El evangelio de este domingo 5 de cuaresma narra la resurrección de Lázaro. Es una evidencia más de la llegada del Reino entre nosotros. Jesús es la resurrección y la vida.
La primera lectura es del profeta Ezequiel 37,12-14. El profeta anuncia la resurrección del pueblo de Israel. «Yo mismo abriré sus tumbas,» dice Yahvé, «…Y cuando abra sus tumbas…comprenderán ustedes que yo soy el Señor. Pondré mi espíritu en ustedes y vivirán».
El profeta se pronuncia con referencia al pueblo de Israel en el Exilio babilonio y en realidad se refiere a Judá, porque ya para entonces Israel (el Reino del Norte) había dejado de existir. Pero se podía pensar que Israel sobrevivió en Judá y en particular, en el Resto fiel que no olvidó su identidad hebrea, al modo con que hoy los puertorriqueños en el exilio conservan su identidad. Al hablar de la resurrección se refiere al renacer del reino de Israel.
Jesús también habló de la llegada del Reino de Dios, el verdadero reino de Israel. La Nueva Alianza, también anunciada por Ezequiel unos versículos después del pasaje de la primera lectura de hoy (Ezequiel 37,26), ahora se cumpliría con Jesús.
Así, la resurrección de Lázaro en el evangelio de hoy confirma la llegada del Reino (un reino no político, ni territorial) junto a la efusión del Espíritu anunciada por los profetas. Los evangélicos ultra nacionalistas que respaldan los crímenes genocidas de los israelitas modernos no parecen entender esto.
El salmo responsorial canta versículos del salmo 129(130): «Desde lo profundo grito a ti, Señor…». Es un salmo que se recita o canta en los servicios de difuntos en que nos reconocemos pecadores, merecedores de que Dios nos abandone. Pero estamos confiados en la bondad del Altísimo, que vendrá a socorrernos. «Si llevas cuentas de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?…Mi alma espera en el Señor…porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa». La versión de la Biblia de Jerusalén canta: «Porque con Yahveh está el amor, junto a él abundancia de rescate».
Dios nos ama a pesar de nuestros pecados y viene a nuestro rescate para darnos vida a los que tenemos fe y esperamos en él.
La segunda lectura es de Romanos 8,8-11. «Los que están en la carne no pueden agradar a Dios,» dice san Pablo. Estar en la carne equivale a vivir al modo pagano, egoísta; sin pensar en otra cosa que los propios intereses materiales. Es la mentalidad de los paganos, como la que vemos en el caso de más de un político irresponsable o en más de un empresario o en tantos otros que conocemos.
Los cristianos viven en el mundo material también. Inevitablemente tienen que atender a sus necesidades materiales. Pero viven movidos por las valoraciones y las importancias espirituales como el amor al prójimo. Son aquellos en los que «el espíritu vive por la justicia,» como apunta san Pablo en la lectura de hoy. Vivir por la justicia es amar el bien y buscar lo que está bien; ser una persona decente. Así, el mismo Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos nos da y nos dará vida a nosotros también.
El evangelio es de Juan 11,1-45 y narra la resurrección de Lázaro. Lázaro era hermano de María, la que ungió los pies de Jesús con perfume de nardo y los secó con sus cabellos. Y ambos eran hermanos de Marta, la que administraba la casa y se ocupaba de la buena marcha de las cosas. Parece que Jesús tenía una relación de amistad fuerte con ellos.
(No hay que confundir las distintas Marías: estaba (1) María, la hermana de Lázaro y Marta; (2) María Salomé, posible hermana de la Virgen María y madre de los hijos del Zebedeo; (3) María de Cleofás, también posible hermana de la Virgen María y madre de Santiago el Menor y de san Judas Tadeo; (4) María de Mágdala o la Magdalena, comerciante adinerada de la que Jesús expulsó siete demonios y fue la primer testigo de la Resurrección; (5) la mujer que le lavó los pies a Jesús con sus lágrimas y se los secó con sus cabellos de la que desconocemos el nombre; (6) la mujer sorprendida en adulterio que estuvo a punto de ser lapidada, cuyo nombre tampoco conocemos. Ellas y otras más fueron parte del grupo de mujeres que también siguieron a Jesús en su misión y luego fueron parte de la Iglesia en los primeros tiempos, en la comunidad de Jerusalén y en Galilea.)
Cuando Lázaro enferma de gravedad Marta y María, las hermanas de Lázaro, mandaron a buscar a Jesús para que lo curara. Pero Jesús deja que muera a propósito para que se muestre su divinidad con el milagro de su resurrección. Cuando Jesús le dice a sus seguidores que volverá a Betania (donde estaban las hermanas y Lázaro) es como decir que volverá a Jerusalén. Recordemos que Jesús realizó su misión en Galilea y en los territorios aledaños. También sabemos que predicó en Judea, es decir en el territorio más cercano a Jerusalén y el templo. Entonces tuvo que alejarse ante la hostilidad de los «judíos», los allegados a los escribas y fariseos y los asociados al Sanedrín y el templo. Todos saben que en Betania y Judea, en la cercanía del templo de Jerusalén, él correrá peligro y con él, sus discípulos también. Pero allá van todos. Dice el evangelio, «Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: “Vamos también nosotros y muramos con él”».
