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La Reforma Protestante, siglos más tarde

 

Misa luterana

El 31 de octubre de 1517 Martín Lutero puso un anuncio clasificado (en términos de hoy) sobre el tablón de edictos (la puerta de la iglesia) de la Universidad de Wittenberg. Fue una invitación abierta a conversar («disputar») sobre una lista de ideas o posibles interpretaciones («tesis»). Eran 95 puntos, o «noventa y cinco tesis». 

El acto de poner esa invitación sobre el tablón de boletines (el «bulletin board») era una práctica común en el ambiente universitario de la ciudad, sede de la Universidad de Wittenberg. Lutero era catedrático universitario y las questiones disputatae era también una práctica tradicional, el reunirse para un intercambio entre estudiosos sobre temas abiertos.

La memoria romántica revistió de dramatismo aquel acto de fijar las 95 tesis sobre la puerta de la iglesia de Wittenberg. Pero como es natural, el dramatismo lo ponen nuestras mentes, nuestra excitación al pensar que a partir de ese momento se inició un debate sobre nuestra relación con Dios, los santos, etc. 

Si uno visita el culto en una iglesia luterana hoy día, le parece estar en una iglesia católica de siempre. Lutero nunca pretendió fundar una iglesia diferente. Por algo es que hablamos de «reforma» y no de «revolución». Uno puede tomar un coche y cambiarle el motor, o los asientos y la carrocería. Pero sigue siendo el mismo coche. Eso es reformar el coche. Uno puede transformarlo en un coche híbrido, o eléctrico, pero sigue siendo la misma cosa que el otro, el coche de gasolina tradicional. Otra cosa es revolucionar la industria de la transportación al punto que se descarten los coches. Eso es una revolución. 

En ese sentido los reformadores no revolucionaron el cristianismo. Si vamos a ver, lo rescataron. Los que revolucionaron el cristianismo como institución social fueron los renacentistas, que vivían con criterios paganos mientras andaban vestidos de clérigos y llevaban vida de clérigos. Nótese que uno puede distinguir entre ser cristianos y ser clérigos. 

Los reformadores apuntaron entonces en la dirección de la idea o el ideal de lo que entendemos por vida cristiana. Por eso, cuando vamos a la historia de los héroes de la reforma y la contrarreforma, todos coinciden en lo mismo, en lo que es ser cristiano. Lutero, Calvino, igual que San Ignacio y Santa Teresa, todos llevaron una vida con un intenso sentido de cristianismo. Ninguno fue perfecto, pero ciertamente no tuvieron la confusión que sufrieron los papas y cardenales. Baste comparar la vida del cardenal Pole con la vida del cardenal Wolsey en Inglaterra.

Como vemos en los evangelios, no es posible decirse cristiano y vivir como un fariseo. No es posible decirse cristiano y fomentar la pasión de la vanidad, el orgullo, la falta de consideración, la insensibilidad para con el prójimo. Recordemos que el diablo se cuela, no por los vicios del sexo, sino por la vanidad y el orgullo.

Baste mencionar algunos datos incontrovertibles de la situación de la iglesia institucional cristiana en Occidente, unos años antes del momento en que se iniciaron los esfuerzos de la Reforma.

  • Un papa que ocupó la sede romana entre 1492 y 1503 se distinguió por, entre otras cosas,
    • Nombró a su hijo cardenal. El hijo tenía 18 años al momento de ser nombrado. Unos años más tarde ese hijo renunció al título de cardenal porque prefirió ser el general en jefe de los ejércitos papales. Entonces marchó con su ejército a expandir los territorios papales al someter otros ducados. El papa lo nombre duque a él.
    • Nombró cardenal al hermano de su amante. Le llamaron el «cardenal cuñado». Ese personaje eventualmente fue electo papa él también, más tarde.
    • Más de un enemigo de ese papa murió misteriosamente. En más de un caso se supo que fue por envenenamiento.
    • Ese papa fue el que se inventó que lo llevaran y lo trajeran montado sobre una silla llevada por un equipo de cargadores y acompañado de abanicos de plumas de aves exóticas.
      Papa Pío XII llevado en andas. 

