En este tercer domingo pasamos al tema de la Nueva Alianza, la nueva dispensación representada por Jesús, la Alianza del corazón.
La Nueva Alianza ya no es la de la Ley y las prácticas externas y los sacrificios en el templo (Jeremías 31,31). Es la Alianza del corazón en cada uno, en que cada uno reconoce la verdad y reconoce a Dios y le adora con el corazón, lo que lleva a las buenas obras.
En la práctica esto también se traduce a la vida en el sacramento de la comunidad cristiana como en la parroquia o la iglesia particular. La comunidad cristiana es sacramento de nuestra vida de fe. La comunidad cristiana es signo y realización de nuestra fe, de la misma manera que la Iglesia es el sacramento de nuestro encuentro con Dios. Uno no se bautiza a nombre de unas verdades filosóficas y abstractas, sino a base del encuentro con Jesús, como lo subrayó papa Benedicto XVI en su encíclica Deus Caritas Est, §1. Al final de estos párrafos hay un enlace al sitio del Vaticano para ver este documento. También hay un enlace sobre la comunidad cristiana en cuaresma.
En el evangelio de hoy vemos el episodio de la samaritana en el pozo. Jesús llega con sus discípulos a un pozo en una aldea de Samaría y tiene sed y le pide agua a una samaritana, cuando él es el agua viva enviada por Dios. Es una lectura extensa con muchos puntos para reflexionar.
Las reflexiones que siguen son muchas y son eso, reflexiones, puntos para pensar y para seguir pensando.
La primera lectura está tomada del Éxodo 17,3-7. El pueblo hebreo en el desierto no encuentra agua ni para beber, ni para el ganado, ni para sus necesidades. Como es natural, se quejan y Dios los escucha. Le indica a Moisés que pase a la roca de Horeb y allí golpee con el bastón la piedra de donde saldrá agua. Así sucede. El milagro le deja saber al pueblo, es un signo, de que Dios está con ellos.
Podemos ver en la roca a Dios, nuestra ancla (salmo18,3). El agua puede verse como símbolo de la eucaristía también, el alimento que da vida (1 Corintios 10,4), como señala la nota al calce de la Biblia de Jerusalén que refiere a Éxodo 17,8. También se ha visto como símbolo del bautismo, pero mayormente se ha visto como símbolo de la vida. Donde hay agua, hay vida.
Respondemos a la primera lectura con versículos del salmo 94. «Ojalá escuchen hoy su voz», nos exhorta el salmista, de manera que no seamos como los hebreos que protestaron y pidieron signos porque no estaban seguros de que Dios estuviera con ellos. «Entren, postrémonos por tierra,» nos exhorta el salmo, «bendiciendo al Señor nuestro creador». Bendecimos a Dios en toda su creación, de la que nosotros somos parte integral. Como parte de la creación glorificamos al creador.
La segunda lectura es de la carta de san Pablo, Romanos 5,1-2.5-8. «Habiendo sido justificados en virtud de la fe, estamos en paz con Dios,» nos dice. Por eso «nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios». Esto es: (1) sabemos que somos pecadores; (2) pero confiamos en Dios que nos ama y nos acepta y nos promete la gloria; (3) eso es posible gracias a la encarnación, muerte y resurrección de Jesús. Él murió por nosotros y por él llegaremos a la vida eterna. «La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones,» dice Pablo. Ese amor es el agua viva que Jesús nos ofrece.
El evangelio está tomado de Juan 4,5-42. Es un pasaje extenso. Jesús llega con sus discípulos a una aldea de Samaría llamada Sicar y se sienta junto al llamado pozo de Jacob que estaba allí. Llega una mujer a sacar agua del pozo y Jesús le pide que le dé de beber.
¿No podría Jesús haber sacado agua por su cuenta? ¿Sería cosa de machismo patriarcal o de costumbres de la época? Pronto veremos que no tenía cubo para sacar agua, por eso dependía de que alguien con un cubo se la sacara, como la chica que llegó a buscar agua con su propio cubo.
Judíos y samaritanos no se pueden ver hasta el día de hoy. Así, la chica pregunta, «¿Cómo tú, siendo judío me pides agua a mi, una samaritana?»
Jesús le dice, «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice ‘dame de beber’, le pedirías tú, y él te daría agua viva».
Imagínese usted que alguien le sale con esa contestación. Con todo, la mujer le sigue la corriente. «¿De dónde sacas tú esa agua viva, si no tienes cubo y el pozo es hondo?», le dice.
Jesús sigue, «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».
¿Cosa de locos? ¿Qué es esa agua que se convierte dentro de nosotros en un surtidor que salta hasta la vida eterna?
