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Domingo 23 del Tiempo Ordinario, Ciclo C

 


El tema de este domingo es el seguimiento de Jesús.

Hace cien años no se pensaba que los laicos o seglares tenían algún papel protagónico en la Iglesia, al menos dentro del catolicismo romano (hay otras iglesias católicas, como las iglesias orientales y las anglicanas). En ese sentido las cosas han ido cambiando, desde el simple hecho que un laico lea las lecturas en la misa. 

Hace cien años, ni siquiera se leían las lecturas de la misa para el público presente en su lengua materna. Hasta estaba prohibida la lectura de la Biblia en privado y todavía estaba vigente la prohibición de leer la Biblia sin permiso del obispo. Hubo un tiempo (todavía en el siglo 19) que ni tan siquiera clérigos y religiosos podían leer la Escritura sin permiso, ni tan siquiera en latín.

Hace cien años se pensaba que un seglar cristiano podía ser misionero (hacer trabajo de catequista) sólo por encomienda del obispo, como en el caso de los Hermanos Cheos (pinchar para saber más) en Puerto Rico. Después de Vaticano II sabemos que todo cristiano es un misionero en virtud de su bautismo y el trabajo de un catequista no es una delegación del obispo. Papa Francisco nombró recientemente a una mujer para dirigir la oficina del nombramiento de los obispos en la Curia del Vaticano.

Esto es lo que quiere decir "Pueblo de Dios": como Iglesia no seguimos al obispo, sino a Jesús. Los obispos son pastores, igual que el papa y los reverendos en otras iglesias. Pero el pastor no está para que le sigan a él, sino para apoyarnos a todos tras Jesús el único pastor, en el camino al Padre. 

La función de obispo, o párroco, es un servicio. Esa es la diferencia que propuso el Concilio Vaticano II con la imagen de Pueblo de Dios. Pastores y pueblo están en una relación horizontal entre sí. La Iglesia –no importa qué iglesia o congregación– no es una pirámide de relaciones jerárquicas. Tampoco es una corporación multinacional.

Al final del evangelio de hoy Jesús dice, "…cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo". Antes se pensó que eso sólo aplicaba a los clérigos y religiosos. Ahora hemos de tomar esto como algo que aplica a todo cristiano. Aplica a todo el que se diga miembro de una iglesia cristiana, incluyendo los pastores y reverendos.

Igual que los discípulos en otros lugares de los evangelios, más de un cristiano dirá, "¿Y quién se podrá salvar?" (Lucas 18,26); "Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?" (Juan 6,60). Por eso uno busca darle la vuelta e interpretar estas palabras. Ya los primeros cristianos le dieron una primera interpretación a esas palabras, cuando renunciaban a sus haberes y se los entregaban a los apóstoles para que los repartieran a la comunidad (Hechos 4,34-35), que fue una costumbre que no sobrevivió.

La renuncia a los bienes de este mundo se interpretó de manera literal en diversos momentos de la historia del cristianismo. También se interpretó como una recomendación, no como una exigencia del seguimiento a Jesús. 

La pobreza de por sí no es un bien positivo, sino que en realidad es un mal, como las enfermedades, que son una privación de salud. La pobreza es la privación de lo que uno necesita, como la comida y el vestido. 

En tiempos de Jesús los filósofos estoicos y los cínicos se propusieron como ideal la libertad de espíritu frente a la esclavitud y el sometimiento a las necesidades humanas. "No necesito mucho, y lo poco que necesito, lo necesito muy poco," decían. Más tarde ese pensamiento se le atribuyó a San Francisco de Asís. Quién sabe si no se dieron cuenta que eso es misión imposible. Es como proponer que seamos ángeles. Aun los ángeles no son libres porque se ven llevados a la obligación de amar a Dios sobre todas las cosas. Se dice que ese fue el pecado de Satanás, el no querer estar obligado a amar a Dios, poder ser libre. 

¿Para qué uno quiere la libertad? Una vez que uno es libre, uno decide y al decidir, ya no es libre.

Es como decir, ¿para qué tener dinero? El dinero es para gastarlo.

Por ahí podemos interpretar lo que Jesús dice en el evangelio de hoy. Para seguir a Jesús hay que renunciar al apego a las cosas y a las riquezas. Como dice una plena puertorriqueña, "Tanta vanidad, tanta hipocresía, si el hombre cuando se muere pertenece a la tumba fría". 

Jesús no nos dice que vivamos en la miseria. Lo que dice es que no vivamos agarrados a la necesidad de cosas superfluas. Para vivir, basta lo básico, lo necesario. Y de lo que nos sobra, podemos apoyar a los hermanos más necesitados, como los primeros cristianos, que tenían todo en común.

Otra cosa es definir qué es lo básico y lo necesario. Eso quizás lo definirá la circunstancia. En algunos países es más importante un burro, que un auto. Entonces llegan los mercaderes de drogas a crear necesidades artificiales. ¿Para qué? Es que ellos tienen necesidad de sentirse importantes y poderosos al imponer sus vicios a los demás. El cristiano no tiene ese tipo de necesidad.

¿Cómo catequizar, cómo comunicar esto? Este es el tipo de asunto que necesitamos ventilar los cristianos, de todas las iglesias. Sabemos que Dios es el que abre las mentes de los que se convierten, pero hemos de evangelizar como si todo dependiese de nosotros. Al final, la gloria es de Dios, como decía San Pablo (2 Corintios 10,17).

Invito a ver mis apuntes sobre las lecturas de este día, del 2016 (hacer clic sobre el año).

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