En el evangelio de hoy Jesús nos dice, «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida».
El evangelio de hoy subraya a Jesús, Palabra y Revelación de Dios, que posibilita nuestra relación con el Padre.
Podríamos asociar las lecturas de hoy al tema del sacerdocio: el sacerdocio único de Jesús, primero; luego, el sacerdocio del pueblo judío (Éxodo 19,5-6) y del pueblo cristiano (1 Pedro 2,5.9) con la misión de anunciar la salvación al mundo entero. Judíos y cristianos anunciamos la salvación al mundo. Los judíos anuncian al Dios único y verdadero y los cristianos anunciamos a Jesús, Palabra del Padre. Jesús mismo es el único y eterno sacerdote, el verdadero puente que nos une al Padre.
La primera lectura de Hechos de los apóstoles 6,1-7. Narra la desavenencia que hubo en la primera comunidad de Jerusalén entre los cristianos judíos «de pura cepa» y los cristianos judíos helenizados o «helenistas» en torno a la atención a las viudas y los necesitados de la comunidad helenista. La misma se resolvió escogiendo siete «administradores» o diáconos para atender ese asunto.
Podemos conjeturar que entre los del grupo que acompañó a Jesús a Jerusalén hubo unos que se volvieron a Galilea (o a su lugar de proveniencia) y otros se quedaron para conformar la primera comunidad de que se nos habla en estas narraciones de Hechos de los apóstoles. ¿De qué iban a vivir? Ahí es donde vemos la solución de vender sus bienes y compartir entre todos, mientras todos seguían asistiendo al templo y lo mismo, celebrando cultos caseros y también asistiendo a las reuniones de las sinagogas. Para los efectos eran una secta judía con una interpretación nueva del judaísmo en que predicaban la llegada de los últimos tiempos, de Jesús, el Mesías, y la confirmación de la Nueva Alianza anunciada por los profetas como Isaías, Joel, Amós, Ezequiel, Jeremías, así.
Valga recordar que en aquel momento el hebreo era una lengua muerta y sólo se utilizaba en el culto, a la manera con que el latín se usaba luego en el culto católico. Los únicos que sabían hebreo eran los estudiosos de la Ley, de los que Jesús fue uno, ya que en los evangelios demuestra manejarlo. Los judíos de nivel laico (por así decir) siempre habrían conocido palabras y frases, igual que hay católicos que sueltan latinajos de vez en cuando. Por cierto, el estado de Israel hoy día ha dedicado esfuerzo a resucitar el hebreo.
Así las cosas, el grueso del pueblo judío hablaba arameo, sin entrar en más detalles históricos. Entre tanto estaban los judíos o israelitas de la Diáspora, los que vivían en las grandes ciudades del Mediterráneo, y que conocían el griego al modo con que hoy muchos conocen el inglés. Ya desde más de trescientos años antes de Cristo se tradujeron los textos sagrados al griego para esa considerable población judía en el extranjero que desconocía el hebreo, en lo que se conoce como la Biblia de la Septuaginta. Esa versión griega de las Escrituras es la que también fue de uso corriente entre los primeros cristianos, que Jesús también manejó.
Así, había una barrera lingüística entre los cristianos helenistas (judíos de la Dispersión) y los cristianos judíos de habla aramea. Uno puede visualizar cómo las viudas y necesitados del sector helenista pudieran estar desatendidos y ahora el nombramiento de unos administradores (que probablemente eran bilingües) vendría a solucionar el asunto.
Esta fue la decisión: «Los Doce, convocando a la asamblea de los discípulos, dijeron: "No nos parece bien descuidar la palabra de Dios para ocuparnos del servicio de las mesas. Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea; nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la palabra"».
Notar que no se trata de una ordenación sacerdotal porque los Doce retienen para sí la responsabilidad de «la oración y el servicio de la palabra». Se trata de una encomienda administrativa.
Claro, sabemos que con el tiempo el diaconado evolucionó hasta considerarse una de las órdenes sagradas, escalafón sacramental en el orden sacerdotal.
Vale recordar también que en los primeros siglos del cristianismo también hubo diaconisas como la diaconisa Febe mencionada por san Pablo en Romanos 16,1. Febe, igual que otras mujeres de los primeros tiempos quizás fue una empresaria como algunas otras que ofrecieron su apoyo con dedicación, tiempo y dinero. Desde su posición fue otra más de aquellas mujeres que fueron líderes y «patronas» en las primeras comunidades. Sabemos que hubo diaconisas hasta setecientos años después de Cristo, por los diversos concilios ecuménicos en que se habló de ellas.
