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Domingo 4 de Adviento, Ciclo A

 


Este domingo contemplamos la maternidad divina de la Virgen María, Nuestra Señora.

La primera lectura está tomada de Isaías 7,10-14. Dios mueve a Ajaz, rey de Judea, para que pida un signo que le permita saber su futuro. El contexto es el siguiente. Asiria era por entonces la gran potencia al norte. Supuestamente en aquel momento específico Israel (reino del norte) hizo alianza con los asirios para atacar a Jerusalén (reino del sur). 

Ajaz no fue un rey muy piadoso y supuestamente practicó idolatría y en una palabra, no le fue fiel a Yahvé. Isaías lo denunció en varias ocasiones. Pero en esta ocasión, la que corresponde a la primera lectura de hoy, le anunció el favor de Dios. La señal sería que una jovencita quedaría encinta y daría a luz un niño y antes de que el niño llegase a la edad de saber distinguir lo bueno de lo malo, Israel quedaría devastado. Fue como decir que no pasarían más de siete años sin que, no solamente Judea (el reino del sur) estaría fuera de peligro, sino que Israel (el reino del norte) sucumbiría a manos de la invasión y la guerra. La profecía se cumplió.

Desde tiempos antiguos ese pasaje de Isaías fue interpretado por los cristianos como aludiendo a la Virgen y a su parto virginal, sobre todo al traducir «una jovencita está encinta y da a luz un niño» como «la virgen está encinta…». Valga indicar (con la nota al calce de la Biblia de Jerusalén a Isaías 7,14) que el término original hebreo implica que se trata de una jovencita recién casada, lo cual también cuadra con el evangelio de hoy. El evangelio de hoy habla de María, la prometida de José y en aquellos tiempos ser la prometida equivalía a estar ya casada. 

La tradición cristiana también ha reconocido este pasaje de Isaías como un pasaje mesiánico. Puede interpretarse que alude al hijo de Ajaz mismo, de la descendencia real de David, pero también puede referir al rey mesiánico, destinado para la salvación de toda la humanidad representada en el resto del pueblo de Israel que sobrevivió en Jerusalén con el reino de Judea, con los judíos. A ese resto de Israel quedamos incorporados todos los cristianos. 


Respondemos con el salmo 23,1-2.3-4ab.5-6. «Del Señor es la tierra y cuanto la llena,» cantamos. Dios es el creador y Señor de todo lo que hay. Dios bendice a todo el que le es fiel, al que es de manos inocentes, de corazón puro. Esta fue la Virgen y esto es a lo que aspiramos todos los cristianos, a ser personas de bien con sencillez de corazón.


La segunda lectura comienza la lectura de la carta a los Romanos de san Pablo, Romanos 1,1-7. Pablo se presenta como siervo de Jesús, del nacido de la descendencia de David según el orden material y constituido Hijo de Dios según el Espíritu de santidad por su resurrección entre los muertos, Jesucristo Señor Nuestro. Así, san Pablo esboza la base de nuestra fe: Jesús, Hijo de Dios, resucitado, en el que nos encontramos entroncados al Pueblo Santo de Dios al ser llamados a la santidad por la fe. 


La tercera lectura, el evangelio, está tomado de Mateo 1,18-24. Nos dice que María concibió a Jesús por obra del Espíritu Santo, estando comprometida con José. Cuando José se entera de que está encinta piensa repudiarla en privado. No quiso hacerlo en público porque eso hubiese requerido apedrearla por adúltera. Entonces se le aparece un ángel en sueños y le aclara que el hijo de María viene del Espíritu Santo y le instruye que le pondrá por nombre «Jesús», que en hebreo significa «Dios salva». Ese nombre evoca el pasaje de la primera lectura de hoy: «La jovencita está encinta y dará a luz…y le pondrá por nombre Emmanuel». «Emmanuel» significa «Dios con nosotros». 


Cuando uno se encuentra en situaciones desesperadas tal pareciera que Dios se olvida de nosotros. Peor aún si nos parece que Dios nos abandona a causa de nuestra maldad. Pero la persona de Jesús testimonia el amor y la consideración que Dios nos tiene. Dios no se olvida de nosotros, ni nuestros pecados son tan grandes y numerosos como para merecer el repudio total. Dios siempre está ahí para nosotros y lo sabemos porque envió a Jesús a dejarnos saber que quiere que alcancemos la felicidad eterna. 

Jesús vino a enseñarnos el camino al Padre y el camino consiste en el amor incondicional al prójimo como reflejo del mismo amor de Dios. 

En eso consiste nuestra paz. No tenemos motivo de bronca con nadie. No estamos interesados en imponerle modos de conducta a los demás. En todo caso sólo nos interesa invitar al pecador para que cambie de vida y sea una persona decente y por nuestra cuenta buscamos eso, ser gente decente en nombre de Dios.

Invito a ver mis comentarios del 2019 para este domingo, más extensos (oprimir). 

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