Jesús es el pan de vida y el agua de vida. Es el alimento, él mismo. Nos alimenta con su Palabra en las Escrituras y con su persona. En el encuentro con él bebemos el agua de vida eterna.
¿El agua está para mirarla? No; está para beberla. ¿El amado está para mirarlo? No. El amor, como la vida, no es algo estático. Es dinámico, está en continuo movimiento, como las aguas de un río. El amor no es una cosa, sino una relación.
La realidad no es estática. Es dinámica. Dios no es una cosa ni tiene sentido que aspiremos a ser cosas. Seremos como surtidores de agua en la vida eterna, en un dinamismo eterno.
«Señor, dame de esa agua,» dice ella. Quién sabe estaba pensando en agua material, la del pozo para ella y los animales. Quién sabe le estaba siguiendo la corriente al loco.
Entonces Jesús le revela que sabe de su vida privada y ahí ella lo reconoce como un profeta, un hombre de Dios. Pero es un profeta judío y los samaritanos no creen en dar culto en Jerusalén. Para los efectos le dice, «No puedo seguirte porque los samaritanos no damos culto con ustedes allá en tu tierra».
Jesús le dice, «se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad».
Ahí vemos cómo con Jesús el judaísmo se convierte en judeocristianismo, con dimensión universal.
La mujer entonces se va a anunciarle a su gente que había encontrado al que podía ser el Mesías.
En esto los discípulos vuelven y le instan a que coma. Jesús les dice, «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió». Ese es el alimento también de todo cristiano, hacer la voluntad del Padre, que es predicar el bien, hacer el bien a los demás, anunciar nosotros también la llegada del Reino de los cielos.
Al final la mujer vuelve con otros samaritanos y Jesús se queda con ellos dos días y todos le reconocen como el Salvador del mundo.
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Un paréntesis antes de pasar a las reflexiones sobre las lecturas de hoy:
—Recordemos que «penitencia» equivale a «conversión» del corazón y de prácticas. El ayuno y la abstinencia de por sí no tienen valor sin la conversión de corazón. Ayuno y abstinencia son medios y no fines. No tienen valor propio excepto como expresión de la conversión del corazón. Qué tal hacer del ayuno un medio para facilitar la limosna.
—Un proyecto de cuaresma dentro del tema de la conversión personal puede ser el cultivar la sospecha sobre las propias convicciones, sobre todo en nuestras opiniones sobre los demás. No lo propongo con un enfoque sobre las opiniones mismas, ni sobre los demás como tal. Propongo el enfoque sobre la misma convicción equivocada de que no soy capaz de equivocarme y no soy capaz de hacer el mal o causar el mal, hasta sin querer. Porque nosotros también podemos equivocarnos y provocar el mal.
Al pensar la posibilidad de que yo también puedo equivocarme y hacer lo que no se debe hacer es posible la compasión y la comprensión. También podemos pensar en cómo sin querer hicimos daño, o podemos hacer daño en el futuro.
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En el evangelio de hoy Jesús anuncia el culto a Dios sin templo y en espíritu y en verdad. También dice que su alimento es hacer la voluntad del Padre. Nuestro alimento también es la Escritura (la historia de la salvación, la manera con que Dios nos habla) y la obediencia al Padre.
En los primeros siglos los cristianos adoraron al modo del culto de la sinagoga. Pero entonces se olvidaron del encuentro con Dios en el seno de la comunidad y comenzaron a delimitar unos espacios sagrados, como los paganos, donde irían a encontrarse con Dios a través de rituales siguiendo el modelo de los cultos paganos, o con la mentalidad de los cultos paganos o del mismo culto judío del templo de Jerusalén, que ya no existía.
No es fácil rendir un culto a Dios sin templo y sin apoyos externos. Tenemos una inclinación natural al fariseísmo, más por debilidad que por malicia. Nuestra mente no ve claro porque no es fácil descubrir a Dios junto a nosotros sin manifestaciones materiales. Nos pasa como a los hebreos con sed en medio del desierto. Eso explica las murmuraciones, críticas, farfulleos, quejas de los israelitas en el desierto (Éxodo 16). Dios les indicaba el camino, pero ellos no veían claro. Nosotros también necesitamos consuelos materiales.
A la manera con que Jesús indicó que los templos no son necesarios, Jesús le dijo a los discípulos, «No hay que preocuparse por el día de mañana» (Lucas 12,22-31). Pero en la práctica eso no es fácil. Algunos, como san Francisco, se abandonaron totalmente a la providencia de Dios. Pero los franciscanos y las clarisas que vinieron después han interpretado de diversos modos eso de abandonarse totalmente a la providencia de Dios, qué no se diga del común de los cristianos.
