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Cristianos y economía

Representantes de GM y las uniones se dan la mano
luego de aprobar unas medidas en que ambas partes
cedieron para que la compañía no se fuera a la quiebra.



Con el paso del tiempo va quedando en el olvido la historia de cómo se establecieron las repúblicas comunistas de corte estalinista en países como Polonia, Hungría, etc. Se va olvidando lo que al comienzo significó grandes esperanzas para muchos y de cómo se fue dando el desengaño, casi siempre de inmediato, apenas unos meses después de establecidos estos gobiernos. 

En todos estos países los gobiernos le declararon la guerra a la iglesia católica, y también a las demás iglesias cristianas. En Hungría arrestaron y torturaron al cardenal Midszenty y lo mismo hicieron en Polonia, con el cardenal Wyszyński. También arrestaron y torturaron a muchos de los líderes más populares, igual que a los líderes de la actividad cultural y académica. En casi todos los casos, incluyendo en el de los cardenales, se les obligó a firmar declaraciones y a aparecer en público repudiando sus posiciones burguesas y anti obreras mientras alababan la nueva era socialista. Fue obvio para todos que sólo podían hacer esto después de unas sesiones de torturas.

Se cuenta que al segundo y tercer año de este régimen los mismos campesinos ya entendieron que los nuevos gobiernos no sabían ni jota de la economía y que sus medidas eran un verdadero veneno para al bienestar económico, aun para la misma supervivencia. Las medidas del gobierno sólo terminaban en el hambre y la pobreza. Por eso en muchos casos rechazaron a los representantes del gobierno, cuando venían a anunciar la expropiación de las tierras para pasarlas a la gestión colectiva de los campesinos. En teoría era bonito, esto que la tierra fuera de todos como un colectivo, pero en la práctica ya sabían que esto sólo significaba el fracaso de las cosechas. Lo sabían porque estaban enterados de lo que sucedió con los campesinos rusos cuando también se impuso la colectivización en los años anteriores.

Como en Cuba, que el anuncio de un futuro prometedor para el pueblo terminó en el hambre y la escasez y el miedo constante a ser delatado por los espías del gobierno, así ya sucedió en los países de Europa del este. En ese contexto el cristianismo, y en particular el catolicismo, fue un símbolo de la resistencia popular, un referente de agrupación solidaria patriótica contra la imposición de unas ideas descabelladas (a pesar de su atractivo romántico).

Ya lo dijo Albert Camus en boca de uno de sus personajes: uno comienza predicando la revolución y termina luego organizando una policía secreta. 

Así es como uno entiende el hecho de que el Vaticano nunca vio con buenos ojos aquello del movimiento de “cristianos por el socialismo”, sobre todo en la época del papa Juan Pablo II, el papa polaco.

Más de uno ha dicho que no es lo mismo el comunismo que conoció el papa en Polonia y el “socialismo del siglo 21” en que se pretende algo diferente en otro contexto diferente. Mas sin embargo no se ve aclarado en lugar alguno cuál es la diferencia entre las pretensiones del socialismo liberador del siglo 21 y el tinglado ideológico que justificó los abusos y disparates de las repúblicas estalinistas de Europa del este.

Esto no significa que debamos movernos hacia el respaldo ciego, incondicional, al capitalismo crudo. Para el cristiano el capitalismo crudo es inadmisible, cierto, tanto como el socialismo crudo o el dirigismo del estado. Esta consideración ya nos debiera orientar a ensayar otros modos de visualizar la actividad económica.

Lo que sucede es que en el campo de la economía estamos al nivel de la medicina medieval. Por lo pronto sólo podemos trabajar con los síntomas mientras tratamos de adivinar las causas. Pero algo está claro, que la economía es una realidad con sus propias leyes, no importa las ideas que pretendamos imponerle. Si no comenzamos por ahí, nunca saldremos de los delirios de las soluciones románticas que luego producen tan nefastos resultados.

Por eso esto significa dejar de tomar como una mala palabra los términos de “neoliberalismo” y “globalización”. La globalización es una realidad, no una ideología. El neoliberalismo no es una panacea, pero es lo único que ha demostrado ir de acuerdo con el orden de las cosas, de la realidad. Cierto, que hay que sustituirlo, pero con juicio, con sobriedad, y sin pretender que la realidad se comporte como a nosotros nos dé la gana. Cuando intentamos imponerle nuestra voluntad a la realidad, terminamos en desastres, inclusive en el campo de la ecología.

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