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Domingo 14 Tiempo Ordinario, Ciclo A



La primera lectura de hoy está tomada del profeta Zacarías 9,9-10. El profeta anuncia buenas noticias. «¡Alégrate mucho, hija de Sión! ¡Grita de júbilo, hija de Jerusalén!» Le habla a los israelitas en el cautiverio de Babilonia. Les anuncia una gran alegría: el reino de Israel será restaurado y cómo. 

«Mira que tu Rey viene hacia ti;» dice, «él es justo y victorioso». 

En ese momento Israel pasará a ser de un pueblo esclavo en el exilio, a una nación grande y poderosa. El dominio de Israel «se extenderá de un mar hasta el otro, y desde el Río hasta los confines de la tierra».

Este rey triunfará sobre los enemigos de Israel, pero no será como los demás reyes. No será vanidoso, ni vengativo y rencoroso. Porque a la misma vez el rey de Israel que ya viene «es humilde y está montado sobre un asno, sobre la cría de un asna». El rey triunfante de Israel «proclamará la paz a las naciones». 

De esta manera se trata de un texto mesiánico que anuncia lo que habrá de suceder y de manera indirecta anuncia la llegada del Reino de Dios con Jesús.


El salmo responsorial corresponde a unos versículos del salmo 145(144),1-2.8-9.10-11.13cd-14. Cantamos con alegría motivados por las imágenes de la primera lectura.

El Señor es fiel a sus palabras,

bondadoso en todas sus acciones.

El Señor sostiene a los que van a caer,

endereza a los que ya se doblan.


La segunda lectura de hoy continúa la lectura de la carta de San Pablo a los Romanos capítulo 8,9.11-13. El Espíritu de Dios habita en todos nosotros, somos templos del Espíritu, nos recuerda San Pablo. Con el bautismo, igual que Jesús en el Jordán, el Espíritu descendió sobre nosotros. El bautismo de Jesús se distingue precisamente en esto, del bautismo de agua de Juan. El bautismo cristiano es un bautismo del Espíritu.

Entonces, dice San Pablo, «Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús habita en ustedes, el que resucitó a Cristo Jesús también dará vida a sus cuerpos mortales, por medio del mismo Espíritu que habita en ustedes.»

Los cristianos, por tanto, vivimos según el Espíritu. Somos santos, gracias al bautismo y a la vida del Espíritu en nosotros. Eso no significa que seamos perfectos. Tenemos nuestras peculiaridades y nuestras debilidades. De vez en cuando tropezamos, porque en este mundo no es posible ver las cosas con claridad. Pero lo importante es que en nuestro ánimo haya buena voluntad. 

Los cristianos, dice Pablo, no vivimos según la carne, sino según el Espíritu. El Espíritu es el que nos apoya y nos dirige, fijos en el Camino, que es Jesús. Vivir según la carne no es vivir según el sexo. El sexo es un detalle. La «carne» es un signo representativo, un símbolo, de la situación humana. Vivimos en el cuerpo con sus necesidades y eso incluye el cerebro que produce la mente, con sus necesidades. 

Pero también vivimos según la biografía de nuestra vida, que incluye la meta que nos proponemos. La «carne» es el conjunto de esta realidad en que estamos, que es como estar balanceándonos sobre la cuerda floja de nuestra circunstancia, sobre el vacío. 

La meta en este mundo, en esta carne, eso es importante, y es importante tenerla, pero no en el sentido absoluto. La meta en este mundo puede ser cualquier cosa. Es como la comida, que puede ser cualquier cosa, pero sin comida no sobrevivimos. Así, sin una meta no sobrevivimos.

Y entonces está la meta en nuestra calidad de cristianos. Es una meta que ya hemos alcanzado, que es el Reino de Dios, con Jesús. Sólo que el Reino no es una cosa, sino un estar ubicado en la realidad de una perspectiva. Ni el Reino, ni la realidad son cosas, sino que son como la misma vida humana, un estar siendo, en una dinámica continua.


El evangelio de hoy continúa la lectura de San Mateo, en el capítulo 11,25-30. Es una continuación de la compilación de cosas que dijo Jesús y que circulaban como anécdotas entre los primeros cristianos.

Dijo Jesús, nos dice este pasaje, «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños». 

Esta especie de pronunciamiento, tanto como las referencias a «los pobres de espíritu», ha motivado una interpretación mezquina, pusilánime, del cristianismo. Los mezquinos y pusilánimes son los débiles de carácter que se caracterizan por ser envidiosos, hasta peligrosos por ser de mente torcida. Llevan veneno en su sentimiento de pobreza. Son como los atletas que no dan la talla y recurren a todo tipo de trampas y trucos con tal de salirse con la suya. Son los que ven a los fuertes de carácter y personalidad y buscan la manera de rebajarlos, descalificarlos, sacarlos de carrera. 

Más de un sacerdote y más de un pastor han sido así. Disfrutan de una manera malsana de poder regañar a los ricos y a los normales como una especie de ejercicio de un espíritu de venganza contra ellos. Qué mejor que poder hacerlo a nombre de su posición de reverendos. Eso es ser fariseo, algo que denunció Jesús.

El buen cristiano no es así. Eso no fue lo que Jesús quiso decir con «humildad» y «los pequeños» de este mundo. 

Invito al lector a meditar sobre esto.

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En otra cita de las cosas que dijo Jesús, Mateo también incluye en el pasaje de hoy la siguiente. «…nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.» De citas como ésta, es que los teólogos hablan de que sin la iluminación del Espíritu Santo no podemos llegar a tener fe. 

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En tercer lugar encontramos en la lectura del evangelio de hoy unas citas que asociamos con el tema del Buen Pastor. «Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.»


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