Así es como terminamos en templos y prácticas que se convirtieron en fetichismos litúrgicos (estoy pensando en los tradicionalistas católicos con sus obsesiones y su oposición a las propuestas del Concilio Vaticano II). Lo vemos en el fomento de las devociones populares a causa de la ansiedad por asegurarse atraer feligreses y la dificultad de visualizar a Dios sin las muletas y apoyos de los consuelos materiales y emocionales. Deriva de la misma dificultad de confiarse en Dios en medio del desierto cuando uno necesita pan, o necesita sentido de autoestima (que puede llevar a la vanidad) y sentido de control sobre la propia vida (que puede llevar a querer ser parte de un gran imperio). Así fue como terminamos con unas iglesias institucionales; lo mismo, con la cultura clerical producto de una mayor preocupación por el poder que por la predicación del evangelio.
En las lecturas de hoy recordamos que Dios es espíritu y se le adora en espíritu y en verdad. Eso se interpretó de manera subjetiva y personal en la zona histórica de la modernidad, pero en el siglo veinte llegamos a la posmodernidad y también interpretamos eso en el sentido de la vivencia de la fe en el sacramento de la comunidad cristiana.
Por algo el Concilio Vaticano II inauguró un tiempo en que se marginaron ciertas prácticas como la bendición con el Santísimo, la proliferación de estatuas y tantas otras devociones que a la postre son cosa de beatos. Es que La beatería católica raya en la idolatría. Entre tanto es cierto que el pueblo responde muy bien a las prácticas beatas externas. Esto es así también en nuestra cultura caribeña del vudú y la santería.
Al que está pensando al modo de «likes» y de seguidores y número de fieles en las actividades en el templo tiene sentido fomentar la beatería. Cierto, que es un modo de atraer las personas a Dios, mediante las prácticas externas y los rituales y las devociones. Hay más de un camino para llegar a Dios y Dios actúa en medio de nosotros de muchas maneras. Pero ni tanto…
No perdamos de vista que las prácticas devotas que pueden rayar en la idolatría, que pueden ser beaterías, en realidad deben ser una etapa que debe llevar a una etapa superior en el encuentro con Dios. La liturgia debe expresar eso, en la elocuencia de su discreción, sobriedad y sencillez.
Si un viacrucis de cuaresma no lleva al amor al prójimo, puede quedarse en un lamer de las propias heridas o una obsesión malsana con la propia culpabilidad. Igual, puede ser algo folclórico (también para los mismos devotos que participan) y aun un espectáculo para turistas. No vemos lo que está ahí: Dios pareció abandonar a Jesús a su suerte, de la misma manera que parece abandonar a los huérfanos de Gaza y a las víctimas de las bombas en Teherán ahora mismo. Pero Jesús nos enseñó a manejar eso: es la voluntad de Dios y Dios tiene un plan salvífico que se cumple en la práctica del amor.
Una de las grandes blasfemias en estos días se ha dado cuando los evangélicos ultra nacionalistas de Estados Unidos han justificado la guerra (con la muerte y sufrimiento de tantas víctimas inocentes) a nombre de la Biblia. Reproducen la actuación farisaica de la condena a muerte de Jesús.
Cuando uno ama, uno se olvida de sí mismo y no tiene afán por criticar, condenar, juzgar (algo que tanto gusta a los tradicionalistas católicos). Cuando uno ama, no tiene afán de llevar al otro a hacer lo que uno quiere que haga. El amor respeta la libertad de cada uno. El amor invita, no obliga, no impone. El amor lleva a dar la vida hasta por el que no se lo merece, mientras hace todo lo posible para que el que vive en el pecado salga de esa situación. Ese esfuerzo ha de darse con amor.
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Es imposible captar la totalidad de la realidad; es imposible ver las cosas como Dios las ve; hay que tener humildad de reconocer que nuestro saber es limitado. Aun anclándonos en las Escrituras y en la persona de Jesús, nuestro saber es frágil e incompleto. Por eso no tiene sentido juzgar basándose en absolutos. No tiene sentido obsesionarse con las propias verdades.
La verdad cristiana no es de tipo filosófica o platónica, sino bíblica.
La fe cristiana no es asunto de verdades, sino de la vida en el amor de Dios, porque Dios es amor. Esa es el agua que salta a la vida eterna.
Digo yo; me parece.
Invito a ver y reflexionar yendo a los siguientes enlaces, algunos extensos:
Mis apuntes del 2020 (oprimir).
Unos apuntes sobre La comunidad cristiana en cuaresma
Deus Caritas Est, encíclica del papa Benedicto XVI.
Unos apuntes sobre El ayuno cuaresmal
…y sobre El ayuno cuaresmal, Parte 2 (más interesantes que la primera versión)
Una presentación en YouTube de 16 minutos: oprimir aquí

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