En el evangelio de hoy vemos la parábola de la higuera que el dueño quería cortar
En el evangelio de hoy (Lucas 13,1-9) encontramos dos episodios puestos en secuencia por Lucas. Podemos asumir que ambos episodios están relacionados.
En el primer episodio le vienen a contar a Jesús de unos galileos que Pilato hizo matar, mezclando su sangre con la sangre de los sacrificios que ofrecían. Jesús les dice que esos que murieron así eran tan pecadores como cualquier otro, implicando que la paga del pecado es la muerte (Romanos 6,23), como quiera.
Los fariseos eran los que creían que podían hablar de otros como más pecadores que ellos y no se daban cuenta de que todos somos tan pecadores unos como otros. Un cristiano lo piensa dos veces antes de abrir la boca para denunciar.
«¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos porque han padecido todo esto? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. O aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre en Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera», les dice Jesús.
Recordemos que la muerte entró al mundo por el pecado de Adán (Génesis 2,16-17). Pero Cristo, el nuevo Adán, nos trajo la vida eterna (Romanos 5,12 y 6,23; 1 Corintios 15,21-22).
Al pensar esto sólo cabe la reacción de estar agradecidos. Es como los que se salvan de un naufragio gracias al que vino a su rescate.
Recordemos las palabras del profeta Ezequiel: «¿Acaso me complazco yo en la muerte del malvado - oráculo del Señor Yahveh - y no más bien en que se convierta de su conducta y viva?» (Ezequiel 18,23).
Dios no se complace en condenar. No tiene sentido que los cristianos condenen.
«Si no os convertís…», advierte Jesús. Si no cambiamos de vida, permaneceremos en el pecado y moriremos. Porque por el pecado entró la muerte al mundo y todos somos pecadores y la manera de morir podrá ser distinta para unos y otros, pero el hecho es que estamos destinados a la muerte y a la desaparición en la nada, si no nos convertimos, si no cambiamos de actitud y modo de vivir. Si nos convertimos Dios nos ofrece vida.
Eso entonces enlaza con la parábola de la higuera, el segundo episodio del evangelio de hoy.
En el segundo episodio Jesús cuenta la parábola del viñador que tiene una higuera en medio del viñedo. La higuera no da fruto y el dueño del viñedo decide arrancarla de cuajo. Recuerda un episodio parecido (Mateo 21,18-19 y Marcos 11,12ss) en que Jesús, impaciente con una higuera, la maldice y la higuera se marchita.
«Dijo entonces al viñador: "Ya ves, tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala."». Pero en la versión de Lucas el encargado del viñedo persuade al dueño a tener paciencia y darle un poco más de tiempo a ver si produce fruto.
La parábola parece referirse al pueblo judío, que no se convierte, a pesar de haber pasado ya tres años (si fuere cierto que el ministerio de Jesús fue de tres años). Perecerían todos, si no se convertían.
A la luz de esa reflexión sobre el evangelio podemos entender la primera lectura, en que vemos el llamado a Moisés para ser el profeta guía del pueblo hebreo para sacarlos de la esclavitud de Egipto (Éxodo 3,1-8a.13-15). Si el pueblo no hubiera escuchado a Moisés, no habrían podido marchar hacia su liberación.
Con todo, muchos entre el pueblo hebreo también murieron, a causa de su maldad, como señala san Pablo en la segunda lectura para hoy (1 Corintios 10,1-6.10-12). «La mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto», nos dice y luego añade, «el que se crea seguro, cuídese de no caer».
«Convertíos,» proclamó el Bautista y lo mismo los profetas; lo mismo, Jesús. Con mayor razón nos toca a nosotros cambiar de vida y serle fiel a Jesús, Palabra del Padre.
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En nuestros días deploramos esos católicos y evangélicos fundamentalistas que no tienen sentido alguno de amor y respeto al prójimo y apoyan unas políticas gubernamentales que violan los derechos humanos, promueven la guerra, destruyen el balance ecológico del planeta, y carecen de toda sensibilidad y decencia.
El Reino de Dios no se logra con medios paganos. Jesús no recurrió a trucos, ni tretas, ni engaños con dobles sentidos y racionalizaciones de casuística para llevar a cabo su misión.
No tiene sentido decir que los cristianos están en guerra con la sociedad moderna y que hay que obligar a la sociedad a que se cristianice según las ideas personales de unos que sólo entienden el evangelio en forma de dogmas y doctrinas al modo de los talibanes y los fariseos.
Dios nos llama a cambiar de vida con criterios de amor a Dios y al prójimo al seguirlo a él. No tiene sentido decirse cristiano si uno no es compasivo y misericordioso a la manera con que Dios mismo es compasivo y misericordioso (salmo interleccional, salmo 102). Es hora de recordar que el cristianismo institucional no es tan importante como el cristianismo existencial, el personal, el que pone a las personas por sobre las ideas y los intereses egoístas de cada uno, a la manera con que Dios mismo nos ve.
Invito a ver mis comentarios a las lecturas de este día, del 2016 (pinchar).
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