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Domingo de la Ascensión



La primera lectura corresponde a Hechos 1,1-11. En esos breves versículos se narra la subida de Jesús al cielo, la ascensión. Jesús pasa cuarenta días con sus discípulos y termina dando instrucciones a sus apóstoles antes de partir. Los apóstoles son los que él escogió “movido por el Espíritu”. Compartiendo con ellos en una cena les dice que no salgan de Jerusalén hasta que sean bautizados con el Espíritu. Los discípulos le rodean y le preguntan si ha llegado el momento de la restauración del reino de David, el reino de Israel. Jesús les contesta que eso sucederá cuando el Padre así lo disponga. Entonces les anuncia que al recibir el Espíritu Santo tendrán la fuerza para salir a dar testimonio. A continuación se eleva a la vista de todos, hasta que una nube se los quita de la vista y ellos se quedan mirando al cielo. 
Se nota que aquí hay composición cuando la narración salta de una cena, a los apóstoles mirando al cielo.
La encomienda de Jesús aquí es la de ser sus testigos, luego de haberles hablado del reino de Dios. No hay mención de ir a bautizar con agua, ni de la Santísima Trinidad. Menciona que recibirán el bautismo del Espíritu para tener la fuerza de salir a dar testimonio.

El salmo responsorial canta versículos del salmo 46: Dios asciende entre aclamaciones. Unámonos nosotros también con nuestras alabanzas.

La segunda lectura corresponde al comienzo de la epístola de San Pablo a los Efesios 1,17-23. En su saludo Pablo evoca una bendición pidiendo que Dios conceda el espíritu de sabiduría y revelación para conocerle. Que su Espíritu nos ilumine para reconocer lo que nos ofrece y el tan gran poder con que resucitó a Cristo y lo sentó a su derecha en el cielo, por encima de todo lo que existe. Todo lo puso a sus pies y después, con él, puso a la Iglesia como su cuerpo siendo él la cabeza. Así los miembros de la Iglesia son miembros del cuerpo de Cristo, “Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos.”

Una segunda lectura alterna disponible para este día corresponde a la epístola a los Hebreos 9,24-28;10,19-23. Cristo entró en el cielo para ponerse ante Dios como nuestro intercesor. No es que se ofrece muchas veces, como lo hacían los sacerdotes hebreos en el santuario llevando sangre de animales. Cristo padeció una sola vez y ese sacrificio bastó para quitar los pecados. Retornará, no a condenar, sino a salvar a los que le esperan. Por eso acerquémonos al santuario contando con el camino nuevo inaugurado por él, gran sacerdote, firmes en la esperanza porque es fiel quien hizo la promesa. 
Es posible que el santuario a que se refiere la lectura es el templo de Jerusalén, lo que ubicaría esas palabras en la época de los primerísimos tiempos de la comunidad cristiana. Esto es una idea mía. 

La tercera lectura, el evangelio, corresponde a Lucas 24,45-53. Repite la misma narración de la primera lectura del libro de Hechos. Jesús le confirma a los discípulos que él ha cumplido lo que estaba escrito, que el Mesías habría de padecer y que luego resucitaría al tercer día y que luego “en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Y vosotros sois testigos de esto”. Les enviará, dice, “lo que mi Padre ha prometido”, en ese momento quedarán revestidos de la fuerza de lo alto. Después los lleva a Betania y allí se eleva al cielo ante sus ojos, mientras les bendecía. Ellos vuelven alegres a Jerusalén y se la pasan en el templo bendiciendo a Dios.

