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Domingo 2 de Pascua Ciclo A

 

Duccio

Las semanas del tiempo pascual son equivalentes a la época de cuaresma, ahora en sentido positivo, en sentido festivo. En la cuaresma vivimos el misterio del llamado de Dios en la persona de Jesús que nos lleva a la conversión de vida y ahora en Pascua vivimos la alegría del misterio de nuestra vida en Cristo, ya redimidos por su gracia. No es tiempo de ascetismo, ni de rezar de rodillas, sino tiempo de celebrar nuestra liberación. (San Eusebio de Cesarea, Del Tratado sobre la solemnidad de la Pascua.)

De igual manera que en la cuaresma practicamos unas devociones como el viacrucis ahora es tiempo de celebrar el camino pascual con unas estaciones que recuerden los encuentros con el Cristo resucitado. Un caso de una estación pascual lo vemos en el evangelio de hoy, en la narración de la incredulidad del apóstol Tomás. 


La primera lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2,42-47. Describe la primera comunidad de Jerusalén. Todos compartían sus bienes en común y todos se reunían para la oración y para compartir  en lo que debieron ser las primeras eucaristías y ágapes cristianos. «Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. Con perseverancia acudían a diario al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón,» nos dice.

Respondemos con versículos del salmo 117: «Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo,» cantamos. Alabamos a Dios por todas sus bendiciones para con nosotros.

La segunda lectura es de la primera carta de Pedro 1,3-9. Con san Pedro alabamos a Dios que mediante la resurrección de nuestro señor Jesucristo y por su gran misericordia nos ofrece la herencia incorruptible en el cielo. 

El evangelio es de Juan 20,19-31 y narra la historia del apóstol Tomás que dudó y luego vio y creyó. Nos cuenta el evangelista que al anochecer del  domingo de resurrección estaban los discípulos en una casa encerrados por miedo a las autoridades judías que habían hecho crucificar a Jesús. Estando así a puertas cerradas de improviso se les aparece Jesús vivo entre ellos. «Paz a vosotros,» les dice. Y les enseña las manos y el costado traspasado para demostrar que es él, que no es un impostor; que es él, que verdaderamente murió y ahora estaba allí, resucitado. Jesús entonces sopla sobre ellos y así les infunde el Espíritu Santo, como en un primer pentecostés. Más tarde los apóstoles van y se lo cuentan a Tomás, que no estaba allí y Tomás se muestra incrédulo. Entonces ocho días después vuelve Jesús a aparecerse entre ellos de la misma manera y en esa ocasión llama a Tomás y le dice que le toque con sus dedos y con sus manos para confirmar sus heridas y reconocer al resucitado. «Señor mío y Dios mío», dice Tomás. «Bienaventurados los que crean sin haber visto,» le dice Jesús. El evangelista terminando diciendo que ha puesto por escrito estos hechos para que, creyendo, tengan vida en su nombre, en el nombre de Jesús. 


Notar que el evangelista al final del pasaje de hoy no dice que hay que bautizarse, sino que lo importante, lo que vale, es creer en el Señor Jesús y descubrir nuestra salvación. Es lo que también veremos en otros pasajes como en Joel 3,5; Hechos 4,12; Hechos 16,29-32; y así. 

No hay que enfocar en la duda del apóstol Tomás, o en su debilidad, como para mezquinamente sentirnos bien porque otro se muestra débil. El enfoque pascual ha de orientarse hacia la alegría que sintieron los apóstoles, incluyendo Tomás, al confirmar que verdaderamente era el Señor, el Resucitado.

Nuestra fe es motivo de alegría. Con mayor razón hemos de tener esto presente en el tiempo pascual. La vocación del cristiano es a la alegría, a la felicidad en Jesús. Esa es la alegría del bautizado y del bautismo. Es lo que tradicionalmente recordamos en este domingo de la octava de Pascua de Resurrección (notar que Jesús se apareció a los discípulos por segunda vez a los ocho días de la resurrección, cuando confrontó a Tomás). 

En el calendario anterior al Concilio Vaticano II este domingo se conocía como Domingo In Albis, porque este domingo los bautizados en la Vigilia Pascual ahora compartían con todos revestidos de túnicas blancas o albas, celebrando su nueva vida cristiana. También, en el ritual anterior al orden litúrgico de Vaticano II se cantaba al comienzo de la misa, en el Introito o canto de entrada el texto de la epístola de san Pedro, Quasimodo geniti infantes…: 1 Pedro 2,2 – «Como niños recién nacidos, desead la leche espiritual pura, a fin de que, por ella, crezcáis para la salvación». Esto es algo que los tradicionalistas católicos no recuerdan y entre tanto fomentan la devoción al Cristo de la Divina Misericordia, enfatizando nuestra condición de pecadores, antes que nuestra condición de salvados y amados por Dios. Dios no se fija en nuestros pecados, sino en nuestra actitud de corazón, la actitud de amor a los hermanos, el repudio de la guerra y el socorro a los necesitados. Jesús reprochó a los fariseos por eso, por ser tan… fariseos. Los tradicionalistas católicos deben tener eso presente.

Hay una alegría y una paz cristiana que no tiene que ver con los sufrimientos que también puedan acompañar esa paz y esa alegría. «No hay trabajos difíciles para corazones amantes,» dijo san Agustín. También está la estatua del niño llevando a cuestas a otro niño a la entrada de Boys’ Town con el lema, «No pesa, es mi hermano». Y también está la anécdota de san Francisco en las Florecillas, cuando le habla al hermano León sobre la perfecta felicidad; invito al lector a buscarlo en Internet. Cuando uno está enamorado, no repara en las dificultades con que uno se pueda dar, se pueda encontrar. Cuando uno está enamorado, uno no se mira a sí mismo, sino al amado o la amada. Cuando uno ve en Jesús el amor infinito de Dios, uno se olvida de las propias miserias, de igual manera que Dios no ve nuestras miserias, sino nuestra actitud de corazón. Esta es la paz que Jesús nos da.

Invito a ver mis apuntes para este domingo, del año 2024 (oprimir), particularmente sobre el tema del Cristo de la Divina Misericordia.

Invito a ver los del año 2020 (oprimir).

  

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