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Domingo 4º del Tiempo Ordinario, Ciclo B

 


El tema de este domingo es el comienzo de la predicación de Jesús, el Profeta anunciado por la Promesa

La primera lectura para este domingo está tomada del libro del Deuteronomio 18,15-20. Moisés le anuncia al pueblo: «Un profeta, de entre los tuyos, de entre tus hermanos, como yo, te suscitará el Señor, tu Dios. A él lo escucharéis.» 

Sucede que los hebreos le habían dicho a Moisés que no querían oír la voz del Señor directamente: «No quiero volver a escuchar la voz del Señor, mi Dios, ni quiero ver más ese terrible incendio; no quiero morir.» Dios entonces los complació e instituyó el profetismo. Dios le hablaría al pueblo a través de los profetas.

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En la predicación original de los primeros cristianos (judíos) se le aplicó a Jesús este atributo de ser el Profeta final de la historia de Israel, como en Hechos 3,22 (predicación de San Pedro) y Hechos 7,37 (predicación de San Esteban, diácono y mártir). La Biblia de Jerusalén en sus notas al calce nos remite a los evangelios, como en Mateo 16,14; Juan 1,17-21. 

Tanto a Jesús como al Bautista le preguntaron: ¿Eres tú Elías? ¿Eres el Profeta? (Marcos 8,28; Mateo 11,4-14) 

Es que se pensaba que Dios rompió su Alianza con Israel (incluido Judá) cuando los abandonó a su suerte y los asirios y los babilonios arrasaron con ellos. Pero que entonces Dios reveló mediante sus profetas que renovaría su Alianza, que habría una Nueva Alianza y que la muestra de esto fue la restauración de Jerusalén y de Judá. Pero para los tiempos de Jesús ya no habían profetas. 

Por eso, nos dicen los estudiosos lo siguiente. Podría ser que pensaban que ya sólo quedaba el momento final, el Profeta final (a) para algunos, para la restauración de Israel como señora de las naciones; (b) para otros, el final de los tiempos, es decir, el final del proyecto que iniciara Dios al comenzar a crear cuando hizo el Edén. 

Podemos pensar (esto es conjetura) que a los ojos de los líderes del Sanedrín la figura de Jesús les resultó ambigua. Si no, le hubieran reconocido como el Profeta, que es lo que hicieron sus primeros discípulos (Marcos 8,29).

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Para la época de Jesús ya no habían profetas. Por tanto, reconocer a Jesús como «el Profeta» era reconocerlo ya como un personaje escatológico, es decir, que anuncia la llegada de los tiempos finales. Es lo que pareciera que vieron muchos en Juan Bautista. Por eso Jesús al comienzo de su predicación trajo a la mente de sus oyentes su relación con el Bautista. 

Con el tiempo eso que vieron los israelitas judíos (originalmente galileos) fue olvidándose, o incorporándose a otros modos de captar la figura de Jesús como Mesías anunciador del Reino de los cielos. 


El salmo responsorial canta los versos del salmo 94,1-2.6-7.8-9. «Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva,» cantamos. Nos invitamos mutuamente a la alegría de reconocer a Jesús como la Palabra de Dios hecha humano. «Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro.» No caigamos en el mismo error de los que no supieron reconocerle por su corazón endurecido frente a las dificultades del caminar por el desierto. Antes le llamábamos al desierto, «este valle de lágrimas», cuando le pedíamos a la Virgen que fuera nuestra abogada ante su Hijo, mediador ante Dios. 


La segunda lectura está tomada de la primera carta de San Pablo a los Corintios 7,32-35. Continúa justo en el lugar donde nos quedamos el domingo pasado. Es el contexto de la inminente llegada del Hijo del Hombre en majestad sobre las nubes. «Quiero que os ahorréis preocupaciones,» nos dice Pablo. El momento es apremiante, nos dijo el domingo pasado. En cualquier momento el escenario de nuestra vida cambiará abruptamente. Lo que antes era importante ya no lo será y una nueva escala de valores se presentará en el nuevo escenario. 

Los valores absolutos, eternos, esos no cambian. Pero hay también valores o importancias que son relativas al escenario en que uno está. En el desierto, el agua es importantísima. En Roma, por ejemplo, hay tanta agua que no importa que se pierda y hay fuentes por todas partes manando agua sin cesar. En el desierto, teniendo que escoger entre una sortija de plata o un diamante, o unos galones de agua…

Por toda Roma hay estas fuentes manando agua.

