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La casulla de guitarra

 

Misa tradicional. No hay comunidad orante.

La casulla de guitarra fue un producto del arte barroco. En el arte barroco se echó a un lado el uso de figuras completas y se buscó romper los esquemas muertos de la geometría pura. Los cuadrados y los triángulos no se dejaron quietos, como en las figuras siguientes. 

De la misma manera la casulla «planeta» en uso desde el siglo cuarto se recortó y así formó la casulla de forma de guitarra. Esa casulla de guitarra estuvo en uso hasta finales de la década de 1950 y los primeros años de los ’60. Pero ya en 1963 comenzó a aparecer la casulla planeta como una expresión de un medievalismo romántico. 


Una vez se estableció la reforma litúrgica de 1965 la casulla en forma de guitarra desapareció hasta entrado el segundo milenio. Los únicos que siguieron usando la casulla de guitarra fueron los rebeldes de la Sociedad San Pío X que junto al arzobispo Marcel Lefebvre repudiaron los cambios litúrgicos. La Sociedad San Pío X fue declarada cismática en 1988, bajo el papa Juan Pablo II. 

En el 2009 hubo un esfuerzo del Vaticano para traer a los seguidores de Lefebvre a la unión con la silla de Pedro y tal parecía que esto se lograría hasta que los miembros de la Curia se convencieron que esto no sería posible, incluyendo el papa Benedicto XVI. Al presente se le exige a estos tradicionalistas una profesión de fe que incluya una adhesión a las disposiciones del Concilio Vaticano II, antes de declararlos reintegrados al rebaño de Pedro. 

En el mundo hispano y latino los tradicionalistas han hecho mucho daño, juzgado desde la perspectiva de los conceptos, supuestos y propuestas de renovación de la Iglesia de acuerdo al Vaticano II. Los obispos españoles nunca entendieron (como grupo) lo que sucedía y sucedió en el Concilio, lo mismo que la mayoría de los obispos hispanoamericanos e italianos. En el caso de Francia, es un hecho que el grueso del catolicismo francés se mantuvo identificado dentro de un ultramontanismo solidario con el «Antiguo Régimen» después de la Revolución Francesa. Es lo que explica el fenómeno de la disidencia cismática del arzobispo Lefebvre. 

En Estados Unidos los hispanos católicos tienden a ser tradicionalistas y con razón, si vienen del mundo del catolicismo español de los años ’50 y ’60. A esto se suma la influencia de la cadena EWTN de televisión. Lo que para mí da pena es ver clérigos y religiosos jóvenes con la mentalidad tradicionalista. Han sido influenciados por sus maestros en los seminarios, maestros con mentalidad de seminario franquista de la década de 1950. 

Es lo que me topé al ir a misa este domingo, un joven presbítero —en una parroquia de mercedarios— que salió de la sacristía revestido de una casulla de guitarra.


En 1960 eso no hubiera representado novedad. Es como la insistencia del obispo de Ponce —según me contaron— que todavía en la década de 1970 exigía el uso del amito. Usar amito, usar manípulo, hasta recitar el canon de la misa en latín como todavía se daba aisladamente, no era algo que de suyo llamara la atención. Todavía en la década de 1980 supe de un nuevo grupo español de religiosos (no recuerdo su nombre) en Puerto Rico que se presentaban como los verdaderos jesuitas y ofrecían retiros ignacianos «como debe ser». Uno supo de esas cosas pero no creo que se vieron como una rebeldía contra el Concilio Vaticano II. En todo caso fue una rebeldía contra lo que algunos percibieron como un desorden en las prácticas católicas. Pero uno podía ir a cualquier iglesia un domingo y encontrarse con la misa renovada del Concilio, sin mayores problemas. 

Creo que la rebeldía al estilo de Monseñor Lefebvre y su Sociedad San Pío X tomó aire en la década de 1990 cuando la Curia se llenó de monseñores hispanos y personajes como Marcial Maciel y su Legión de Cristo entraban y salían en el Vaticano sin miramientos. Los miembros del Opus Dei hasta llegaron a conseguir dispensa para celebrar el cumpleaños de su fundador un año en que esa fecha coincidió con el Viernes Santo. Ya fue una generación que no leyó, ni se enteró, de las propuestas y supuestos del Concilio. Pero sí se enteró de las enseñanzas de los profesores de seminario formados en la España de 1950 en que se asumía que Erasmo de Rotterdam era un hereje peligroso y que a los luteranos había que combatirlos a muerte. Un cura recién ordenado participó en una actividad ecuménica en Yauco —de nuevo, me enteré por amigos— y lo enviaron a un retiro espiritual para que en el aislamiento meditara sobre su error. 

Pero nada de eso representó algún rompimiento con el Vaticano. Eran cosas que pasaban en una Iglesia en transición, en el proceso de la aplicación de las reformas del Concilio. Ya entrado en la década de 1990 fui a Ponce para Semana Santa. Y entonces me encontré con lo que sí ya pareció rebeldía. El presbítero celebró la liturgia de Viernes Santo de cara a la pared. Ahora sí que se sabía que no había intención de ser obediente a lo que Roma había propuesto. Pero no es hasta ahora, en el 2022 que veo por primera vez el uso de una casulla de guitarra llevada inocentemente por lo que parece ser un cura recién ordenado, estrenando su vida en la cura de almas. 

En la segunda mitad del siglo veinte a nadie se le ocurrió resucitar el uso de la casulla de guitarra. Si ahora reaparece es en señal de rebeldía al Vaticano y a las claras expresiones del papa Francisco. Quizás el joven presbítero que yo vi no lo sabe. 

Quizás es —ojalá sea así— como las expresiones inmaduras de algunos jóvenes que no anticipan las consecuencias de sus actos y sus manifestaciones. El papa Francisco ha sido sumamente claro en indicar que obediencia a Pedro es obediencia a las propuestas del Concilio Vaticano II.



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