Aquí encontramos otra versión de la narración de la primera lectura. Una es complemento de la otra. En la primera hay un salto de estar en una cena a estar mirando al cielo; en la segunda, hay una transición, cuando Jesús los lleva a Betania, desde donde se eleva. En una habla de los apóstoles; en la otra, de los discípulos. 
En la primera lectura dice, “aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre” y luego al final de la oración añade, “seréis bautizados con el Espíritu”. La segunda lectura sólo menciona “lo que mi Padre ha prometido”. La segunda parte, la referencia al Espíritu en la primera lectura, pudo haber sido algo añadido, digo yo; pero no soy experto.
La primera lectura sólo menciona que después de la resurrección Jesús les habló del reino de Dios; que sus discípulos serían sus testigos. La predicación del reino de Dios es el meollo de los evangelios y por tanto repite lo establecido.
En la tercera lectura Jesús le confirma a los discípulos que lo que sucedió, la crucifixión, se dio en cumplimiento de la Escritura, lo mismo que vimos con los discípulos camino de Emaús. A esto añade que en nombre de Jesús se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Esto no va más allá de lo que predicó el Bautista, digo yo. Hasta se podría decir que esa fue la misión del Bautista, que ahora Jesús continuó. 
En la tercera lectura la promesa del Padre parece entenderse como la promesa del Espíritu Santo. De ahí que Pentecostés habrá de ser el día en que Dios se manifieste confirmando que su llegada está próxima.

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En cierto modo estas dos últimas semanas del tiempo de Pascua son una transición al tiempo Ordinario en el año litúrgico. La transición se prolonga con el domingo siguiente a Pentecostés, dedicado a la Santísima Trinidad. 
En realidad, siempre estamos en el Tiempo Ordinario. Desde nuestra cotidianidad celebramos cada domingo el misterio de nuestra fe. Cada ciclo noche-día, día-noche, semana-semana es un eterno repetir y desde esa repetición natural del planeta tierra celebramos el hecho de Dios con nosotros. 
Y todos los años volvemos a celebrar ese misterio a lo largo de los cambios de las estaciones, con el eterno repetir de la primavera, verano, otoño, invierno. De igual manera que vivimos al ritmo de las horas (hora de acostarse, hora de levantarse, hora de ir y volver a las tareas, hora de descansar) también seguimos al ritmo del día solar. Mes tras mes va pasando este día: desde la medianoche (21 de diciembre) al amanecer (21 de marzo); el mediodía (21 de junio); atardecer (21 de septiembre). 
Para nosotros el nuevo día comienza a la medianoche, igual que el año solar. En otras culturas el nuevo día comienza al atardecer, como los hebreos. Y en otros casos el nuevo día comienza al amanecer. Adviento y Cuaresma recuerdan tiempos en que uno u otro esquema prevalecía.
Dios sigue con nosotros, nos acompaña en nuestro caminar, en nuestra rutina diaria, semanal, mensual. 

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Desde la primera mitad del siglo 20 los estudiosos vieron que tanto el evangelio de Lucas, como Hechos de los apóstoles comienzan con el mismo estilo y ambos están dedicados a “Teófilo” (“amante de Dios”, en griego). Eso sugiere que ambos escritos provienen del mismo autor.
También es de pensar que hubo unas versiones primeras que luego fueron enriquecidas con revisiones y otros textos y pasajes añadidos. Es posible que en la narración de la Ascensión en la primera y segunda lectura de hoy hay un ejemplo de esto. 
Se nota que hay una narración que en el fondo es la misma en ambas versiones. En lo que difieren no denota necesariamente el capricho de alguna mano intencionada. Pueden ser los enfoques diversos (no distintos) que pueden darse cuando de testigos se trata, algo natural. 
El choque de dos autos no se ve exactamente igual desde la acera, desde la azotea, desde el asiento de atrás del pasajero. Son versiones diversas, pero no difieren sobre el hecho principal. Luego, cuando se sienten a la mesa el ajustador de seguros y el policía habrán variantes que hasta pueden ser encontradas sobre algo que sucedió en el pasado.
En las variantes de las lecturas de hoy no necesariamente tienen que haber motivaciones interesadas, como en el caso del ajustador del seguro. Si la Ascensión fue en Jerusalén o Betania, eso no era importante para los primeros cristianos. Eso no tiene peso en nuestra fe, no debe tenerlo.

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Jesús puede estar “allá arriba” y a la misma vez “acá abajo” con nosotros, entre nosotros.



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