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El clericalismo

 
Papa Francisco ha pedido a las diócesis del mundo que convoquen sínodos para dilucidar la nueva evangelización. Esos sínodos deberán tener a los laicos como protagonistas y no como seguidores del clero diocesano. 

Que en Puerto Rico se esté pasando por alto esta convocatoria bajo la influencia de EWTN que busca perpetuar el clericalismo nefasto que nos aqueja, eso llora ante los ojos de Dios. Quizás están siguiendo los propósitos de algunos obispos tradicionalistas norteamericanos que han preferido convocar congresos eucarísticos para enfatizar la adoración al Santísimo.

Por eso razón he decidido escribir estos párrafos buscando llevar a caer en cuenta de la razón para subrayar la sinodalidad en la Iglesia; lo que a su vez implica el protagonismo de los laicos como mencionado. 

El clericalismo es un mal que aqueja a la Iglesia y lleva a una distorsión de lo que es el verdadero cristianismo y la verdadera Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo. Esto es algo que descubrieron los estudiosos en la primera mitad del siglo 20, como Karl Barth (teólogo protestante elogiado por el papa Pío XII), Eduard Schillebeeckx, Marie-Dominique Chenu, Ives Congar, Karl Rahner, y otros. En los siguientes párrafos busco describir la visión de Iglesia que ellos provocaron a partir de las sesiones del Concilio Vaticano II.

El futuro Papa Ratzinger con Ives Congar

Durante los primeros doscientos años después de Cristo los cristianos siguieron el patrón de culto y la mentalidad de los grupos judíos de la Dispersión. Igual que los judíos, los cristianos se reunían para el culto una vez en semana en alguna casa privada o en algún lugar común (igual que en el caso de las sinagogas) para escuchar la Palabra de Dios, para dar gracias, cantar himnos, hacer una colecta para los necesitados, y así. En cada comunidad había un líder o un encargado que dirigía los actos. De aquellos tiempos tenemos las oraciones de acción de gracias más antiguas. Igual que en la sinagogas se presentaba y se compartía vino y pan y se encendían velas simbólicas de las oraciones y de la presencia de Dios entre ellos. Hay oraciones eucarísticas de esos primeros tiempos que no contienen las palabras de la consagración. El enfoque era la celebración comunitaria, no el de unas palabras mágicas que producen efectos invisibles. Todo esto se puede ver en más detalle en mi publicación sobre las Celebraciones comunitarias. Para los primeros cristianos, como lo señaló Schillebeeckx, Jesús se hacía presente en la misma comunidad orante. La Real Presencia para ellos era la comunidad orante. La Presencia Eucarística se reconocía, pero como parte del todo, del resto de la oración comunitaria.

Con el triunfo del cristianismo a comienzos del siglo cuarto después de Cristo el cristianismo entró en un proceso político que lo llevó a convertirse en una institución social dentro del imperio y más tarde en la Edad Media. Las persecuciones cesaron cuando el emperador Constantino declaró la legalidad del cristianismo en el 314 AD y más adelante, ya para el 380 AD, el emperador Teodosio declaró al cristianismo religión oficial del imperio romano.

En aquel momento de finales del siglo 4° y comienzos del siglo 5° el cristianismo competía con otras iglesias, con otros grupos religiosos, como el mitraísmo. El mitraísmo en aquel momento era tan popular o hasta más popular que el cristianismo. Se caracterizaba por los misterios de su fe que sólo le eran revelados a los bautizados con la sangre de un toro sagrado. 

 Como resultado de lo anterior (junto a otros muchos factores históricos, como la mencionada competencia del mitraísmo) el cristianismo fue convirtiéndose en una religión de iniciados que reflejaba la mentalidad jerárquica del mundo bizantino que se iba consolidando en aquel momento. Había cristianos de primera clase (“numerarios”) y cristianos de segunda clase (“supernumerarios”). Esto ya fue una anomalía que duró siglos hasta que el Concilio Vaticano II promovió eliminar tal mentalidad con una nueva teología del laicado. En realidad no era una nueva teología, era un remontarse al sentido original del cristianismo de los primeros siglos.

Mientras que en el mundo de las sinagogas que imitaron los primeros cristianos había un grupo de “ancianos” o “sanedrín” (los presbiteroi) que dirigía la comunidad y unos “supervisores” (episkopoi) encargados de la administración de los bienes y servicios, ahora eso se trastocó. Los obispos supervisores asumieron el papel de gobernadores de la comunidad y los presbíteros del sanedrín se convirtieron en ayudantes de los supervisores. 

