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Domingo 18 del Tiempo Ordinario, Ciclo A


La primera lectura de hoy está tomada del profeta Isaías 55,1-3. Es un anuncio de los tiempos mesiánicos. En esos tiempos habrá comida y bebida para todos, sin tener que pagar. «Coman gratuitamente su ración de trigo, y sin pagar, tomen vino y leche,» dice el profeta. «¿Por qué gastan dinero en algo que no alimenta y sus ganancias, en algo que no sacia?»

Se ve que el alimento que menciona el profeta no es necesariamente el material, sino el espiritual. Si saben prestar atención, dice, se deleitarán con manjares sabrosos. 

«Yo haré con ustedes una alianza eterna, obra de mi inquebrantable amor a David.» De esa manera indica que el compromiso de Dios con Israel y con todos nosotros es desde siempre, el mismo desde el principio, un compromiso eterno. 

Recordemos el contexto. Los israelitas y los judíos fueron llevados al Cautiverio, y también dispersados por el mundo. Su territorio fue entregado a extranjeros que lo colonizaron. Los profetas señalaron que no es que Yahvé fuese un dios débil frente a los dioses de los asirios y los babilonios. Es que Israel se había prostituido y le había sido infiel. Por eso Dios –Yahvé– los castigó, abandonándolos a su suerte. 

Pero la alianza, es decir, el compromiso de Dios, no por eso había cambiado. Los profetas, como Isaías en este pasaje anunciaron que Dios los devolvería a su tierra y restauraría el reino de Israel cuando llegara su Enviado, el Mesías, para poner todas las cosas en su sitio. Entonces podrían disfrutar de los tiempos mesiánicos. Igual que los babilonios y todos los ciudadanos de los grandes imperios (como Estados Unidos hoy) disfrutarían de abundancia.

El salmo responsorial responde a la primera lectura con versículos del salmo 145(144),8-9.15-16.17-18. «El Señor es bondadoso y compasivo,» nos dice. Dios se acuerda de nosotros sobre todo en nuestros infortunios. Todos estamos necesitados y esperamos en él para sacarnos de nuestros apuros. «Los ojos de todos esperan en ti,» continúa en un versículo más adelante, «y tú les das la comida a su tiempo; abres tu mano y colmas de favores a todos los vivientes.» Dios está cerca de nosotros y de todos aquellos que lo invocan.

La segunda lectura de hoy continúa la lectura de la carta de San Pablo a los Romanos capítulo 8,35.37-39. Este pasaje se puede resumir así. Pablo tiene la certeza, está seguro, que nada podrá separarlo del amor de Cristo. Ni tan siquiera «los poderes espirituales»; «ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor.»

El evangelio de hoy continúa la lectura de San Mateo, 14,13-21. En este pasaje de hoy se narra el milagro de la multiplicación de los panes.

El pasaje del evangelio comienza diciendo que, «Al enterarse de eso, Jesús se alejó en una barca». Si uno va y lee en la Biblia los versículos anteriores, ve que se trata de la muerte de Juan Bautista. Como sabemos Herodes mandó a decapitar al Bautista para complacer a la hija de su amante. 

Sería natural que los discípulos del Bautista se dispersaron y entre ellos, el mismo Jesús, por miedo a las autoridades. Esto explicaría el hecho de que se montó en una barca para irse a un lugar desierto a solas. 

Pero la gente sale a buscarlo. Su fama ya se ha difundido en Galilea y uno puede pensar también que quizás esto es el resultado de verle ya como el pastor que ahora los dirigirá, una vez que el Bautista ya no está. 

Cuando Jesús desembarca en la otra orilla del lago Jesús se encuentra con la muchedumbre que lo está esperando. El evangelista nos dice que se compadeció de ellos y «curó a los enfermos». 