  • El papa que asumió el trono en 1503 no era sacerdote ordenado. No fue el único caso en la historia. De hecho, en ningún sitio se pone que para ser cardenal haya que ser clérigo. 
    • Pero como se supone que el papa es el obispo de Roma, hubo que ordenar a esa persona antes de que asumiera su papel.
    • De todos modos murió unos cuantos meses después de ser electo.
  • El papa reinante en 1517, al momento de comenzar la controversia en torno a Lutero, gustaba de llevar una vida al estilo de un rey con todos los lujos. No parece que le haya preocupado demasiado lo que es una vida de criterios cristianos. 
    • Cuando le trajeron noticia de que Lutero no cedía en sus críticas, estaba de cacería por los montes. Cuando volvió de la cacería se le ocurrió utilizar la imagen de un jabalí suelto en la viña del Señor. 
    • De ahí que en el documento con que excomulgó a Lutero de la iglesia comenzó, «Ven Señor, levántate, que hay un jabalí suelto…». 
    • Este papa gustaba tanto del lujo que llevó a tres banqueros a la ruina. Para poder restaurar su crédito tuvo que poner en venta múltiples puestos eclesiásticos y hasta se inventó una nueva orden de caballería, los Caballeros papales de San Pedro y San Pablo, con tal de vender y cobrar por el honor de pertenecer a ese grupo «exclusivo». Se sabe, entre tanto, de la venta de indulgencias al origen de la controversia con los luteranos. 
    • Este papa llegó al punto de tomar prestado grandes sumas de dinero y a cambio darles el derecho a «cobrar» indulgencias directamente. Esto es, los fieles donaban y su dinero iba directamente a los cofres de los banqueros. 
    • Pareciera que de primera intención aquel papa no se tomó el asunto en serio. Quizás le pareció que lo de Lutero era un bochinche vulgar entre monjes campesinos en los barrios bajos de Alemania. 


De todos modos hubo tiempo suficiente para que la controversia se aclarara. A lo largo de las décadas y lo que va de 1521 (Dieta o Asamblea de Worms) a 1530 (la Confesión de Augsburgo) y todavía hasta 1545 (primera sesión del Concilio de Trento) hubo una buena cantidad de oportunidades para la reconciliación entre «protestantes» y «católicos». 

Las causas que evitaron que hubiera un desenlace favorable a la unidad entre los cristianos en Occidente fueron múltiples. Uno de los ejemplos más claros, para mí, fue la reunión conocida como el Coloquio de Regensburg, o de Ratisbona, en 1541. Fue la última vez que católicos y protestantes casi lograron estar de acuerdo.

En Regensburg llegaron a estar de acuerdo, sobre todo gracias a dos líderes extraordinarios. Del lado luterano estuvo Melanchthon y del lado católico, el cardenal Contarini en representación del papa. Sólo que los «duros», los de poca inteligencia y mucho empeño por querer prevalecer a toda costa enviaron noticias a Roma del acuerdo inminente entre las partes. 

De la manera que haya sucedido y por la razón que haya sido, el hecho fue que el cardenal Contarini de la noche a la mañana recibió instrucciones del papa de no llegar a acuerdo alguno. Casi uno puede decir que el diablo metió la cuchara en el asunto.

Hoy día es cada vez mayor el acercamiento ecuménico entre las iglesias. El papa Pablo VI envió representantes al Concilio Mundial de Iglesias, algo que Roma no vio con buenos ojos hasta ese momento. Todavía están los que no toleran todo lo que hizo el papa Pablo VI en el siglo veinte. Están los que tampoco aprueban al papa de ahora, papa Francisco.

Qué importa quién lo diga y quién lo haga. Lo importante es el evangelio: lo que dice el evangelio y el único Camino que vale: Jesús, el Camino, la Verdad y la Vida.


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