Cuando Jesús llega a Betania, Lázaro ya estaba muerto hacía cuatro días. «Tu hermano resucitará,» le dice Jesús a Marta. Ella lo interpreta en el sentido de que todos resucitaremos el día del Juicio Final (Daniel 12,2) y dice algo así como «Ya lo sé». Ahí entonces Jesús le aclara: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».
Ahí vemos la misma interpelación que se dio con la samaritana en el pozo y luego con el ciego curado de los domingos anteriores. Jesús la confronta y Marta tiene una experiencia de fe y confiesa su fe, «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Es la misma confesión de fe que hizo Pedro al reconocerlo como el Mesías (Mateo 16,16). Es la misma convicción intrigada de los discípulos como cuando Andrés va a buscar a Simón y le dice, "Hemos encontrado al Mesías" al comienzo del evangelio de Juan 1,41.
Es interesante que este encuentro y esta confesión es con Marta la hacendosa y no con María la contemplativa. Con todo es Marta la que unos versículos más adelante le recuerda a Jesús que Lázaro lleva cuatro días de enterrado y de seguro apesta. Jesús le dice, «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» Así, Jesús insiste en que abran la tumba, lo que de seguro requirió el esfuerzo de varios voluntarios, porque una piedra o losa cubría la entrada. Y entonces Jesús gritó con voz potente, «Lázaro, sal fuera». Y Lázaro salió, todavía con los vendajes en el cuerpo y el sudario o pañuelo de la cara, como una momia que se levanta. Aquí hemos de ver la dimensión de fe del milagro. Nos dice el evangelio que muchos judíos (fariseos) que estaban allí entonces creyeron en Jesús.
No soy experto, pero pensaría que "Lázaro sal fuera" en realidad fue, "Lázaro levántate". Tiene más sentido que en vez de que Lázaro "saliera", en realidad se sentó (se levantó), todavía con los pies y manos atados y el paño sobre el rostro. Porque a continuación Jesús ordena a que lo desaten ("Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar»").
Notar la manifestación de la divinidad de Jesús, lo que venimos viendo en todos los domingos de cuaresma.
Notar el reclamo del asentimiento de la fe en los últimos dos domingos y ahora en este domingo. Jesús no pide penitencia, ni azotarse, ni usar casulla de guitarra, ni condena a los pecadores, ni clama por una guerra santa contra los infieles. Jesús sólo pide reconocerlo al modo con que lo propondrá también san Pablo: cree en el Señor Jesús y serás salvo (Romanos 10,9). Así, en Juan 6,47: «En verdad, en verdad os digo: el que cree, tiene vida eterna».
Claro, se sobreentiende que la fe implica la conversión de vida, para ser una persona decente. Es lo que dirá Santiago en su epístola (2,17-18): "la fe, si no tiene obras, está realmente muerta. Y al contrario, alguno podrá decir: "¿Tú tienes fe?; pues yo tengo obras. Pruébame tu fe sin obras y yo te probaré por las obras mi fe".
Veamos algunas citas que se puede asociar a esta fe que se da con el encuentro con Dios en Jesús que ya vemos en el profeta Joel.
Joel 3,5 – Y sucederá que todo el que invoque el nombre de Yahveh será salvo
Juan 6,47 – En verdad, en verdad os digo: el que cree, tiene vida eterna.
Hechos 2,21 – 'Y todo el que invoque el nombre del Señor se salvará.'
Hechos 4,12 – Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos.
Hechos 16,29-32 – El carcelero pidió luz, entró de un salto y tembloroso se arrojó a los pies de Pablo y Silas, los sacó fuera y les dijo: "Señores, ¿qué tengo que hacer para salvarme?" Le respondieron: "Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa."
Romanos 10:9 – si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.
Gálatas 5,6 – Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión ni la incircuncisión tienen valor, sino solamente la fe que actúa por la caridad.
I Juan 4:15 – Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios.
En esa misma línea hay otras tantas citas en los evangelios y en el Nuevo Testamento. Como consecuencia espontánea y natural de esa fe o encuentro con Jesús derivan las buenas obras, el amor al prójimo. El amor auténtico lo describirá san Pablo en 1 Corintios 13,1-13. Invito al lector a verlo.
Es natural que le tengamos miedo a la muerte. Eso es producto también del instinto de supervivencia. Es algo instintivo, como el instinto sexual o las reacciones neurovegetativas del cuerpo. En el evangelio de hoy Jesús se echa llorar (Juan 11,35) espontáneamente cuando se dispone a ir al lugar donde está enterrado Lázaro. El miedo a la muerte y la tristeza ante el hecho de la muerte son reacciones naturales en nosotros.
Claro, hay que tenerle miedo también a la prolongación de la agonía que pueden provocar los médicos en los hospitales, no por malicia culpable, sino por miedo —también miedo de supervivencia— a los abogados y las leyes que pueden facilitarle el camino a familiares cegados por las emociones o la codicia y que pueden dar al traste con la vida profesional del médico. Entre tanto al paciente moribundo le alargan la agonía, a menudo sin necesidad.
Toca al cristiano ver más allá de esa circunstancia transitoria y verla como eso, como un paso transitorio necesario —una última purificación o purgatorio— para llegar al encuentro final y feliz con Jesús, la resurrección y la vida.
Invito a ver una presentación que preparé sobre este domingo, en YouTube (oprimir).

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