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Dedicación de la basílica de san Juan de Letrán

 


En este domingo se sustituye el Domingo del Tiempo Ordinario por la fiesta de la dedicación de san Juan de Letrán.

La basílica de san Juan de Letrán fue la primera gran construcción de los cristianos en Roma una vez que cesaran las persecuciones y fueran patrocinados por el emperador Constantino, quien les compró el terreno de la familia de los Lateranos y financió la construcción. Su dedicación se remonta al primer tercio del siglo cuarto.

Desde tiempos primitivos los humanos hemos tenido la tendencia a separar unos espacios como territorio sagrado y a ubicar altares y lugares de culto en esos espacios, como en el caso de los templos. Griegos y judíos (y otros pueblos también) vieron el templo como el lugar, la sede, de la divinidad; como el lugar en que Dios viene para hacerse presente y estar con nosotros. 

Antes de Constantino y el comienzo de la construcción de las basílicas y templos cristianos, el culto cristiano no era de masas. No era un espectáculo público al modo de un concierto sobre una tarima, que es el esquema que sigue todavía vigente hoy. Antes de Constantino los cristianos celebraban al modo de los judíos, según el esquema de las sinagogas y la piedad privada familiar. 

Los primeros cristianos vivieron unos tiempos en que ya no existía el templo de Jerusalén. Dios acompañaba a su pueblo, pero al modo del culto en las sinagogas y en las cenas familiares como en la celebración del sábado semanal y la pascua anual. Las primeras celebraciones eucarísticas cristianas se dieron así al atardecer del sábado recordando el comienzo del domingo, día de la resurrección, el primer día de la semana. Está el caso de san Pablo, que se extendió en una predicación como esa en una vigilia sabatina al punto que uno de los hermanos que estaba junto a una ventana se quedó dormido y se cayó (Hechos 20,9).

Con la ausencia del templo de Jerusalén san Pablo desarrolló la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo, en que todos conformamos el santo templo de Dios. Es lo que vemos en la segunda lectura de hoy, de 1 Corintios 3,9c-11.16-17. Mediante el bautismo todos nos incorporamos al templo santo de Dios, al Pueblo de Dios, en que se concretiza el ideal de santidad de cada uno como especial para Dios («santo») y es mediante este templo del Pueblo de Dios que se concretiza la presencia de Dios en el mundo. Ese fue el sentido original del Cuerpo de Cristo; no era tanto el pan de la adoración al Santísimo, sino nosotros mismos, como cuerpo santo de Jesús. Más de uno se extasía ante el Santísimo pero no ve a Jesús en los hermanos, ni en la comunidad cristiana en oración. Pueden ver al presbítero celebrando, pero no se imaginan ellos como comunidad celebrando, ejerciendo el sacerdocio del pueblo de Dios, fundado en el único y eterno sacerdote, Jesús. 

Más de uno va a misa como quien va a un espectáculo mientras cultiva su piedad personal, privada. Es algo natural, porque todavía muchos están en los carriles mentales de los tiempos anteriores al Concilio Vaticano II. La mentalidad de la misa como algo que el sacerdote hace se remonta a la Edad Media, cuando el pueblo era ignorante y era natural que no entendiera de lo que el sacerdote hacía. El sacerdote formulaba una especie de encantamiento y el pueblo asistía a ver el milagro, a adorarlo, y hacer sus oraciones personales. 

Con Vaticano II caemos en cuenta de la misa como una celebración de todos los presentes, porque todos conformamos el Pueblo de Dios, somos las piedras vivas del templo del Altísimo. El sacerdote es Jesús mismo que actúa en nosotros y con nosotros en la celebración. Por eso, en vez de hablar del sacerdote en el altar es preferible hablar del que preside la asamblea, porque el sacerdote es Jesús mismo, de cuyo sacerdocio todos participamos. El Cuerpo Místico, más que el pan eucarístico, es la misma asamblea y la comunión del cuerpo de Cristo se da a través de toda la celebración. Es significativo que una de las oraciones eucarísticas más antiguas que todavía hoy se recita en arameo en el rito oriental sirio, la de los santos Addai y Mari, no tiene las palabras específicas de la consagración del pan y el vino. Es lo que también vemos en la Didajé de los apóstoles, otro documento antiguo en que aparece una referencia al modo de darse la oración eucarística entre los primeros cristianos.  

De la misma manera los que organizan la pastoral litúrgica deben promover, por ejemplo, que la música y las canciones no sean cosa de un coro o un conjunto al frente, sino que sea una actividad en que todos participen. La música no es una decoración o un atractivo, sino parte integral de la oración colectiva. Igual, sacramentos como el bautismo y la confesión deben darse con un sentido de contexto comunitario, como acción de toda la comunidad. 


La primera lectura de hoy es del profeta Ezequiel 47, 1-2.8-9.12, cuando describe el nuevo templo de Jerusalén, del que manará agua que dará vida a toda la región del desierto alrededor, inclusive hasta restaurar el Mar de Sal o Mar Muerto. Es lo que podemos decir del Pueblo cristiano, de la Iglesia en el mundo, que incluye todas las iglesias y todos los cristianos. Los cristianos somos el templo del que mana agua, el agua de Dios, para el renacer de la vida. Jesús llama a venir a él (Mateo 11,28) y ese llamado se da también con la comunidad cristiana que convoca. La comunidad misma es el nuevo templo de Dios, "Dios con nosotros". 


En el evangelio (Juan 2,13-22) vemos el episodio de la expulsión de los mercaderes del templo. Jesús, indignado, protagoniza una escena de violencia. ¿No amaba a los cambistas? ¿No amaba a los fariseos? Claro que sí. Porque los amaba, por eso les llamaba la atención. Cuando los discípulos le piden que explique su conducta Jesús les dice,  «Destruid este templo y en tres días lo reconstruiré». El mismo evangelista pone que se refería al templo de su propio cuerpo. 

Si somos todos templos del Espíritu Santo. ¿Dónde está el templo? El templo es Jesús, presente también en el Pueblo de Dios (hecho de las piedras vivas que somos nosotros), en la comunidad orante que se reúne para celebrar la eucaristía y para acoger a todos los necesitados, formando así ya el Reino de Dios en este mundo. 


  

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