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Volver al latín en la misa no tiene sentido.


1- Un argumento a favor del vernáculo, es que el latín divide la comunidad, antes que unirla. Crea una distancia entre el sacerdote y los feligreses y entre los feligreses entre sí, y hace del culto una acción de iniciados, o subraya las divisiones entre ricos y pobres, cultos e incultos, cosa que debe ser ajena al verdadero cristianismo.

Esto es,

0. el que reza o “dice” la misa en latín es el sacerdote, con los feligreses actuando de espectadores pasivos, o de “clientes” de los sacerdotes;

1. luego están los que entienden el latín, que normalmente será sólo el sacerdote (hoy día podría suceder que tampoco el sacerdote entienda lo que “recita”) y alguna que otra persona más culta (algo poco probable);

2. entre el pueblo estarán los que están iniciados a la cultura clerical y entenderán más o menos lo que está sucediendo (lo que se dificulta más si el sacerdote está de espaldas al pueblo y además está masticando el lenguaje con algún acento extraño, como el del inglés o el alemán) y éstos se subdividirán entre los que tienen misal más lujoso y los que tienen misal más ordinario (y cada uno por su lado y por sus propias razones se sentirá superior al otro que es algo poco cristiano);

3. entre el pueblo estarán los que no entienden, no tienen cultura religiosa, quizás son analfabetos religiosos o tampoco saben siquiera leer o si saben leer no están acostumbrados a manejar libros (o puede que sean ingenieros o médicos, pero nunca manejaron un misal) y así sucesivamente.


Con esos presupuestos ser una persona religiosa que sabe participar en una misa en el rito en latín puede llevarle a sentirse superior a los demás, lo que es una forma de fariseísmo.


2- Un segundo argumento, pero en contra del vernáculo, fue que el latín le prestaba dignidad a los ritos. Por esa misma razón ha habido señalamientos por la informalidad de las celebraciones litúrgicas que se han dado posterior al Concilio. Se pasó del extremo de la dignidad del rito a una falta del sentido de lo sagrado.

El señalamiento es válido. Pero eso no es razón suficiente para justificar la vuelta al uso del latín. Es como abogar por pasar leyes que prohíban el licor porque la bebida y los delitos a menudo van juntos. Es como abolir la venta de helados porque cuando aumentan las ventas de helados, aumentan los delitos, cuando la causa no son los helados, sino el calor del verano que lleva a comprar más helados y a irritar a las personas. Los desaciertos litúrgicos de la época posconciliar no son causados exclusivamente por el vernáculo; se trata de una coincidencia.


En la época preconciliar, el uso de una lengua extraña era un obstáculo para cobrar conciencia del misterio central de nuestra fe que celebramos en la misa y en las otras acciones litúrgicas: el misterio pascual. Claro, el mero uso del vernáculo no podía producir tal conciencia si hasta entonces no la había habido. El latín encubría ese problema, igual que el problema del peligro de fariseísmo que el latín podía fomentar.


Si el uso del vernáculo llevó a la pérdida del sentido de la sacralidad de la acción litúrgica, entonces es hora de caer en cuenta de una necesidad pastoral que ya estaba ahí desde antes, en la época del uso del latín. La dignidad del rito que le otorgaba el latín en realidad encubría este problema y no contribuía a resolverlo. Al contrario, lo agravaba en cuanto hacía que las ceremonias pudieran ser tomadas de modo supersticioso, sobre todo entre los más ignorantes o también entre las culturas misioneras que no compartían elementos en común con la cultura occidental. El uso del vernáculo es más idóneo como medio para lograr una vivencia del misterio pascual en nuestra vida cristiana, algo que todavía está por lograrse como una tarea sempiterna de la vida eclesiástica.


Es curioso que una vez que SS Benedicto XVI ha permitido la celebración de la misa en latín no consta que el rito se vea más digno. En una época en que verdaderamente el latín ha quedado olvidado, cuando se ha resucitado y se ha utilizado, el rito ha resultado hasta extraño, sobre todo si se sabe que el sacerdote no conoce el latín.


3- Otro argumento en contra del vernáculo era el hecho de que el latín es una lengua universal y que su conservación expresaría la universalidad o catolicidad de la Iglesia. El encontrar en todas partes el mismo ritual con las mismas palabras sería como una señal de unidad.


Pero no se puede establecer una equivalencia entre latín y catolicidad. Esto, por tres razones: histórica, geográfica, doctrinal.

Históricamente el latín no fue siempre el lenguaje de la liturgia. De hecho durante años la liturgia de la misma sede pontificia fue en griego (El “Kyrie eléison” de la misa tridentina es un recuerdo de esa época.). El latín tampoco es el lenguaje de las iglesias católicas orientales, ni las iglesias apostólicas orientales (que se remontan a los mismos apóstoles). Esto permite ver el error geográfico de quien piensa que el latín es el lenguaje universal de la Iglesia. El catolicismo reza aun hoy día en una diversidad de lenguas como las eslavas, el copto, siríaco, etc.

Pero sobre todo está la razón doctrinal. El latín no es tanto el vínculo de la catolicidad, cuanto lo es con mayor derecho la unidad de las iglesias o las comunidades eclesiásticas entre sí como obra visible del Espíritu Santo.Que esa unidad pueda ser significada por la figura del papa o si no, por otro signo de unidad, es el reto ante el que se ve el ecumenismo. Por lo pronto la Iglesia romana no parece tener mucha preocupación con esto. Las iglesias anglicanas ciertamente se encuentran ante un reto de unidad, de cómo descubrir una unidad que sea efectiva y que a la vez no sea jurídica. Si vamos a ver de eso se trata en el cristianismo. Lo que nos une es la fe, no unas declaraciones o unos documentos jurídicos.

Una cosa es la unidad y otra, la universalidad de la Iglesia.Más que el latín, mayor signo de la universalidad de la Iglesia es la pluralidad de lenguas en que se rinde el mismo culto y en que se profesa la unidad de las comunidades entre sí. La Iglesia no tiene como misión latinizar a los pueblos, sino cristianizarlos. Signo de su universalidad es por tanto la capacidad para la inculturación, es decir, el establecimiento de lo mismo de diversas maneras según la sociedad en que se inserte.


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