matar a todos los sacerdotes de Baal. La reacción fue instantánea. Jezabel juró por sus dioses que lo mataría a él en cuanto pudiese.
Ruta del profeta Elías |
Elías entonces huyó al sur y no se detuvo hasta llegar al monte Horeb, «el monte de Dios» en el territorio de Judá. Se asume que «Horeb» es el mismo monte «Sinaí». Es el monte donde Moisés vio la zarza ardiendo y donde más tarde hizo manar agua de una roca. Es un lugar cercano al punto donde los israelitas cruzaron el Mar Rojo. De seguro a Elías le tomó varios días llegar hasta allí.
Allí es donde se refugia en una cueva y allí es que el ángel de Yahvé le ordena salir al encuentro con Dios. Entonces hay un terremoto, vientos huracanados, fuego. Pero Dios no estaba en ningunos de esos fenómenos.
Entonces Elías siente una brisa suave. El Señor pasaba en la brisa suave. Elías se cubrió con su manto en señal de reverencia y para no mirar. Escuchó entonces a Dios que le habló.
De esa manera se establece el tema de este domingo: estar a la espera y a la escucha de Dios y luego, tener confianza completa en Dios.
El salmo responsorial responde a la primera lectura con versículos del salmo 85(84),9ab-10.11-12.13-14. Cantamos con el salmo: «el Señor promete la paz, Su salvación está muy cerca de sus fieles, y la Gloria habitará en nuestra tierra.»
La segunda lectura de hoy continúa la lectura de la carta de San Pablo a los Romanos 9,1-5. Dice San Pablo, «Yo mismo desearía ser maldito, separado de Cristo, en favor de mis hermanos, los de mi propia raza.» Es como un exabrupto, una expresión de la frustración que siente ante la intransigencia y la dureza mental de los judaizantes.
Recordemos que el cristianismo en sus orígenes originales fue una secta dentro del judaísmo. En ese proceso los primerísimos cristianos siguieron dentro del judaísmo. Pero en cuestión de una o dos décadas vino el rompimiento, sobre todo luego de la destrucción del templo por los romanos en el año 70 AD. Los cristianos comenzaron a integrarse como grupos y comunidades aparte. En esos primeros tiempos siguieron el orden del culto de la sinagoga y de las celebraciones sabatinas de los judíos. Pero pronto vino también la discusión, aun antes del 70 AD, sobre las observancias judías. A esto se refiere Pablo.
Pablo buscó convencer a todos que con Cristo las restricciones de la ley judía ya no tenían valor, sobre todo respecto a la circuncisión y las normas dietéticas. Todavía hoy día están los que se llaman cristianos y siguen con la polémica: hay que observar el sábado, hay que abstenerse de cerdo y de sangre. ¿Cómo es que Cristo llamó a sus discípulos a que bebieran su sangre, si estaba esa restricción en la Ley, de no comer sangre?
Con justa razón Pablo se siente desesperado ante la falta de entendimiento de los judaizantes (que, como vemos, es algo que llega hasta nuestros días).
El evangelio de hoy continúa la lectura de San Mateo, 14,22-33. Jesús obliga a los discípulos a montarse en sus barcas y marcharse, una vez que va llegando la noche, luego de la multiplicación de los panes. Los discípulos salen «mar adentro». En realidad estaban a una distancia de tierra, en el lago de Galilea. Era una manera de poder dormir tranquilos sin miedo a los ladrones y a los animales, me parece.
Por su parte Jesús se fue al monte a orar y a dormir. De madrugada, nos dice el evangelio, Jesús vino hacia los discípulos, caminando sobre el agua. Esto puede ser que ya era el comienzo del alba, el primer despuntar de la luz del día. Pedro, impetuoso, se tira de la barca y sale hacia él. Pero se hunde en el agua y entonces pide socorro a Jesús.
Jesús le toma de la mano y le conduce hacia la barca mientras le dice, «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?» El evangelista dice que en cuanto se subieron a la barca, el viento y el mar se calmaron. Todos los discípulos entonces reaccionan juntos: «Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios»
El tema de la fe es algo que está claro en este episodio. Es la misma fe del centurión que estaba seguro que Jesús curaría a su hija con tan sólo una palabra. Es la fe de tantos que se acercaron a Jesús y quedaron curados. Es la fe también de esos mismos que andaban como ovejas sin pastor y que Jesús invitó a sentarse y a esperar a que apareciera la comida, la multiplicación de los panes.
Para tener esa fe hay que ser sencillos de corazón. Si uno se pone muy sofisticado, no va a poder confiar en Jesús. No va poder reconocerle como el Hijo de Dios.
Eso no quita, claro, como en estos apuntes de todas las semanas, que uno se acerque a los testimonios de la Escritura y de los evangelios con un espíritu detectivesco. Es que no es asunto de desacreditar el testimonio de las Escrituras, sino de profundizar en ese mismo testimonio.
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