Vivimos como en un barco que se hunde, dice Pablo. La gente en el barco no se da cuenta y los chalecos salvavidas ni existen para ellos. Uno en cambio puede seguir la fiesta, pero con un plan en mente de lo que uno va a hacer cuando llegue el momento de la crisis, la urgencia. 

Pablo dice que ahora es el momento de urgencia. En esta situación es mejor ser soltero que casado. «Os digo todo esto para vuestro bien, no para poneros una trampa, sino para induciros a una cosa noble y al trato con el Señor sin preocupaciones,» dice Pablo.

Porque claro, el celibato no es un valor absoluto, como el agua no representa un valor absoluto. Hay valores superiores. 

Con mucha hambre, Esaú vendió sus derechos de primogenitura (Génesis 25,34). En un momento dado, los valores absolutos se trastocan, sobre todo cuando optamos según nuestro desespero.

El celibato es un don y una gracia, igual que la perseverancia en el matrimonio. No es algo en que uno piensa en la vida diaria, «en tiempos normales». En tiempos de urgencia, como dice Pablo, tiene sentido. Pero en tiempos normales no es algo que está ahí para imponerse como asociado a la santidad. 

Otra cosa son los carismas. Unos tienen carisma de lenguas, es decir, de hablar bien. A veces es asunto de poder manejar varios idiomas. Otros tienen carisma de servicio, de atender a los necesitados. Otros tienen carisma de dedicarse a tiempo completo a la comunidad como conserjes, sacristanes, y así. Está el que tiene carisma de no casarse para dedicarse por completo a las tareas de la comunidad, o para dedicarse a la oración y al servicio. Pero eso no es lo mismo que lo que dice Pablo en la lectura de hoy. Y uno no es más o menos importante, como cristiano, según su carisma. Todos los carismas son importantes, cada uno a su modo.

Los carismas no se legislan. Esto fue un error de la iglesia occidental (no así en las iglesias orientales) alrededor de mil trescientos años después de Cristo. En ese momento quizás fue necesario legislar el requisito del celibato para el clero, pero en función de la situación por la que pasaban ellos. Llegados al siglo veinte y veintiuno, nos damos cuenta de que una cosa es la ley; otra, los carismas. 

Pasa lo mismo con las diaconisas y las presbíteras que había en los primeros tiempos del cristianismo.


El evangelio de hoy está tomado de Marcos 1,21-28. Como en el caso de la segunda lectura, el evangelio de hoy continúa justo en el versículo siguiente al del domingo pasado. Recordemos: Jesús reclutó a los primeros discípulos simplemente llamándolos a la orilla del lago de Galilea. Fue algo que evocó lo que hizo el profeta Elías al reclutar a Eliseo (I Reyes 19,19-21). 

En el evangelio de la versión de San Juan hace dos domingos (Juan 1,35-42) los discípulos se quedaron en casa de Jesús. Ahora, nos dice el evangelio, van a la sinagoga de Cafarnaún al culto del sábado. Jesús fue a enseñar a la sinagoga, pero no como los escribas, sino con la seguridad de alguien con autoridad propia. Todos «se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad,» nos dice el evangelio de hoy.

Entonces un hombre poseído de un espíritu inmundo (sucio) lo interrumpe y lo interpela, «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios». Los mismos espíritus demoniacos lo reconocen como el Profeta ungido de Dios. Los lectores pueden ver la nota al calce de la Biblia de Jerusalén a Marcos 1,24.

Entonces Jesús le ordena con autoridad, «Cállate y sal de él». Al momento el individuo «se retorció» y el espíritu inmundo salió de él. Los que estaban allí se dijeron, «¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen.»

Pensamos que esta narración debe ser de las más antiguas de entre las que circulaban entre los primeros cristianos. Que Jesús expulsa demonios y llega para perdonar los pecados es señal clara de que ha llegado el Reino de los cielos. Ese don del Espíritu, Jesús se lo comunicará a los discípulos para que ellos a su vez salgan a anunciar la Buena Nueva y la confirmen con sus propios milagros y exorcismos a nombre de Jesús. 

Cuando el espíritu inmundo reconoce en Jesús al Santo de Dios es lo mismo que llamarle el Ungido, el Profeta consagrado de Dios. De esta manera dramática Jesús comienza a darse a conocer.


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