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Domingo 29º del Tiempo Ordinario, Ciclo A

 

El dinero del tributo, obra de Massaccio
Massaccio, El dinero del tributo

El tema de este domingo es lo debido a Dios y lo debido al César.


La primera lectura de hoy está tomada del profeta Isaías 45,1.4-6. En el comienzo de este capítulo 45 de Isaías el profeta anuncia que Ciro, emperador de los persas, fue designado por Dios para ser el liberador de Israel. Eso, aunque él no lo supiera. 

Dice Yahvé por boca del profeta: «Doblegaré ante él las naciones, desceñiré las cinturas de los reyes, abriré ante él las puertas, los batientes no se le cerrarán. Por mi siervo Jacob, por mi escogido Israel, te llamé por tu nombre, te di un título». Y más adelante, «Te pongo la insignia, aunque no me conoces».

El emperador Ciro de Persia conquistó a Babilonia. Entonces los dignatarios judíos en su corte lo convencieron de reconocer a Palestina como una sátrapa o provincia de su imperio y además, le convencieron también de permitir y financiar la repatriación de los judíos israelitas que quisieran volver y establecerse allí. Más adelante aquellos judíos israelitas repatriados se dedicaron a la reconstrucción del templo en Jerusalén. 

El profeta nos dice que Dios es el soberano de todos los dioses y de todo lo creado. No fue que los dioses babilonios fueran más poderosos que Yahvé. Es que Yahvé, el único Dios creador de cielos y tierras utilizó a los asirios y babilonios como instrumentos de su castigo a los israelitas. Ahora, cuando ha llegado el tiempo apropiado, Dios, Yahvé, utiliza a Ciro como su instrumento para permitirle al pueblo entrar en un nuevo comienzo dentro de la historia de la salvación.

Tanto Isaías como otros profetas hablarán de esto en términos de la nueva Alianza de Dios con su pueblo.


El salmo responsorial responde a la primera lectura con versículos del salmo 95,1.3.4-5.7-8.9-10. «Cantad al Señor un cántico nuevo,» entonamos. El Señor es grande, más temible que todos los dioses, continuamos. «El Señor es rey, él gobierna a los pueblos con justicia».


La segunda lectura de hoy corresponde al comienzo de la primera carta de San Pablo a los Tesalonicenses 1,1-5b. Los estudiosos nos dicen que esta es la carta más antigua que tenemos del apóstol Pablo. Probablemente es anterior a los mismos evangelios. Según la Biblia de Jerusalén fue redactada entre 49 a 50 años después de Cristo.

Mapa del imperio romano con Tesalónica
Tesalónica, al norte de Grecia, colindante con Macedonia

En el libro de los Hechos de los apóstoles, capítulo 17, 1+ se nos indica que Pablo se detuvo varias semanas con los tesalonicenses, predicando y dialogando con los miembros de la sinagoga. Basándose en las Escrituras Pablo les explicó cómo Cristo tenía que padecer y luego resucitar de entre los muertos. De esa manera reclutó un buen grupo de entre ellos. Hechos 17,4 nos dice que fue «una gran multitud de los que adoraban a Dios y de griegos y no pocas de las mujeres principales». Pero entonces los judíos tradicionalistas que no aceptaron la predicación de la nueva doctrina, nos dice el texto, promovieron tumultos y alborotos contra ellos al punto que Pablo y Silas tuvieron que salir de la ciudad. 

Se entiende entonces que el grupo de cristianos en Tesalónica siguió acosado por los tradicionalistas de la sinagoga («los judíos», les llaman los textos en varios lugares) y en ese sentido podemos entender que Pablo se sentara escribirles esta carta. 

Así entendemos lo que les escribe Pablo en el texto de la segunda lectura de hoy cuando les dice, «recordamos sin cesar la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza en Jesucristo, nuestro Señor». Y entonces añade, «Bien sabemos, hermanos amados de Dios, que él os ha elegido y que, cuando se proclamó el Evangelio entre vosotros, no hubo sólo palabras, sino además fuerza del Espíritu Santo y convicción profunda».

