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Miércoles de cenizas



A continuación, unas reflexiones de uno que no es un experto. Pueden haber “herejías” y “desviaciones” e inexactitudes, malas interpretaciones y una variedad de puntos desenfocados. 
Estos párrafos no son una predicación. No son una exposición de doctrina. Son un compartir. No están escritos mirando de frente al lector. Están dirigidos a observar y pensar con el lector. Son como un pensar en voz alta.
La idea es meditar en oración sobre los puntos, los hitos, del año litúrgico, según vamos pasando por este camino. Pero a la manera de un cristiano que piensa críticamente, siempre dentro de la perspectiva de la fe, desde el eje en que estamos anclados, que es nuestra vida en Cristo.

La cuaresma se originó con el periodo de preparación de los catecúmenos que serían bautizados en las ceremonias de la vigilia pascual.

No hay evidencia de la duración exacta de este tiempo de preparación, aunque sí suponemos que la Pascua fue celebrada desde los primerísimos tiempos del cristianismo. Uno puede pensar que sí se celebraba la Pascua, pero no se requería necesariamente el catecumenado. 
En el libro de los Hechos de los Apóstoles y en los mismos evangelios no se requiere ese tiempo de preparación. Así en Hechos: "Cree en el Señor Jesús y serás salvo" (Hechos 13:39; 16:30-32) y en el evangelio de San Juan: "Ciertamente les aseguro que el que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna y no será juzgado, sino que ha pasado de la muerte a la vida" (Juan 5:24). En estas citas no se añade algo así como, “y se bautice”. 
En los evangelios Jesús no pone como requisito tener que bautizarse. Se ha podido establecer que el final del evangelio de San Marcos fue algo añadido posteriormente.
Quién sabe si bajo influencia de los discípulos de Juan Bautista, se incluyó la ceremonia del bautismo como rito de iniciación para los nuevos conversos. Con el tiempo, quizás unas décadas, quizás una centuria, debió aparecer el proceso del catecumenado, que pronto se ubicó en el contexto de la sociedad bizantina como una "clase" dentro de la jerarquía de clases y categorías en la Iglesia. Cuanto el cristianismo triunfa con Constantino en el 314 AD, la nueva arquitectura de los templos cristianos ubicará a los catecúmenos en el vestíbulo del templo y en más de un caso el baptisterio ocupará una edificación independiente del templo principal.
(En ese contexto hoy día tiene más sentido ubicar el baptisterio a la entrada del templo en armonía con la arquitectura de las primeras basílicas cristianas. Aparte de eso, es una manera de simbolizar mejor la entrada a la asamblea de los santos. Bautizar a alguien, sea adulto, sea bebé, no debe ser una ceremonia privada en una capilla aparte; debe ser ceremonia pública, ceremonia de toda la comunidad.)
Así, el bautismo en los primeros tiempos se identificará como un rito de iniciación, análogo al proceso de iniciación a los misterios gnósticos con los que el cristianismo competía. De igual modo que aquel cristianismo de siglo 2, 3 y 4 fue reflejando los estamentos jerárquicos de la sociedad en que se movía, así también fue duplicando ideas o detalles (también sin querer) de los movimientos religiosos y místicos a los que se oponía y a los que eventualmente desplazó.
Con el triunfo definitivo del cristianismo también surgió una interrogante: ¿Debían reinstalarse en sus puestos a los obispos traidores que bajo la presión de las persecuciones habían renegado de su fe y hasta habían entregado los libros sagrados para ser quemados? 
Algunos sentían indignación y entendían que los cristianos traidores no merecían perdón de Dios (como San Ciprián en Cártago) mientras otros, como San Agustín, reconocieron la debilidad de los humanos y abogaron por la reconciliación y la conversión de vida junto a la penitencia. Aquí penitencia se entendería como un sufrir que sustituiría las penas del martirio que no se sufrió. Quién sabe si aquí fue cuando “penitencia” dejó de significar “cambio de parecer”, “cambio en el estilo de vivir” para pasar a ser “castigo”.
De ese modo el tiempo preparatorio para el bautismo en la Pascua comenzó a adquirir el cariz de un tiempo de reconciliación y “penitencia”. Pronto se invocaron los cuarenta días de ayuno de Jesús en el desierto y de esa manera se acordaron cuarenta días de ayuno, primero para los penitentes (que se vestían de saco y se echaban cenizas sobre la cabeza, a la usanza del Viejo Testamento) y eventualmente, para todos -- excepto los domingos. 
El domingo siempre era el día de la "pequeña Pascua", de la conmemoración del hecho central de la fe cristiana, la resurrección de Jesús. Con el Concilio Vaticano Segundo y el movimiento litúrgico de la primera mitad del siglo veinte se rescató esta idea que ahora conservamos.
Entonces para compensar por los cuatro domingos de cuaresma en que no se ayunaba ni se hacía penitencia para celebrar la pequeña Pascua semanal, se acordó comenzar la cuaresma el miércoles anterior al primer domingo, de modo que se cumplieran cuatro días de ayuno complementario entre ese miércoles y el domingo. Había que imitar los cuarenta días de Jesús en el desierto “al pie de la letra”.


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