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Domingo 3 de Pascua Ciclo A

 


En el evangelio de hoy vemos el episodio de los discípulos camino a Emaús. 

Nos podemos imaginar aquellos dos discípulos. Habían pensado que Jesús era el Enviado, el Ungido de Dios, el Mesías. Habrían sido testigos de los milagros y habrían sentido en su corazón la esperanza de que pronto llegaría la liberación cuando Dios enjugaría toda lágrima, consolaría toda tristeza. Y ahora habían visto el fracaso de la cruz. De eso habrían conversado con Jesús que caminaba con ellos, quien entonces les habló de cómo ya en las Escrituras se proponía que el Mesías debía de padecer. Y luego, al partir del pan, la revelación de que allí con ellos estaba el testimonio efectivo de la salvación: Jesús resucitado. 

Así debería ser la liturgia, la misa de hoy: un compartir con las Escrituras, un plantear ante los demás y ante Dios las ansias de liberación y consuelo a nuestras miserias y luego el encuentro con Jesús en el partir del pan, junto con toda la comunidad. 

La primera lectura de hoy es de Hechos 2,14.22-23, un pasaje de la predicación de san Pedro el día de Pentecostés. En ese discurso vemos la comprensión de nuestra fe según la primera predicación de los apóstoles. Como parte del plan eterno de Dios Jesús sufrió y murió y resucitó. Esto ya fue anunciado por los profetas, y fue algo que ya supo David, según anuncia san Pedro citando el salmo 16(15). David murió, pero ahora la promesa se cumple, que un descendiente suyo reinaría en su trono y que no conocería la corrupción de la muerte. «Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado [sobre nosotros]. Esto es lo que ustedes están viendo y oyendo,» dice san Pedro.

Respondemos a esa primera lectura con los versículos citados por san Pedro en la primera lectura, del salmo 16(15). «Se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa esperanzada. Porque no me abandonarás en la región de los muertos ni dejarás a tu fiel ver la corrupción», cantamos. 

La segunda lectura está tomada de la primera carta de san Pedro 1,17-21. Lo que vimos en la primera lectura se vuelve a afirmar aquí: Cristo, previsto desde toda la eternidad, nos ha rescatado y nos ha liberado de manera que ya nuestra vida no puede ser lo mismo que fue en otro tiempo, antes que tuviéramos el encuentro de la fe con él. Fuimos liberados de una conducta inútil para que ahora cifremos nuestra esperanza en él. «Ahora ustedes creen en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que vuestra fe y vuestra esperanza estén puestas en Dios», nos dice. Si antes fuimos pecadores, ahora hemos de regocijarnos en nuestra salvación, algo reflejado en una conducta de personas decentes, de cristianos.

El evangelio está tomado de Lucas 24,13-35 y habla de dos de los discípulos de Jesús que el mismo día de la resurrección, aquel mismo primer día de la semana, van de Jerusalén hacia Emaús, una aldea cercana, a cierta distancia. Entonces se les junta un extraño que conversa con ellos y les habla de las predicciones de los profetas sobre el Mesías, de cómo debía de padecer y resucitar. Cuando llegan a la aldea de Emaús el extraño hace como que seguirá su camino, pero los discípulos lo convencen para que se quede con ellos, ofreciéndole hospitalidad. Entonces cuando se sientan a la mesa, el extraño bendice y reparte el pan y en ese momento ellos lo reconocen como Jesús resucitado y quedan atónitos. Pero él desaparece. Entonces se vuelven a Jerusalén y se encuentran con los apóstoles y los demás discípulos y dan testimonio de que le han visto: había resucitado y lo habían reconocido al partir el pan.


Como indican las notas al calce de la Biblia de Jerusalén, en los relatos pascuales en que Jesús se le aparece a los discípulos, éstos no lo reconocen de primera intención. Esto podría explicar la duda del apóstol Tomás en el evangelio del domingo pasado, cuando dijo que tenía que ver las heridas de los clavos y el costado traspasado por la lanza. No era asunto de que le presentaran un extraño diciéndole que era Jesús resucitado. Probablemente le pidió que se desnudara para ver las heridas. Esto puede explicarse al modo que lo propuso san Pablo en 1 Corintios 15,44, «se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual». El estado espiritual modifica la apariencia natural.

Como también dijo san Pablo, si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe (1 Corintios 15,17). Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras y resucitó según las Escrituras y se le apareció a los apóstoles y los discípulos. Si no hubiese resucitado entonces lo tendríamos que ver como un profeta más, que es como lo ven los judíos, los islámicos, los Testigos de Jehová, los Mormones, los Unitarios y otros así. Si no hubiese resucitado, entonces no podemos esperar vida más allá de la muerte, ni felicidad eterna en la gloria. Dios puede perdonar nuestros pecados y poner su amor en nuestros corazones, pero otra cosa es esperar que por razón de la misericordia divina tendremos vida eterna. Lo que sí está en las Escrituras es que gracias a los padecimientos del Mesías llegaríamos a alcanzar la vida eterna. Y esto es lo que Jesús testimonia, que Dios garantiza la vida eterna a todos los que creen en él.

El precio de la muerte de Adán fue la muerte para todos nosotros, pero el precio de la muerte de Cristo es la vida eterna para todos los que creen en él, en su nombre. Esa es la salvación que predicaron los apóstoles y los primeros discípulos, que gracias al sacrificio de la cruz ahora somos hijos de Dios, y el amor de Dios y la vida eterna está en nuestros corazones. De ahí que Jesús lo anuncie: «Yo soy la resurrección y la vida»; «Yo soy la resurrección, el que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás.»  (Juan 11,25-26) con ocasión de la resurrección de Lázaro.

Cuando uno ama a un ser querido (como el novio a la novia o la esposa al esposo; como el padre al hijo o la hija a la madre; así) uno no desea la muerte del ser querido, sino que quiere que viva por la eternidad. Lo mismo con Dios. Dios nos ama y quiere que vivamos para siempre. Pero esa vida eterna va condicionada a que le descubramos y le reconozcamos, como los discípulos de Emaús. En la cita de Juan 11,25-26 con ocasión de la resurrección de Lázaro Jesús añade, «¿Crees esto?»

Como no somos espíritus puros, vivimos en el mundo con los demás. De ahí que este experiencia de fe ha de darse en comunidad y con obras concretas. 

Invito a ver mis apuntes para este domingo, del año 2020 (oprimir).


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