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Domingo de Ramos, Ciclo A - Año 2026

 


Con este domingo iniciamos la celebración de la Pascua del Señor este año. La celebración de la Pascua es la celebración de nuestra liberación. Los judíos, al celebrar la Pascua, celebran su liberación de la esclavitud de Egipto. Los cristianos celebramos la liberación de la esclavitud al pecado y la muerte. Por eso la Pascua tiene un sentido positivo, feliz, porque celebramos nuestra liberación.

 Sobre ese trasfondo podemos ver la entrada de Jesús en Jerusalén en la lectura del evangelio de hoy como nuestra entrada triunfante junto a él a la Jerusalén celestial. Caminamos, peregrinamos en este mundo; vamos camino a la Tierra Prometida y a la Jerusalén prometida donde ya no habrá llanto ni miserias, sino alegría sin fin en nuestra liberación final. Eso es posible gracias a que Dios se acordó de nosotros y se hizo humano en Jesús y Jesús murió por nosotros y nos enseñó el camino con su pasión y su cruz.


La primera lectura de hoy es de Isaías 50,4-7. Presenta al varón de dolores, al siervo sufriente que fiel y obediente a Dios no ofreció resistencia a los que lo ultrajaron y lo humillaron con golpes y salivazos. A pesar de las ofensas y los golpes tiene fe que Dios no defrauda a los que le temen y ayuda a los que le son fieles. 

El pasaje de esta primera lectura enlaza con otros textos que, comenzando con Isaías 42, representan a este Siervo elegido de Dios algo así como un profeta en quien Dios ha infundido su Espíritu: «Yo, Yahveh, te he llamado en justicia, te así de la mano, te formé, y te he destinado a ser alianza del pueblo y luz de las gentes, para abrir los ojos ciegos, para sacar del calabozo al preso, de la cárcel a los que viven en tinieblas» (Is 42,6-7)

A esa figura enlaza la profecía, «Te voy a poner por luz de las gentes, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra» (Is 49,6). Esto ya implica una ampliación de la misión del Siervo, más allá de los confines de Israel. Su misión ahora irá dirigida al mundo entero.

Y también los versos del Siervo anuncian un fracaso seguido de un triunfo final. Esto es lo que anuncia la lectura de hoy (Is 50,7) al afirmar que Dios no defrauda. Es lo que dice a continuación en Isaías 50,8-9. «Cerca está el que me justifica: ¿quién disputará conmigo? Presentémonos juntos: ¿quién es mi demandante? ¡que se llegue a mí! He aquí que el Señor Yahveh me ayuda: ¿quién me condenará?».

En Isaías 53,11 el Siervo no sufre a causa de sus pecados, sino por asumir sobre su persona nuestros pecados: «Por su conocimiento justificará mi Siervo a muchos y las culpas de ellos él soportará».


Respondemos con salmo 21(22), el que Jesús recordó en la cruz: «Dios mío, Dios mío, porqué me has abandonado». El Siervo perseguido implora y alaba a Dios y lo predica a todos: «Los que teméis al Señor, alabadlo; linaje de Jacob, glorificadlo».


La segunda lectura es de Filipenses 2,6-11. Cristo Jesús, siendo divino, se rebajó y asumió nuestra condición humana a la manera con que uno libre se deja esclavizar. Se humilló y fue obediente al Padre hasta la muerte, aun la muerte en cruz. Por eso Dios lo exaltó, lo glorificó y lo puso por encima de todo. 

De esa manera Jesús nos mostró el camino al Padre, el camino de la sencillez sin pretensiones al servicio de los demás. 


En el evangelio de hoy escuchamos y leemos la narración de la pasión (los sufrimientos) y muerte en cruz de Nuestro Señor, según Mateo 26,14-27,66.  


Propongo a continuación unos comentarios sobre la profecía del Mesías. 

En el libro de Daniel 9 aparece el anuncio del Mesías. Daniel fue el que llegó a ocupar un puesto alto en Babilonia en los tiempos del Cautiverio, cuando Israel desapareció y Judá fue deportado y el templo fue arrasado. Gracias a su habilidad de interpretar sueños, llegó a ganarse la confianza del rey y de la corte. En el capítulo 9 nos dice que Daniel un día rezaba con mucha devoción por la restauración del reino de Israel. 

En Daniel 9,18 dice, «Inclina, Dios mío, tu oído y escucha. Abre tus ojos y mira nuestras ruinas y la ciudad sobre la cual se invoca tu nombre. No, no nos apoyamos en nuestras obras justas para derramar ante ti nuestras súplicas, sino en tus grandes misericordias». Notar que Daniel invoca la salvación (la restauración de Israel y la reconstrucción del templo) a nombre del mismo sentido de misericordia que Dios debe tener. 

Eso es lo que subrayará san Pablo en Romanos 3. Las culpas de nuestros pecados exigen castigo y así fue castigado el pueblo de Israel. Pero Daniel invoca el perdón, no porque tenga derecho al perdón, sino en base a la misericordia de Dios, al sentido de compasión de Dios. Daniel invoca, le pide a Dios que sea fiel a su promesa de salvación, algo así como un árabe regatea sabiendo que no tiene justificación, pero entonces apela al sentido de generosidad de su interlocutor. La función de la justicia pone en evidencia la infidelidad y el pecado del pecador. La función de la misericordia divina pone en evidencia la misma gloria de Dios. «Pero ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas…todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús» (Romanos 3,21-24).  

Entonces Dios envía al ángel Gabriel que le habla a Daniel y le dice (Daniel 9,25): «Entiende y comprende: Desde el instante en que salió la orden de volver a construir Jerusalén, hasta un Príncipe Mesías, siete semanas y sesenta y dos semanas, plaza y foso serán reconstruidos, pero en la angustia de los tiempos. Y después de las sesenta y dos semanas un mesías será suprimido. Y el pueblo de un príncipe que vendrá destruirá la ciudad y el santuario». Los cristianos interpretamos este pasaje en el sentido de que Dios se apiadó de su pueblo y les permitió volver a Judea y reconstruir el templo. Pero luego de un tiempo permitió que un mesías fuera suprimido y que un príncipe enemigo atacara y destruyera el templo. Fue lo que sucedió con Jesús y la destrucción del templo poco después. 

Decir Mesías equivalía también a rey de los judíos. La restauración de Israel implicaba la inauguración de un nuevo reino. Recordar que a Jesús se le aclama como «Hijo de David» y posiblemente así se le tomó a la entrada a Jerusalén que recordamos este domingo. Así, en la pasión lo revisten de una túnica púrpura que sólo los reyes usaban, para burlarse de él. 

No captaban todavía que el reino de Dios es un reino espiritual, del corazón. Recomiendo ver la nota al calce de la Biblia de Jerusalén a Mateo 3,2, el comentario a la predicación del Bautista, «Convertíos porque ha llegado el Reino de los cielos». 

Recordemos el testimonio de fe de María (la hermana de Lázaro) en el evangelio del domingo pasado: «Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo» (Juan 11,27). Esa es la misma fe a que nos anima el Espíritu ante Jesús derrotado, humillado. Así quedamos con María de Betania y con la Magdalena ante la piedra que tapa la tumba al final del evangelio de hoy, sabiendo que ese no es el final de esta historia. 


Invito a ver otros apuntes relacionados a este domingo:

En el amor al prójimo encontramos a Dios: oprimir aquí para verlo

Domingo de Ramos, año 2020: oprimir aquí.

Una presentación sobre este domingo, en YouTube: oprimir aquí.


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