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Domingo 32, Ordinario Ciclo C

Luca Signorelli, La resurrección


Las lecturas de este domingo giran alrededor del tema de la resurrección de la carne.
En la primera lectura del segundo libro de los Macabeos, se nos narra el martirio del hijo de una viuda que, como buen judío, prefiere morir a violar las disposiciones dietéticas de la Ley. A punto de morir, le dice al rey, "Es preferible morir a manos de los hombres, con la esperanza puesta en Dios de ser resucitados por él. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida".
En la segunda lectura tenemos un pasaje de la segunda carta de San Pablo a los hermanos de Tesalónica. Según los estudiosos es uno de los documentos más antiguos que llega hasta nosotros, quizás anterior a los mismos evangelios. (Es la carta en que Pablo anticipa la pronta llegada del fin de los tiempos, cuando los que todavía estén vivos en ese momento serán arrebatados de improviso a los cielos. ) Por eso sabemos que en el pasaje de la segunda lectura de hoy se da esta situación por sentado: en cualquier momento este mundo en que estamos, todo esto se termina, llega a su fin. En ese contexto la lectura de hoy llama la atención a los hombres malvados que persiguen a los buenos cristianos. 
En la tercera lectura de hoy, el evangelio, se acercan a Jesús a preguntarle sobre el caso de una viuda y la obligación del cuñado de llegarse a ella para lograr que tenga hijos. Esta obligación estaba indicada en el libro del Deuteronomio 25,5. Es lo que encontramos también en el libro de Ruth 4,1.
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En mis tiempos de estudiante me interesé por la antropología, y en la especialidad de la paleontología. Llegué allí a través de Teilhard de Chardin, que por entonces estuvo de moda. Él murió en 1955 y los encargados de sus manuscritos comenzaron a publicarlos y para la década de 1960, ya se podían leer en traducción, gracias a la Alianza Editorial en España. 
A finales de aquella década tuve el privilegio de tomar un curso con uno de sus compañeros que ofrecía cursos en la Universidad Gregoriana. Él fue que en un aparte en el pasillo después de la clase me explicó la misma crítica que le hizo personalmente a Teilhard. La evolución de las especies no hay que entenderla en sentido hegeliano, absoluto, es decir, en dirección hacia un perfeccionamiento de todo lo que existe. Que una especie esté muy bien adaptada al medio ambiente, eso no significa que es la mejor versión de su especie en sentido universal. 
La evolución se da en la dinámica ambiente–supervivencia. Es como decir, que un estudiante puede ser brillante, como un baloncelista puede ser un campeón en su liga. Lo trasladas a otra liga, ya no es campeón. Más de un estudiante se quejó: «No sé qué pasa en la universidad, si yo siempre fui estudiante sobresaliente» – o palabras a esos efectos.
Aquel profesor también nos habló en clase sobre la transición de simios a humanos, en una época en que no sabíamos tanto como lo que luego se ha descubierto sobre los homínidos. La paleontología es un campo científico accesible a los legos. En la historia de las investigaciones paleontológicas uno puede ver cómo la competencia entre los científicos y el acicate de la vanidad pueden ser una motivación poderosa que lleva a lograr conocimientos.
Por su parte Chardin pudo seguir una carrera de estudios en paleontología y participó en varias expediciones, como la del descubrimiento del hombre de Pekín. En uno de esos viajes compuso los escritos que luego se publicaron, como El fenómeno humano. En su época no existían los medios de análisis como el del DNA. Luego sabemos que no hay diferencia entre la hemoglobina de un pollo y la nuestra es nula; que entre el ADN de un chimpancé y el nuestro la diferencia es de 1%. 
En ese contexto los paleontólogos como Chardin usaron el criterio de los enterramientos, que ya es innecesario. En un hallazgo, los detalles funerarios eran una prueba de que se trataba de homínidos con sensibilidad humana. Esto es lo que me viene a la mente al pensar en el tema de este domingo. El despertar de nuestra consciencia humana estaría asociado al sentimiento o pensamiento de que nuestros seres queridos no mueren, o la intuición de que la vida no termina con la muerte. 
¿Qué garantía tenemos que esto que tenemos aquí no es todo?
Podríamos pensar en lo que yo denomino «la prueba platónica». ¿Cómo es que nos puede hacer falta algo que nunca vimos? ¿Cómo podemos salir a buscar algo que no sabemos lo que es?
Platón pensó que eso prueba que vivimos en otro mundo antes de nacer. Ahora en este mundo añoramos ese mundo en que estuvimos antes. Eso abona también a la idea de los que creen en la reencarnación.
Sea como fuere la «prueba platónica» consiste en esto. Todos, al abrir los ojos al mundo al llegar a la edad de la razón, nos inquietamos por el sentido de la totalidad de lo que encontramos en la experiencia. Nos inquietamos por lo que hay detrás de la experiencia. De dónde viene la lluvia, me preguntó mi hija una vez cuando iba sentada al lado mío en el carro; tendría 4-6 años. Unos enseguida piensan que Dios manda la lluvia. Otros dicen que las nubes son las responsables. Y otros se preguntan cómo es eso que las nubes produzcan lluvia. Esa inquietud por saber que luego se apaga a medida que uno oye las contestaciones, sería una confirmación de que Dios existe y el más allá existe. 
Para que nadie piense que cometo plagio, lo que me inventé fue el nombre. La prueba la leí en Karl Rahner, «Oyente de la Palabra». 

El lector puede también ver mis apuntes para este domingo pinchando aquí.

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