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Miércoles de cenizas, 2025

 

Este deambulante fue asesinado en un crimen de odio un tiempo después que lo retraté.


Los primerísimos cristianos no hacían penitencia en el sentido medieval de ayunar, mortificarse, ponerse cilicios (como se supone hacen algunos monjes) o azotarse. Jesús no dice en los evangelios que hay que hacer eso. 

Recordemos que la predicación de Jesús comenzó asociada a la conversión de vida. Jesús invitó a los publicanos y a las prostitutas y a todos sus seguidores a encontrarse con el amor infinito y misericordioso de Dios y responder a ese amor practicando nosotros también la misma misericordia y el mismo amor de Dios. 

De qué vale ayunar y ponerse cilicios y azotarse y decirse arrepentidos de nuestros pecados si entre tanto no practicamos el amor al prójimo. Los católicos tradicionalistas (algunos) hasta se burlan y se refieren a los católicos que enfatizan el amor al prójimo como unos cristianos blandengues, ilusos. ¿Hablarían así los fariseos de Jesús y sus discípulos? Hay quien admira más ser «duros», que ser considerados con los demás. Igual que los fariseos, para esos tradicionalistas es más importante la doctrina —como en la obsesión con el tema del aborto— que las personas en su vida concreta. En la vida concreta las cosas siempre son grises, difíciles de precisar con relación a nuestros ideales y los tradicionalistas no admiten eso. 

Es más factible practicar la virtud apoyados unos en los otros. De ahí la importancia de la comunidad cristiana. Esta cuaresma nos podemos plantear cómo orientar la actividad de la comunidad parroquial, no sólo hacia la vida de oración, sino también al socorro de los necesitados y de los débiles, tanto en sentido material, como espiritual. 

En vez de atacar a los que no piensan como nosotros (o a los «descarriados»), qué tal verlos como seres humanos en cuya situación podríamos estar nosotros mismos también. Así, en vez de verlos como objeto de nuestra agresividad (porque Dios no los ve así, como demostró Jesús en los evangelios), qué tal verlos como hermanos con los que dialogar y con quienes nos tenemos que apoyar mutuamente en nuestro caminar juntos hacia el Padre.

Así las cosas, la imposición de las cenizas puede ser un recordatorio de la verdadera jerarquía de valores, cuando lo que realmente importa no son nuestros pecados, ni el pecado de los demás, sino el criterio del amor a Dios y al prójimo. Las cenizas pueden representar nuestro reconocer que en esta vida todo es ceniza (del polvo venimos y al polvo volveremos), pero que el amor es eterno.

Invito a ver mi apuntes para este día, del año 2008 (oprimir sobre el año). 



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