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Domingo 30, Ciclo C, Tiempo Ordinario, año 2019



El evangelio de hoy nos propone la parábola del fariseo y el publicano.
Qué tal explorar una idea del equivalente de esa parábola hoy.
El publicano era como uno de esos sin-vergüenzas del gobierno que son unos impíos, es decir, que no temen a Dios, aun siendo hijos y sobrinos de pastores, como en el caso de Wanda Rolón. Son como Edwin Mundo, que sin muchos estudios, ni títulos académicos se agencian contratos jugosos y el pueblo que se fastidie. Son como los responsables de saquear el fondo de las pensiones de retiro, que ahora hay que recortar los pagos a los pensionados y ellos, como si no fuera con ellos. Nadie habla de exigirle a los saqueadores que paguen lo que ahora falta. No, es más fácil recortar los desembolsos mensuales a los pensionados.
El publicano es como los que sin trabajar mucho se fueron al retiro con pensiones jugosas: esos que fueron alcaldes por cuatro años y se fueron; esos que fueron gobernadores y luego presionaron a los encargados para decir que cumplían con los requisitos para una buena pensión después que perdieran la elecciones. Está el que se robó millones de los fondos destinados a los enfermos del Sida y que fue a la cárcel un tiempo, sin devolver lo robado. El otro, que tenía millones en contante en una caja fuerte en su casa. Nadie ha hablado qué hicieron los policías con ese dinero que encontraron y él volvió a la comunidad después de unos años en la cárcel. Y tiene un buen contrato de "asesoría" y feliz. El que tan siquiera tiene títulos universitarios de altos vuelos, que llegó a su puesto guiando un Toyota barato y viejo, hoy anda por ahí en un Mercedes.

Esos son los publicanos. El lector los conoce y sabe de otras anécdotas todavía más ilustrativas de esos seres humanos (caballeros y damas, como dicen en el comercio) canallas, descarados.

Pero en la parábola para este domingo, ese tipo de persona es el modelo del buen cristiano.
Porque no se justifica a sí mismo. No da excusas para su conducta. Se reconoce tal cual es: alguien que no merece ni siquiera que Dios se fije en él. Un asqueroso "buscón" sin escrúpulos.
Imagen de The Pharisee and the Tax Collector
 (Pulsar – ¡excelente vídeo!).
Del otro lado está el que se cree "bueno", pero que en realidad es un vanidoso, uno cegado por su engreimiento religioso. Es tan insoportable y tan  repugnante como el publicano. Pero encima de ser tan inmundo como el publicano, se cree la gran cosa ante Dios, merecedor del amor de Dios.
La oración del fariseo podría ser hoy día: soy cursillista, voy a misa y estoy en todos los comités de la parroquia, sí, soy de misa y comunión diaria. No como carne los viernes y me confieso todas las semanas. Estoy en todas las cofradías y le dejo donativos jugosos al párroco. Si soy español, milito en los escuadrones de Cristo Rey y le doy una tunda de vez en cuando a algún rojo de esos que son socialistas.
Si el fariseo es un obispo, o un cardenal, le dirá a Dios que se viste con los atuendos exactos para que todos se sientan inspirados al verlos con sus zapatos y medias y hebillas canónicas y su capa magna.
Si el fariseo es evangélico podría recordarle a Dios que da el diezmo todos los meses y a veces algo más de cuando en vez. Denuncia todo lo que puede las clínicas de aborto y ataca con todo lo que puede a los liberales del partido liberal.
Ataca todo lo que puede el libertinaje y la homosexualidad y esa abominación, el matrimonio unisex. Le recordará a Dios todo lo que sufre al ser martirizado por los demás y por la prensa debido a su "testimonio cristiano".
En resumen: el fariseo se cree "bueno" ante Dios y merecedor del favor de Dios. El publicano se reconoce despreciable ante Dios y ruega misericordia.
Jesús nos dice que la actitud del publicano es la auténtica actitud cristiana.

Están mis apuntes del 2016 para este domingo, pulsar aquí.

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