El evangelio del cuarto domingo de cuaresma tiene como tema la curación milagrosa de un ciego de nacimiento y la ceguera de los fanáticos judíos para reconocer lo sucedido. Hoy también hay fanáticos católicos y evangélicos que no tienen la disposición necesaria para ver. Toca a cada uno preparar su ánimo repasando las propias ideas con sencillez y mente abierta y con temor y temblor (Filipenses 2,11), algo que puede ser apropiado en estos días de cuaresma, para que Dios pueda actuar en uno y así recibir la gracia de ver mejor.
La primera lectura narra la unción de David como futuro rey de Israel. Está tomada de 1 Samuel 16,1b.6-7.10-13a. Dios le dice a Samuel que tome un cuerno lleno de aceite y vaya a casa de Jesé para escoger el nuevo rey. Jesé le presenta uno a uno a sus hijos y cuando le traen a David el Señor le deja saber a Samuel que ese es el escogido. Samuel entonces derrama el aceite sobre su cabeza y desde aquel día el espíritu del Señor estuvo con David.
Valga recordar que en ese momento Saúl era el rey ungido de Israel. Pero Dios le retiró su favor. Dios entonces suscitó a David.
En esta primera lectura podemos fijarnos en Samuel, que se dejó llevar por la inspiración de Dios sin cuestionar. Los planes de Dios pueden ser opacos para nosotros, y lo que se pide de nosotros para «ver» es mantenernos en una actitud de escucha y sensibilidad a lo que Dios espera de nosotros. Esto no implica que seamos pasivos, mojigatos, sino prudentes y con iniciativa.
Respondemos con el salmo 22(23): «El Señor es mi pastor, nada me falta». Más adelante: «Aunque camine por cañadas oscuras nada temo, porque tú vas conmigo». Y finalmente, «Preparas una mesa ante mí…me unges la cabeza con perfume». En todas nuestras dificultades Dios siempre está con nosotros y dará alivio a nuestros afanes.
La segunda lectura es de Efesios 5,8-14. «Antes ustedes eran (estaban en) tinieblas pero ahora ustedes son luz por el Señor», dice san Pablo, «vivan (entonces) como hijos de la luz». Nos exhorta a no dejarnos llevar por las tinieblas, a no participar de las obras estériles de la oscuridad y a denunciarlas; «al denunciarlas, la luz las pone al descubierto y todo lo descubierto es luz». Caminemos hacia la luz. El que sigue a Jesús está ya en la luz.
El evangelio está tomado de Juan 9,1-41 y narra la curación de un ciego, de uno que sólo veía oscuridad y ahora podrá ver gracias a la luz. Lo cura en día sábado. Podemos ver tres temas aquí.
(a) La idea equivocada de que la ceguera y las enfermedades eran castigo del pecado. Entonces, curar era como blasfemar, ir contra la voluntad de Dios, el castigo de Dios. Todavía hoy día se puede pensar así. Tomarse una aspirina para el dolor de cabeza podría considerarse una blasfemia, al no aceptar la voluntad de Dios que nos envió el dolor de cabeza. Así piensan los fanáticos o los cortos de inteligencia y sentido común. Pero ya los profetas lo habían dicho, que no había que pensar que los hijos tienen que pagar por el pecado de los padres (Ezequiel 18,1-4.19-20; Jeremías 31,29-30). Algo así hemos de razonar al considerar los males personales o los males sociales o el asunto de la obediencia a los gobernantes injustos.
(b) La observancia del sábado y la falta de sentido común: porque Jesús curó en sábado. Había que observar el sábado al pie de la letra, según los fariseos (los judíos). Es lo que sucede hoy con los que toman la Biblia al pie de la letra o son fanáticos que quieren imponer esa interpretación rígida a los demás. Pasa lo mismo con el tema del aborto y la eutanasia entre los tradicionalistas y fundamentalistas. Es el problema de los «puros», tanto en política como en religión.
(c) El reconocimiento de Jesús: los fariseos no fueron capaces de reconocer a Jesús como Mesías, como enviado de Dios, como divino, al modo con que se reveló antes en el Bautismo y luego en la Transfiguración y ahora en los milagros, como en la curación del ciego. Los fariseos (los judíos) interrogan al ciego que ahora ve y tratan de negar el milagro. No pueden ver el milagro, ni tampoco a Jesús como Hijo de Dios, a diferencia de la samaritana en el pozo como el domingo pasado.
Vemos en todo esto la misión de Jesús. «Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos», dice hacia el final del pasaje de hoy. Jesús declara la condena de los que como los fariseos se creen que ven, pero en realidad no ven. Los tales se condenan por sí mismos.
La cuaresma puede ser tiempo para practicar la crítica de uno mismo, el examen de las propias ideas e interpretaciones, a la búsqueda de ver las cosas como Dios las ve sin pretensiones farisaicas. Roguemos a Dios que nos ilumine y nos permita ver.
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En la primera lectura de hoy vemos que Dios se escoge al que va a ser el rey. Dios ve lo que nosotros no vemos. Y da autoridad al que quiere. Nos toca a nosotros llegar a reconocer la voluntad de Dios. ¿Qué hacer cuando el que tiene autoridad se pervierte? ¿Cómo ver o leer la situación para entonces saber qué hacer?
En estos tiempos difíciles sabemos cómo se vieron los cristianos que se encontraron frente a las fuerzas de los emperadores romanos y la persecución de los paganos.
No nos toca combatir el mal con el mal. Como cristianos nos toca amar al prójimo, amar al que se presenta como un enemigo con la amenaza de imponerse y obligar a hacer el mal. Jesús nos exhortó a amar a nuestros enemigos y a rogar por los que nos persigan (Mateo 5,44). Nuestra resistencia no va a ir encaminada a imponer nuestra propia voluntad, sino la conversión de corazón del que va cegado por el poder y la autoridad. Nuestra actitud no ha de ser de confrontación o guerra, sino de diálogo.
