En el evangelio de hoy Jesús viene al encuentro de los discípulos caminando sobre las aguas.
En la primera lectura (1 Reyes 19,9a.11-13a) vemos al profeta Elías que viene huyendo de sus enemigos y se refugia en una cueva en el monte Horeb. Entonces el Señor se le presenta para su consuelo; pero no de una manera aparatosa, sino en el silencio y bajo la forma de una brisa suave.
Con el salmo responsorial (salmo 84,9ab-10-12.13-14) clamamos al Señor desde nuestras inquietudes y sufrimientos, seguros de que Dios nos dará la paz y la salvación, nos dará abundantes cosechas y también la justicia en nuestros días.
En la segunda lectura con la continuación de la carta de san Pablo a los Romanos 9,1-5 (que venimos leyendo todos estos domingos, igual que la lectura continua del evangelio de san Mateo) vemos a san Pablo atribulado por la terquedad de los cristianos judaizantes que no quieren o no pueden ver que la fe es cosa del corazón y no de las prácticas judaicas. «Desearía ser yo mismo un proscrito, alejado de Cristo,» dice Pablo. Tal es la pesadumbre que le da que hasta podría renegar de su cristianismo con tal de estar conciliado con sus hermanos judíos. Pero se sobreentiende que esto no es posible, una vez haberse dado con Jesús en su vida. Pero de seguro lo dice como para subrayar la pena que le da que sus hermanos judíos no descubran ellos también el inmenso tesoro de la fe. Ya quisiera él que ellos también descubrieran a Jesús.
En el evangelio Jesús despide a la multitud luego del milagro de los panes y los peces. Jesús le indica a los discípulos que se monten en la barca y se dirijan a la otra orilla mientras él queda en tierra terminando de despedir a la multitud. Nos dice el evangelio que una vez se quedó solo, subió al monte a orar. Si vamos a ver, esa fue su intención original antes del milagro de la multiplicación de los panes, como nos dijo el evangelio el domingo pasado.
Entonces esa noche a eso de «cuarta vela», algo así como las tres de la madrugada, los discípulos se despiertan en medio de una gran borrasca, un oleaje agitado, una tormenta. Y ven a alguien que viene hacia ellos caminando sobre el agua en medio de la oscuridad y piensan que es un fantasma. Pero Jesús se identifica. «¡Ánimo, no tengan miedo!», les grita Jesús. Pedro le grita, «Si eres tú, mándame a ir sobre el agua». Jesús le dice que sí, que vaya. Pero en cuanto Pedro se tira a caminar sobre el agua, se hunde. «Señor, sálvame,» le grita. «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?», le dice Jesús y lo toma de la mano, imaginamos. Y en cuanto ambos se subieron a la barca, la tormenta se calmó. Entonces todos se postran y lo adoran. «Realmente eres Hijo de Dios», le reconocen.
Podemos ver en la tormenta lo mismo que con Elías y con san Pablo: las agitaciones de esta vida, las persecuciones, las incomprensiones, las dificultades que amenazan con hacernos zozobrar. Hemos de mantener nuestra confianza en Dios.
Los estudiosos también comentan que en este episodio Jesús manifiesta su divinidad al mostrar su autoridad sobre los elementos de la naturaleza. También la tormenta puede verse como representativa de las fuerzas del mal que se oponen al bien; o simplemente las fuerzas naturales que complican el que el reino de Dios pueda abrirse paso en este mundo. Al final de cuentas Dios (y Jesús) es dueño y señor y no hay poder alguno que pueda rivalizar con Dios o frustrar sus planes y determinaciones.
También —esto es una idea mía, que no soy estudioso, ni conocedor— uno podría pensar que es un episodio que realmente corresponde a los relatos post pascuales, cuando Jesús resucitado vino a presentarse a los discípulos; una narración que el evangelista ubicó acá en tiempos de la predicación de Jesús y antes de su pasión y muerte. Mi idea viene del que los discípulos de primera intención hayan pensado que veían un fantasma. Recordemos que en los relatos post pascuales los discípulos no reconocen a Jesús de inmediato (como los de Emaús, o el caso del desayuno a orillas del lago —Juan 21,1-14), igual en Lucas 24,16. Así que se trataría de otro relato en que los discípulos no lo reconocen, pero entonces intuyen que se trata de Jesús. Ahí vemos que Pedro le dice, «Si eres tú, mándame a ir sobre el agua».
Fuese un episodio post pascual o en tiempos originales de la predicación de Jesús, vemos también que al final todos le reconocen como Hijo de Dios. Es un episodio que puede considerarse también como una revelación de Jesús en su filiación divina.
El domingo pasado la multiplicación de los panes y los peces fue una señal de la llegada del reino de Dios o reino de los cielos. Este domingo Jesús apacigua la tormenta mientras camina sobre las olas como señal de su filiación divina. Igual que Elías podemos encontrarnos en medio de momentos difíciles, pero Dios está ahí, aunque no se presente de manera aparatosa.
Invito a ver mis apuntes de años anteriores con más detalles y reflexiones sobre las lecturas de hoy. Invito a ver los del año 2020 (oprimir).

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