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Domingo 27 del Tiempo Ordinario, Ciclo A

 



El tema de este domingo es la casa de Israel como la viña del Señor.


La primera lectura de hoy está tomada del profeta Isaías 5,1-7. Dios dice por boca del profeta, «Pues ahora, habitantes de Jerusalén, hombres de Judá, por favor, sed jueces entre mí y mi viña. ¿Qué más cabía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?» Dios sacó al pueblo de la esclavitud de Egipto, lo condujo por el desierto, lo trajo a la Tierra Prometida. Dios favoreció a su pueblo en la tierra de Canaán, como un viñador cuida de su viña. Pero el pueblo no produjo buena conducta. «Esperó de ellos derecho, y ahí tenéis: asesinatos». 

Por eso Dios destruyó a Israel y a Judá. Usó el instrumento de la furia de sus enemigos que invadieron sus territorios. Más adelante el mismo Isaías y Jeremías anunciarán que Dios se compadece de su pueblo y proclama una Nueva Alianza. 

Oíd la palabra de Yahveh, naciones, y anunciad por las islas a lo lejos, y decid: «El que dispersó a Israel le reunirá y le guardará cual un pastor su hato.» (Jeremías 31,3)

He aquí que días vienen - oráculo de Yahveh - en que yo pactaré con la casa de Israel (y con la casa de Judá) una nueva alianza; no como la alianza que pacté con sus padres, cuando les tomé de la mano para sacarles de Egipto; que ellos rompieron mi alianza, y yo hice estrago en ellos - oráculo de Yahveh -. Sino que esta será la alianza que yo pacte con la casa de Israel, después de aquellos días - oráculo de Yahveh -: pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Ya no tendrán que adoctrinar más el uno a su prójimo y el otro a su hermano, diciendo: «Conoced a Yahveh», pues todos ellos me conocerán del más chico al más grande - - oráculo de Yahveh - cuando perdone su culpa, y de su pecado no vuelva a acordarme. (Jeremías 31,31-34)


Los que se acercaron y escucharon a Jesús decir, «Yo soy el buen pastor» probablemente se acordarían de ese pasaje de Jeremías 31,3. Lo mismo, los apóstoles cuando Jesús les habló de «la nueva alianza». 


El salmo responsorial responde a la primera lectura con versículos del salmo 79,9.12.13-14.15-16.19-20. «Sacaste una vid de Egipto, expulsaste a los gentiles, y la trasplantaste,» cantamos. Y más adelante: «Señor Dios de los ejércitos, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve».


La segunda lectura de hoy comienza la lectura de la carta de San Pablo a los Filipenses, capítulo 4,6-9. «Nada os preocupe,» nos dice el Apóstol. La oración es poderosa y por eso hemos de confiar en Dios plenamente. No importan las desgracias, como las que afligieron al pueblo de Israel. Dios siempre está con nosotros. Baste buscar el reino de Dios y su justicia, «Y el Dios de la paz estará con vosotros».


El evangelio de hoy continúa la lectura de San Mateo, en el capítulo 21,33-43. Jesús le cuenta otra parábola, esta vez a los ancianos y a los sumos sacerdotes. A ellos, los líderes de Israel, es que les presenta esta parábola. «Había un propietario que plantó una viña…»

La viña es la casa de Israel, el pueblo de Dios. En la parábola el dueño de la viña envía a sus criados para que los labradores de la viña les entreguen el porciento de la cosecha que le corresponde al dueño. 

Recordemos el sistema económico de aquellos tiempos, que duró durante siglos. Los dueños de la tierra le permitían a los campesinos cultivar la tierra. A cambio, los campesinos, los labradores, debían compartir la cosecha con el dueño de los terrenos. 

Para ellos era fácil imaginar el paralelo de la misma situación respecto a Dios. La tierra no es de nadie; es de Dios. Nosotros somos como los labradores, que trabajamos sobre el terreno y disfrutamos de la cosecha mientras compartimos algo de lo que producimos con Dios. 

Ese «algo» era el diezmo, que se le daba a los sacerdotes y que Jesús propondrá compartir con los pobres.

Pero por lo pronto lo importante es esto: que en la parábola los labradores se rehusan compartir su cosecha con el dueño de la tierra. ¿Qué podía decir el señor del territorio? ¿Cuál sería su reacción natural? «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la vi­ña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos,» concluye Jesús en la parábola. Y al final termina: «Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».