No hay una relación directa de esta segunda lectura con el tema del evangelio de hoy. El tema de este domingo es de respetar tanto a Dios como al César, o al gobierno. El tema de esta segunda lectura es la firmeza de las tesalonicenses recién convertidos frente a los que intentaban ponerles trabas y presiones por culpa de sus nuevas convicciones.

El tema de los tesalonicenses y su firmeza pareciera servir más a los católicos reaccionarios y tradicionalistas que se ven acosados por el laicismo y que consideran una virtud el enfrentarse con firmeza y hasta agresividad a los que de esa manera atentan contra sus ideas. 

Sólo que los temas de controversia emblemáticos de los católicos tradicionalistas no tienen que ver directamente con la fe cristiana, como en los casos asociados a la bioética, como el aborto y la eutanasia. 

La firmeza de los tesalonicenses no tenía que ver con la lucha por lograr imponer un gobierno confesional que se ajustara a sus ideas religiosas. La firmeza de la fe de los tesalonicenses tenía que ver con el encuentro con el Jesús resucitado, el mismo que nosotros también encontramos en nuestra propia experiencia de fe. Esto no tiene que ver con marchas anti abortistas o cosas por el estilo.


La fe como experiencia del encuentro con Jesús tiene que ver más bien con el compartir en el seno de una comunidad de creyentes en oración común y celebración común. Claro, ser cristiano es algo que no se limita solamente a rezar. Pero sí comienza por ahí. Primero está el encuentro con Dios y con Jesús; luego, el rezar; en tercer lugar vendrá la acción social cristiana expresada e inspirada siempre en el amor al prójimo. 

Es lo que resulta en la señal de que las marchas anti abortistas y las acciones políticas análogas no son cosa de cristianos. En el momento que Camilo Torres empuñó un rifle para unirse a la guerrilla en Colombia, eso fue una señal de que
dejó de ser cristiano, sin darse cuenta. Lo mismo ha de decirse de aquellos guerrilleros de Cristo Rey en México y en España. 


El evangelio de hoy continúa la lectura de San Mateo, en el capítulo 22,15-21. Continúa en el mismo versículo siguiente al del domingo pasado. 

Al comienzo del pasaje de la lectura de hoy los fariseos le proponen una pregunta capciosa a Jesús, buscando entramparle. Le preguntan, «Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar im­puesto al César o no?» 

Ahí se nota el ánimo farisaico y proselitista, que no tiene que ver con el verdadero cristianismo. Es lo que desafortunadamente encontramos en cristianos de todos los colores y sabores (por así decir): pentecostales, católicos, bautistas… Son los que tienen mucho celo por la doctrina y van animados por una gran animosidad, cosa de espíritus torcidos. Casi pareciera que van poseídos por un demonio.

Recordemos que Jesús se paseaba con publicanos. Los publicanos eran los que recolectaban los tributos, los impuestos, los taxes. Llegaban a un pobre negociante o algún pequeño terrateniente y estimaban sus haberes. Entonces se sacaban de la manga alguna cifra horrible como tasa a pagar. De ese dinero se repartían unos cuantos: el publicano, los funcionarios locales del César, más la fila de funcionarios hasta llegar finalmente lo que quedase a manos del emperador. Para poder mantener el sistema había que exprimir a «los de abajo» hasta más no poder y así poder mantener toda la cadena de buscones, comenzando por el mismo publicano cobrador de impuestos.

Por eso los publicanos eran gente despreciable y odiada. Por eso Jesús causaba escándalo cuando lo invitaban a comer con ellos y él aceptaba. Claro, hay dos casos famosos en los evangelios de dos publicanos conversos: Zaqueo el chapo (el bajito) y Mateo el evangelista. 

Sobre ese trasfondo se entrevé la inquina que buscaban avivar los fariseos, el resentimiento con Jesús que se mezclaba con los enemigos del pueblo, por así decir. ¿Había que pagar impuestos?

 En la nota al calce a este versículo 22,16 la Biblia de Jerusalén apunta que los herodianos allí presentes eran de los que denunciaban a todo el que hablara mal de los romanos.

«Enseñadme la moneda del impuesto,» les dice Jesús, «¿De quién son esta cara y esta inscripción?» Le responden, «Del César». Jesús les dice, «Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.»

