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Domingo 5 de Pascua, Ciclo C


En el evangelio de este domingo Jesús pide que todos seamos uno, que haya la unión del amor entre nosotros.

La primera lectura de hoy es de Hechos de los apóstoles, 14,21b-27. Narra cómo Pablo y Bernabé viajan por diversas ciudades anunciando la Palabra (el evangelio), organizando comunidades y nombrando "presbíteros" (supervisores) encargados de cada comunidad. Al final vuelven a Antioquía para rendir cuentas de sus trabajos a aquella comunidad que probablemente fue la primera después de Jerusalén en la que era entonces la tercera ciudad más grande del imperio romano.

 La segunda lectura está tomada del libro del Apocalipsis 21,1. Juan (el autor) ve que desaparece el mundo y aparece una tierra nueva y un cielo nuevo y ve bajar la Nueva Jerusalén, la Jerusalén celeste, la nueva ciudad de Dios. Esa es nuestra esperanza, cuando todo será nuevo y Dios enjugará toda lágrima. Este es el motivo de nuestra alegría pascual, por lo que vemos la muerte como la puerta al paraíso a esa Jerusalén celeste donde ya seremos felices en el amor.

En la tercera lectura, el evangelio, Jesús le habla a sus discípulos como parte de su discurso de la Última Cena (Juan 13,31-33a.34-35). Les doy un mandamiento nuevo, dice Jesús, que se amen los unos a los otros. Esta es la señal distintiva de los nuevos tiempos inaugurados por la muerte y resurrección de Jesús.

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Dios es amor. Donde hay amor entre los cristianos y entre los humanos, ahí está Dios. 

En nuestro tiempo estamos llamados a vivir una fe de adultos, no de niños beatos. Estamos llamados a vivir la fe en la comunidad cristiana con un amor de adultos, de modo que la comunidad sea verdadero cuerpo místico de Cristo. Ese es el verdadero misterio eucarístico, el de la comunidad celebrante. 

Dios está presente en la celebración de la comunidad cristiana, en el hecho mismo de reunirnos en una oración común. 

De ahí que no digamos que el sacerdote celebra, sino que todos celebramos y el sacerdote preside. Todos pronunciamos la oración sacerdotal (todos somos sacerdotes por nuestro bautismo) al participar activamente en la celebración. Ese es el sentido sacerdotal del «Amén» al final de la oración eucarística también conocida como «anáfora» y «canon» de la misa. 

Ese sentido de amor y unidad comunitaria es lo que es el fundamento de la Iglesia. La Iglesia somos todos y no hemos de confundir eso con la institución administrativa de la Iglesia. 

Esa confusión entre institución legal y comunidad existencial eclesiástica también se da en las otras iglesias cristianas, lo mismo en Occidente como en Oriente. Se da por sentado que la Iglesia es del reverendo o de los curas y los fieles son clientes que vienen a servirse de lo que ofrecen los empleados de la agencia. 

Por eso fue que se cambió la liturgia, para subrayar que se trata de una celebración comunitaria. La misa y los sacramentos no son obra del clero, sino que son obra (liturgia) de todos unidos en oración. 

Esa es la razón de ser de la sinodalidad, algo que no se inventó papa Francisco, sino que fue algo que derivó del concepto de la colegialidad en las discusiones sobre la naturaleza de la Iglesia al elaborar la constitución Lumen Gentium o constitución dogmática sobre la Iglesia en el Concilio Vaticano II.

Por eso no es admisible el rito tradicionalista tridentino, en que el cura reza oraciones que no se entienden de espaldas al pueblo. En el rito tradicionalista medieval se da por sentado que el sacerdote es el adulto y los fieles son infantes. Es un esquema que también se da en otras iglesias. El reverendo es el "padre" y los fieles son los "hijos". De ahí derivan los vicios del clericalismo que también se da en las iglesias separadas en Occidente y en las iglesias de Oriente. 

Un rito cuyas palabras no se entienden realizado a ocultas del público (como también se da en las iglesias orientales) se presta para una interpretación supersticiosa. Sobre todo, no expresa nuestra relación con Dios gracias a la encarnación en que somos adultos salvados por Jesús en el Espíritu, en la fe y en el bautismo.

Entre tanto nadie tiene la verdad agarrada por el rabo. También es cierto que hay muchas maneras de llegar a Dios y de vivir nuestra relación con Dios. La vivencia de la fe puede expresarse de muchas maneras. Pero hay algo imprescindible en todas las formas del cristianismo: sin amor al prójimo, no hay cristianismo. Donde hay amor, allí está Dios.


Invito a ver mis apuntes para este domingo (un tanto extensos), del 2016.


 

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