De nuevo; el término «diaconisa» puede indicar un servicio administrativo y no necesariamente sacerdotal. Los que hoy día se oponen a la restauración del diaconado femenino insisten que, si existió, no tuvo carácter sacerdotal. Pero es que eso es lo mismo que alguien podría argumentar también del diaconado masculino o aun del mismo oficio presbiteral y episcopal como lo notamos en el libro de los Hechos.
Podemos decir que, si la comprensión del episcopado, el presbiterado, el diaconado, se dio como históricamente se dio, por algo fue; hemos de tomarlo como expresión de la acción del Espíritu entre nosotros. Entre tanto es posible sostener la posibilidad del diaconado sacerdotal femenino, lo mismo que el episcopado y el presbiterado femenino sin problemas hoy por hoy, toda vez que hay evidencia histórica que lo hubo en los primeros tiempos. El lector puede buscar en Internet esa evidencia presentada por estudiosos del tema (atención a las fuentes de consulta). Uno puede también asumir que el Espíritu sopla hoy en esa dirección. Anglicanos y metodistas han demostrado que no hay inconvenientes con mujeres ejerciendo como diáconos, presbíteros, obispos. Lo mismo puede decirse del requisito del celibato.
El salmo responsorial hoy está tomado del salmo 32. «Aclamad justos al Señor,» cantamos. «La Palabra del Señor es sincera» y «su misericordia llena la tierra». Cantamos así alabando a Dios por habernos rescatado de la muerte por lo que ahora podemos esperar llegar al país de la Vida.
La segunda lectura es de 1 Pedro 2,4-9. Este es el capítulo que comenzamos a leer el domingo de la octava de Pascua («Como niños recién nacidos desead la leche espiritual pura de la Palabra…»). Ahora Pedro nos dice, «También ustedes, como piedras vivas, edifíquense y pasen a ser un Templo espiritual, una comunidad santa de sacerdotes que ofrecen sacrificios espirituales agradables a Dios por medio de Cristo Jesús».
Cristo es la Roca y nosotros somos piedras vivas afianzadas en Cristo y con él conformamos el nuevo Templo de Dios. Junto a él todos somos sacerdotes anunciadores de la salvación, puentes de salvación para el mundo entero.
Notar el modo de la relación a Dios del cristiano, como se propone aquí. No se trata solamente de la relación personal, subjetiva de la relación personal con Dios, sino la relación del cristiano con los demás. La fe se vive en la comunidad y desde la comunidad y con la comunidad se establece una relación con que Dios puede alcanzar al mundo. «Ustedes son un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para anunciar las proezas del que les llamó de las tinieblas a su luz maravillosa», nos dice.
De ahí que hay que recordarle a los feligreses que la celebración eucarística no es solamente para sostener una oración personal con Dios (una relación vertical), sino que también es para una celebración de toda la comunidad (relación horizontal) en que Dios camina con nosotros. Hemos de recordar el sacerdocio de los fieles que también debe expresarse en la misa, de manera que la celebración eucarística no debe ser espectáculo al que las personas asisten de manera pasiva o ensimismados y aislados, atomizados con relación a los demás. Hemos de promover más consciencia del sacerdocio de los fieles y decir «Todos somos la Iglesia» debe ser algo más que una frase simpática. De ahí el esfuerzo de la sinodalidad iniciado por papa Francisco a lo que se oponen algunos que no entienden.
El evangelio está tomado de Juan 14,1-12 y es un pasaje del discurso o conversación de Jesús con sus discípulos en la Última Cena. No debió ser una conversación muy distinta de la que se pudo haber dado en los encuentros post pascuales (después de la resurrección de Jesús).
«Creed en Dios, creed en mí,» les dice Jesús; «voy a prepararles un lugar». Entonces Tomás le dice, «No sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» Ahí Jesús le dice, «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».
Entonces Felipe a su vez insiste, «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre».
Esa es nuestra fe: Jesús Palabra del Padre. El pasaje termina cuando Jesús les dice, «En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre».
Jesús se ausentó al ascender al cielo, pero sigue con nosotros en nuestras comunidades, en nuestras personas (templos del Espíritu) para hacer las obras que él hace para la salvación del mundo.
Ahí vemos deletreado el sacerdocio de todos los fieles, incluyendo laicos sin ministerio; igual, los ministros, diáconos, así.
Invito a ver mis apuntes para este domingo de años anteriores, del año 2020 (oprimir).

Comentarios