Ya desde el 2018 los nacionalistas cristianos de Estados Unidos, en un pronunciamiento político para justificar lo que el gobierno pagano de Trump hacía, invocaron a Filipenses 13,1 («Sométanse todos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas»).
Roguemos a Dios Nuestro Señor que nos ilumine el corazón y la mente para que podamos ver bien de qué se trata en este asunto de estar sometidos a las autoridades establecidas. Como el ciego imploramos que podamos ver, que podamos ver cuál es la voluntad de Dios.
Nos podemos imaginar cómo vieron esa cita de someterse a las autoridades los cristianos de los primeros siglos, confrontados con los edictos imperiales y la imposición de cultos idolátricos. Ellos también se habrán preguntado cómo conciliar el amor al prójimo y el respeto a las autoridades dentro de este escenario en que se nos pide estar callados ante las injusticias y la maldad.
Sabemos de tantos soldados cristianos que se negaron a acatar las órdenes de sus oficiales y superiores, como los cuarenta mártires de Sebaste.
Ese fue el mismo dilema que se dio cuando en los siglos 17 y 18 se argumentó por el derecho divino de los reyes en contra de los intereses (cristianos) del pueblo. Los caprichos de los reyes serían la voluntad de Dios. El texto de Romanos 13 se utilizó también para justificar la esclavitud, qué no se diga del sometimiento de las mujeres a sus maridos en nuestros días. Ahí también el caso trágico de los grupos sectarios católicos como a veces ha sucedido en el Opus Dei y los Legionarios de Cristo y el grupo del Sodalicio hoy desautorizado por el Vaticano, que a nombre de la santa obediencia han hecho tanto daño, al punto de rayar en lo diabólico. Véase el caso reciente de las Hijas del Amor Misericordioso (oprimir, si interesa), tan lamentable.
Nos podemos imaginar la respuesta cristiana a las autoridades establecidas, la misma de Jesús mismo ante el Sanedrín y ante Pilato. Es la que representó en el siglo 20 el testimonio de la resistencia pacífica de Ghandi y de Martin Luther King. Los cristianos estamos llamados a la postura del pacifismo.
Uno no tiene que combatir el mal con el mal. Uno no tiene que jugar el juego sucio de la política. Baste dar el testimonio de la verdad y lo demás sigue por añadidura, en que el mismo martirio (desde el sufrimiento más simple hasta la tortura y la muerte) es también testimonio de amor al prójimo.
Es cierto que Dios no pide el martirio, ni quiere el martirio. Es lo que vemos en la Oración de Jesús en el huerto. El martirio es producto de la ceguera humana. El martirio es asunto de los humanos intolerantes y en la medida que el cristiano pueda evitarlo, no hay que buscarlo. Pero una vez se da, está claro que los discípulos no somos superiores al maestro, le seguimos hasta la cruz. Sabemos que eventualmente puede más el amor que el odio; el bien prevalecerá.
En los tiempos modernos y al calor de la disputa política desarrollamos la idea de la soberanía popular, algo que derivó del movimiento conciliarista del siglo 14 y 15 cuando se afirmó la autoridad de los concilios (bajo la inspiración del Espíritu) sobre los mismos papas. Así fue que nació la idea moderna de que la autoridad de los gobernantes no deriva de Dios, sino de la voluntad popular. Pero notar el contexto del conciliarismo: la autoridad deriva de los concilios porque el Espíritu Santo actúa en medio de su pueblo. Es lo que algunos tradicionalistas no quieren ver, que el Concilio Vaticano II es parte de la tradición de la Iglesia. También podemos adelantar que la voluntad popular en política deriva de la acción del Espíritu entre nosotros. ¿Qué puede querer el pueblo si no es el bien común?
Pero sabemos que en la práctica los humanos somos egoístas y nos cegamos y de igual manera que los reyes pueden ser caprichosos, también el pueblo puede ser caprichoso y puede andar confundido y entre tanto los cristianos de buena voluntad pueden ser víctimas de esas confusiones y esos caprichos. De ahí el llamado a practicar la prudencia al modo cristiano, al modo de un pensamiento crítico que busca dejarse iluminar por el Espíritu.
Esto de buscar ver lo que es la voluntad de Dios en medio de nuestras dificultades también lo podemos aplicar a esos matrimonios en que las esposas sufren a manos de sus maridos. La situación inversa se puede dar también, la de los esposos sufridos a manos de sus esposas. Dios no pide un sacrificio ciego y es legítimo buscar la separación de la pareja. Es legítimo buscar los medios para que el otro, la otra, caiga en tiempo, entienda, vea el camino del bien. Esos medios deben ir también inspirados por el amor, no por el odio. De lo contrario mejor es la separación.
El problema también se da cuando no hay a dónde ir. Los alemanes perseguidos de la época de Hitler podían emigrar a Inglaterra, a Estados Unidos, a Brasil o Argentina. Hoy la emigración es difícil y no hay tantos países a donde ir para alejarse de los gobiernos intolerantes, paganos, violentos. Entendemos mejor aquellos cristianos de los primeros siglos que les pareció que la única alternativa era retirarse a las cuevas del desierto. Eso puede ser vocación para algunos, pero no para todos.
El lector puede continuar estas reflexiones.
Invito a ver de mis apuntes de años anteriores (oprimir sobre la fecha):
—sobre la cuaresma como tal, del 2017;
—sobre este domingo, 2020 y también 2023;
—igual, una presentación en YouTube.

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