De haber sido un culto casero como entre los judíos, el culto cristiano de los siglos 4° y 5° comenzó a modelarse en las ceremonias del emperador y su séquito, particularmente cuando el emperador ofrecía sacrificios a los dioses. Las vestimentas litúrgicas de los obispos y los presbíteros no era otra cosa que las vestimentas ceremoniales de la corte del emperador. Los presbíteros y los obispos se convirtieron en custodios de unos misterios sagrados ocultos y vedados al común de los cristianos. La celebración litúrgica que antes era acción de una comunidad ahora se convirtió en la acción de un grupo llamado especialmente para ese servicio para el resto de la comunidad, los clérigos. En particular, sólo los clérigos eran “sacerdotes”, capaces de celebrar los sagrados misterios. 

Con Vaticano II y con un refrescar la memoria de los textos originales del Nuevo Testamento, volvimos al sentido original del sacerdocio universal de los fieles. En realidad sólo Cristo es el sacerdote. Los fieles por efecto de su bautismo se convierten en partícipes del único sacerdocio de Cristo. Por eso la celebración de los sagrados misterios no se puede dar sin los fieles. 

Una de las cosas que escandalizó a Lutero cuando visitó a Roma y que pude ver todavía a mediados del siglo 20, fueron los numerosos altares en que docenas de monjes y curas decían su misa privada, como si la misa fuese una acto personal y privado. En el caso de Lutero, fue ver cómo sólo decían tantas misas para cobrar los estipendios.

A lo anterior se añade la mentalidad supersticiosa germánica en los siglos medievales en Occidente. Pasado un milenio, cuando llegamos a los tiempos modernos (siglos 14, 15 en adelante) nos topamos con un grupo de “entendidos”, los clérigos, que celebran lo que son unas ceremonias todavía más “misteriosas” a la mirada del público (tanto aristócratas como plebeyos) ya que nadie sabe latín y mucho menos sabe de lo que sucede en el “presbiterio”, el área exclusiva de las ceremonias en las iglesias. 

Recuerdo en las llamadas “misas cantadas” (o “misa de tres curas”) todavía a comienzos de la década de 1960 cuando uno de los celebrantes se iba a cantar la epístola de cara a una pared lateral de la iglesia. Yo sabía que era la epístola, porque era el monaguillo, pero del resto, nonines. 

En mis primeros años de monaguillo en una de estas misas había uno de los curas plantado en medio del presbiterio con un humeral sosteniendo en lo alto una patena cubierta con el mismo humeral. Al momento de la consagración se suponía que yo fuera a incensar la hostia y me fui a incensar la patena. Como la patena estaba cubierta, para mí era lo mismo que estar sosteniendo en alto la sagrada forma.

Las ceremonias eran tan complicadas que requerían de un maestro de ceremonias que le dijera hasta al obispo lo que tenía que hacer. El maestro de ceremonias tuvo que insistir conmigo que no era hacia la patena que había que incensar, sino hacia la hostia. Niño al fin, para mí era lo mismo la patena, que la sagrada forma.

Luego supe que no se suponía que fuera misa de tres curas, sino misa de celebrante, diácono y subdiácono. Como no era común que hubiesen diáconos y subdiáconos disponibles, por eso habían presbíteros ejerciendo esas funciones para las misas solemnes. En la iglesia primitiva la patena en realidad era una bandeja enorme con el pan de la consagración para toda la comunidad y el subdiácono era el custodio de ella. 

Entre tanto el pueblo, ni se enteraba. El pueblo respetaba casi de manera supersticiosa la figura del presbítero. Los curas constituían una casta aparte y en eso consiste el clericalismo. 

La iglesia no es una multinacional en manos de unos entendidos que le prestan unos servicios a los clientes. Los feligreses no son clientes de los curas, ni van a la iglesia los domingos como quien va a echarle gasolina al carro para después marcharse. No es asunto de echar dinero en la colecta; es asunto de que el párroco rinda cuentas de lo que se recogió y en qué se utilizó el dinero.

El verdadero sentido de Iglesia es el que promueve papa Francisco ahora, que ha nombrado hasta mujeres para dirigir oficinas o ministerios dentro de la curia romana. 

(Ver, por ejemplo, 

Papa Francisco advierte del grave peligro del clericalismo

El papa pide huir del clericalismo

La iglesia no tiene solución si no cambia el clero

Una mujer, la número dos en el Vaticano

El papa nombre una mujer secretaria de la gobernación en el Vaticano, más seis otras mujeres a otros puestos.

La iglesia la constituimos todos los fieles bautizados, todos los fieles cristianos, que constituimos el Cuerpo de Cristo y que como cuerpo de Cristo —Cristo a la cabeza de nosotros—adoramos al Padre en nuestro culto semanal. El cura preside, pero no celebra. El celebrante es el Pueblo de Dios en marcha por medio de Jesús, con él y en él. 


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