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Domingo 2° del Tiempo Ordinario, Ciclo B

 


El evangelio de hoy está tomado de Juan 1,35ss. Dos discípulos de Juan Bautista ven a Jesús que pasa y oyen que el Bautista dice, «Éste es el Cordero de Dios». Al momento van y siguen a Jesús. De esta manera el año litúrgico comienza dándole atención a la vida pública de Jesús y a los discípulos, que dejaron todo para seguirle. 

Invito a los lectores a ver mis apuntes con motivo de las lecturas de este domingo que preparé en el año 2021 (oprimir para verlos). 

Ahora propongo una reflexión sobre el título que el Bautista le dio a Jesús, «Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». 

En la tradición cristiana que se formuló en los primeros siglos Jesús es el cordero pascual sacrificado por los pecados del mundo, algo que recordamos y hacemos presente en la liturgia eucarística. 

En efecto, los evangelios narran cómo Jesús fue crucificado en la tarde de la preparación de la pascua al momento que también se sacrificaban los corderos en el templo para la cena pascual de aquel año. Ese es el misterio central de nuestra fe, que se anuncia ya desde el comienzo del año litúrgico este domingo. Dios nos ama y nos invita a cambiar de vida y a emprender el camino del amor al prójimo, con la misma actitud hacia los demás que Dios tiene hacia nosotros. Muy bien está el dicho popular, «El que se mete a redentor puede terminar crucificado». Esto es lo que Dios en Jesús nos dice, que el camino al Padre pasa por la cruz, aunque eso sea una consecuencia que nadie quiere (el mismo Jesús rezó para no tener que pasar por la cruz). Pero el hecho que la salvación esté a la mano, eso es motivo de suma alegría. Por eso la cruz en las iglesias debe ser la cruz pascual, la del resucitado triunfante, como la cruz de los primeros tiempos del cristianismo. 

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Recientemente la declaración Fiducia Suplicans del papa para la bendición de parejas en estado canónico irregular ha levantado protestas de muchos, incluyendo dos cardenales y numerosos obispos a nivel mundial. Es no entender la verdad fundamental de nuestra fe que no se basa en condenas de fariseos, ni en verdades abstractas usadas para condenar, sino en el hecho de Jesús como testimonio de la misericordia del Padre. No se trata de confirmar a las personas en su vida de pecado, sino en reconocer que todos somos pecadores y con derecho a pedir misericordia a nombre de Jesús. 


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