Quién sabe si se dirigió a los herodianos, como diciendo que, si tanto gustaban del dinero romano, no tendrían reparo en devolver parte de lo recibido.

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Tradicionalmente se asocia este pasaje con el tema de la separación entre iglesia y estado. Entre los tradicionalistas católicos hay una tendencia a confundir el tema con argumentaciones rebuscadas y enrevesadas que llevan a desanimar a algunos que quisieran defender esa separación entre iglesia y estado. Hay tradicionalistas católicos que viven en una cápsula del tiempo y se piensan viviendo todavía en el primer tercio del siglo veinte y siguen defendiendo directa o indirectamente el ideal de los estados confesionales. 

El asunto quedó zanjado en el Concilio Vaticano II, con la Declaración sobre la libertad religiosa (Dignitatis humanis). Ver, en el sitio del Vaticano: http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_decl_19651207_dignitatis-humanae_sp.html

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Con motivo del aniversario del Grito de Lares este pasado 23 de septiembre el obispo de Mayaguez se le fue la mano (quizás no) y estableció que de ahora en adelante ese día será día feriado para todas las instalaciones de la diócesis en honor de la gesta patriótica de 1868. El arzobispo de San Juan también se ha dado conocer por sus posiciones de tendencia «patriótica», lo que llevó a algunos beatos de los yanquis a escribir al Vaticano para que lo removieran. 

Por otro lado más de un grupo religioso busca imponer sus criterios religiosos con leyes para maniatar a los médicos en sus decisiones. Ciertos grupos tradicionalistas se han dedicado también, durante años, a reclutar médicos a su causa y a su manera de pensar. Más de un médico ha demostrado que pueden saber mucho de ciencia, pero no tanto de pensamiento crítico y científico.

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El cristiano, pienso, no ha desorientarse en su vida por una filosofía, sino por los evangelios tomados con sentido común. 

Toda filosofía humana es falible, de por sí. Por eso no tiene sentido decir que Jesús estaría en contra de aborto, así a rajatabla. Tampoco tiene sentido decir que Jesús estaría en contra de los asquerosos capitalistas, así a rajatabla. No estuvo en contra de los publicanos, ni de las mujeres de vida adúltera. Por cierto, entre esas mujeres no estuvo María Magdalena, como ya sabemos en nuestros días. 

En los evangelios, sí, Jesús se demuestra como una persona con sentido común. Ese es el Jesús que es el camino, que nos enseña el Camino. 

No es que Jesús propuso organizar una fuerza de asalto y tomar el templo para arrebatarlo a los sacerdotes y a los fariseos. Lo más que hizo fue virar unas mesas de los cambistas en un momento de impaciencia. Y eso se dio más como un acto simbólico para demostrar el cumplimiento de las Escrituras: 

Zacarías 14:21 — Y, aquel día, ya no habrá mercaderes en el templo del Señor de los ejércitos.

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En los versículos siguientes a la segunda lectura de hoy San Pablo propone lo que es el ideal de vida de un cristiano: 

« … hermanos, les pedimos y rogamos en nombre del Señor Jesús: aprendieron de nosotros cómo han de portarse… Conocen las tradiciones que les entregamos con la autoridad del Señor Jesús: la voluntad de Dios es que se hagan santos… Que cada uno se comporte con su esposa con santidad y respeto, y no se deje llevar por pura pasión, como hace la gente que no conoce a Dios. Que nadie ofenda a su hermano en el negocio o se aproveche de él. El Señor pedirá cuentas de todas estas cosas, como ya se lo hemos dicho y declarado. …Aspiren a una vida ordenada, atendiendo a las propias necesidades y trabajando con las propias manos, como se lo hemos mandado. Al observar estas reglas serán estimados por los de fuera y no pasarán necesidad.»

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El sentido común de Jesús lo vemos ilustrado con respecto al cumplimiento de las normativas del sábado judío. 

Ese mismo sentido común se puede aplicar –lo debemos aplicar, como cristianos– a los temas de la bioética (aborto, eutanasia), lo mismo que lo aplicamos a los casos de homicidio, por ejemplo.


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