Ese nuevo pueblo llamado a producir frutos somos nosotros, los cristianos, el nuevo pueblo de Dios. 

Comentario

En la visión bíblica Dios nos creó de la misma manera que hizo el resto de la creación del mundo, incluyendo los ángeles. ¿Para qué existo?, se diría un ángel, si es que eso sucediera. «Mi vida no es mía,» seguiría pensando él. «Si no tengo libertad, ¿para qué vivo?» Esa es la historia de los ángeles caídos. Esa sería la historia del pueblo de Israel.

En el mismo preguntarse ya hay una rebeldía contra Dios, en términos bíblicos. Dios nos hizo para ser suyos y, como propuso San Agustín, nuestro corazón no descansa hasta descansar en él.

Pero de la misma manera que estamos hechos para Dios, también estamos hechos para ser libres, para libremente escoger nuestras vidas. Dios nos puso en este mundo, según la mentalidad bíblica, al modo con que puso a Adán y Eva en el paraíso. Fueron felices mientras no pensaron que su vida era suya para disponer de ella de la manera que les viniera en gana. Fueron felices mientras no se detuvieron a decidir sobre su vida.

Sólo que luego, en los tiempos modernos hasta hoy, hemos descubierto que Dios nos hizo libres, sí, como parte de su plan desde toda la eternidad. Ser libres y deseosos de hacer nuestra biografía a nuestro modo es algo natural. Por lo tanto la libertad, igual que el sexo, son cosas buenas. En eso los puritanos se equivocaron.

La libertad de los seres humanos tuvo que estar dentro del plan de Dios. No es que Dios se encontró con un problema imprevisto que ahora tenía que resolver. Y para colmo que tuviera que inventarse la solución de enviar a su Hijo para que fuera sacrificado como un chivo expiatorio. Qué clase de Dios es ese que crea algo que no le resulta como esperaba. 

No; todo fue parte del plan de Dios. Dios nos hizo libres, capaces de pensar sobre nuestras vidas y decidir nuestra manera de vivir. 

Sólo que al momento de decidir sobre nuestras vidas encontramos que estamos en una cárcel. No es una cárcel hecha por la naturaleza y la creación divina, sino una cárcel hecha por nosotros mismos. Es la cárcel de la sociedad. Por algo lo dijo el que lo dijo, «El infierno son los demás». Es la sociedad la que nos impone tener que trabajar para tener dinero para comprar lo que vamos a comer y a vestir, y así. 

¿Qué tiene que ver Dios con eso? ¿Qué tiene que ver Dios con las injusticias que él no creó, sino que las creamos nosotros? 

En términos bíblicos Dios está ahí como un padre que ve a los hijos peleando y entonces interviene para repartir justicia. Es lo que vemos en el evangelio de hoy.

Entre tanto, eso, estamos en una cárcel. La cárcel no es Dios. La cárcel es el entramado de enredos que nosotros mismos formamos. Como quiera nuestra vida no nos pertenece. Le pertenece a ese entramado de enredos sociales que llamamos a las condiciones concretas de nuestra vida. Por eso es que se puede decir que el pecado no reside en nosotros, sino en la estructura de nuestra condición de vida. 

Es en ese sentido que el pueblo de Israel fue estructura de pecado, cuando debió ser pueblo de Dios. Y en ese mismo sentido es que las iglesias pueden ser estructuras de pecado, cuando ponen a sus miembros en situaciones difíciles de tener que hacer cosas que no se supone que hagan.

San Mateo ubica la parábola de hoy en el contexto de la Semana Santa, por así decir, de los días inmediatamente antes del arresto, pasión y muerte de Jesús. La parábola también anuncia la muerte del hijo del dueño de la viña. Jesús también se enfrentó a las estructuras del mal, por así decir, cosa que no tiene que ver con el diablo, sino con nuestra condición humana. 

De nuevo, no es que Jesús se enfrentó a algo inesperado, sorpresivo, para Dios. Fue quizás una sorpresa para Jesús, que en cuanto hombre quedó espantado, como lo vemos en el huerto de los Olivos cuando se sintió abrumado por toda aquella situación. 

Hemos de asumir que por donde fue el Maestro, vamos nosotros también. Todo es parte del plan de Dios. Luchamos por un mundo mejor. Paradójicamente, como dijo el padre William Ferree en uno de sus ensayos, los fracasos constituyen el sacramento de nuestra misión, el sacramento de «Dios con nosotros», tanto como la alegría del resucitado que celebramos todos los domingos.


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