Este curar a los enfermos y la expulsión de los demonios que se dio en otras narraciones son todo parte de las señales del Reino que ha llegado, de los tiempos mesiánicos. Al atardecer los discípulos probablemente interrumpen lo que Jesús estaba haciendo y le dicen, o le sugieren quizás, que dé por terminada su actividad. Ya pronto estaría oscuro y lo mejor sería que la gente se volviera a su casa y compren alimentos por el camino.

Pero Jesús les dice, «No es necesario que se vayan, denles de comer ustedes mismos». Los discípulos le dicen que apenas tienen cinco panes y dos pescados. Se los traen y Jesús levantó los ojos al cielo y pronunció la bendición, partió los panes y los repartió a sus discípulos. Este es el mismo gesto y la misma manera de dar gracias que luego reconocerán los discípulos de Emaús al reconocerlo resucitado.

Entonces hay suficiente pan para todos, «Todos comieron hasta saciarse y con los pedazos que sobraron se llenaron doce canastas». Las doce canastas recuerdan el número de las doce tribus de Israel. Es como decir que ahora hay alimentos para todos y también hay para los judíos de la Dispersión, los que están radicados en el extranjero.

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La multiplicación de los panes es una señal que les deja saber que los tiempos mesiánicos ya han llegado. Pero no es como lo habían entendido hasta entonces. De la misma manera que Isaías en la primera lectura les dijo, «¿Por qué gastan dinero en algo que no alimenta y sus ganancias, en algo que no sacia?»; ahora Jesús les está refiriendo a una abundancia que no es material, sino espiritual. 

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Este episodio de la narración de la multiplicación de los panes es uno de los milagros, o hechos de Jesús, que más han quedado en la memoria colectiva, desde aquellos tiempos. En los evangelios hay varias versiones y repeticiones de esta narración. El lector puede ir a las notas al calce de la Biblia de Jerusalén asociadas con la lectura de hoy. 

Es que los evangelistas no necesariamente redactaron cada evangelio de rabo a cabo, sino que hicieron unas composiciones en que hilvanaron las diferentes anécdotas de los dichos y hechos de Jesús. En algunos casos como éste de la multiplicación de los panes, se encontraron probablemente con más de una versión y entonces, por si acaso, las incluyeron todas, por aquello de estar seguros. 

Algo que llama la atención es que el autor del evangelio de San Juan aprovecha para incluir las narraciones de lo que se conoce como «el sermón (discurso) eucarístico», cuando Jesús le dice a la multitud y a sus discípulos, «Yo soy el pan bajado del cielo» (Juan 6). El evangelio de Juan fue el último en ser redactado, supuestamente. Por eso podemos pensar que el autor quería acentuar el sentido espiritual del milagro. No se trataba de fijar la atención sobre el milagro del pan material, sino sobre el sentido espiritual de Jesús mismo como alimento, Jesús como el pan de Vida. 

A algunos católicos les cuesta captar que la Escritura es alimento espiritual, tanto como el pan eucarístico. 

Es que hasta comienzos del siglo veinte el Vaticano insistió que leer la Escritura era pecado, hasta para los seminaristas, que tenían que pedir permiso para poder leerla. En las polémicas con los protestantes se tomó la Biblia como un documento, como un libro prohibido y luego ha costado trabajado recuperar el sentido de la Palabra de Dios que es como las semillas del sembrador de las parábolas de los domingos anteriores. 

Jesús es la Palabra máxima, final, del Padre. Y como tal, también es alimento espiritual, aparte del pan eucarístico. La Escritura, y Jesús que encontramos en la Escritura, es tan alimento como elpan eucarístico. 

Jesús está presente en el Cuerpo Místico de los que se reúnen para el culto en la asamblea cristiana dominical. Está presente de manera espiritual en los grupos que comparten la misa en estos días por la Internet. 

La presencia de Jesús en el pan eucarístico es para ser alimento explícito de lo que ya es de manera implícita en la Escritura y en las asambleas de celebración cristiana que son ya de por sí sacramento del encuentro con Dios. 


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