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DOMINGO 13, TIEMPO ORDINARIO, CICLO B


La primera lectura para este domingo está tomada del Libro de la Sabiduría 1,13-15.2,23-24. Presenta de inmediato el tema de la muerte que volverá a aparecer en el evangelio de hoy: Dios no ha hecho la muerte, ni se complace en que los vivientes mueran. Todo lo creado por Dios es bueno y no es correcto que mueran.
“Dios creó al hombre para que fuera incorruptible y lo hizo a imagen de su propia naturaleza,” dice. Siendo políticamente correctos diremos: Dios creó a los humanos para ser incorruptibles, es decir, para no morir. 
Dios creó el mundo y las cosas de una manera. ¿Cómo es que ahora el mundo no es como él lo proyectó? La explicación: “…por la envidia del demonio entró la muerte en el mundo, y los que pertenecen a él tienen que padecerla”.
“Los que pertenecen a él tienen que padecerla”: ¿Es que pertenecemos al demonio? 
Aquí depende de lo que entendamos por “él”. No creo que se pretenda decir que pertenecemos al demonio. Más bien pertenecemos al mundo. 
¿Es que el demonio le arrebató el mundo a Dios? El mundo entonces sería la provincia, la dimensión y el espacio de Satanás. Es lo que unos cuantos han interpretado, no sólo los cristianos. Hoy día esto nos trae sin cuidado y por eso la maldad puede estar ahí sin que nos percatemos. 
Recuerdo cuando SS Pablo VI habló de que los vapores de Satanás se sentían dentro del Vaticano. Muchos pensaron, también yo, que el papa deliraba bajo la inmensa presión en que estaba entre la necesidad de poner la Iglesia al día y las exigencias de los tradicionalistas. Más tarde creo que fue el escándalo que quizás sintió ante la malicia hasta perversa de algunos en el Vaticano. 
Pero vayamos a la raíz. ¿Puede haber un espacio vedado para Dios, donde le esté prohibido intervenir? ¿Puede este mundo ser provincia del mal? 
En la manera de ver las cosas con referencia a la rebelión de los humanos frente a Dios, se puede entender la explicación del mal y la muerte. Satanás seduce a los humanos y los incorpora a su envidia, a su rebelión contra Dios. No es que Dios no puede entrar en este mundo por así decir; es que hay unos rebeldes. Esos rebeldes deben ser castigados.
Y la ira de Dios es terrible y continúa sobre los hijos y toda la descendencia. Cuando uno ve que de padres con dificultades físicas (ver bien, hablar bien, etc.) siguen naciendo hijos y nietos con dificultades físicas, entonces la culpa es del pecado que cometió el antepasado. Así pensaban ellos. En el caso de los judíos de los tiempos de Jesús, la desgracia nacional era resultado de los pecados nacionales. 
Todos somos herederos del pecado de los padres. Todos por tanto pagamos por el pecado de los primeros padres. A los rebeldes, la cizaña entremezclada con el trigo, hay que castigarlos. La cizaña tiene que morir; el trigo podrá vivir. El castigo del pecado es la muerte.
Así podemos visualizar el contexto y la mentalidad que sirvió de marco a la predicación de Jesús. Recuerde el lector que esto es una propuesta, no es que podamos meternos dentro de otra época, otra situación. 

El salmo responsorial (Salmo 30(29),2.4.5-6.11.12a.13b) reacciona a la primera lectura expresando sentimientos de alegría. El Señor merece ser glorificado, alabado. Cuando estamos muertos Dios nos hace revivir. Por eso sentimos espontáneamente el deseo de darle gracias eternamente. 

La segunda lectura corresponde a la Carta II de San Pablo a los Corintios 8,7.9.13-15. Es la continuación de la lectura del domingo anterior. En esta lectura Pablo exhorta a los cristianos de la comunidad de Corinto a que sean generosos y compartan de lo que tienen. Así los ricos siempre tendrán y los pobres también tendrán, al recibir de los ricos. 
“Así habrá igualdad,” dice. Porque no se trata de que unos pasen necesidad y otros vivan en abundancia. Según el contexto quiere decir que no vayamos a desvestir a un santo para vestir a otro. Cuando exhorta a la generosidad, se remite a los que tienen con qué ser generosos. Más tarde de otras comunidades también llegará ayuda, donativos. 
No es asunto de que todos terminen pobres. Es asunto de nivelar los bienes de unos con las necesidades de otros. La abundancia de unos suple la necesidad de otros, dice Pablo. Y luego la abundancia de los segundos suplirá la necesidad de los primeros. 
Este pasaje de Pablo recuerda otras tantas veces que aparece este tema en el Nuevo Testamento, el compartir entre todos los miembros de las comunidades cristianas de los primeros tiempos. 

El evangelio de hoy continúa la lectura de San Marcos en el capítulo 5,21-43. Aquí hay tres narraciones. Primero, está la narración de la predicación de Jesús. Jesús llega a la otra orilla del lago de Genesaret en Galilea. Una gran multitud viene a escucharle y se aglomera a su alrededor. 
La segunda narración se presenta dentro de la primera y es la de la resurrección de la hija de Jairo, el jefe de la sinagoga. La tercera es la curación de la hemorroisa, a su vez dentro de la segunda narración.
Al comienzo del pasaje de la lectura de hoy llega Jairo y se tira a los pies de Jesús. Le dice que su hija está muy enferma y que venga para que le imponga las manos para que se cure y viva. Jesús accede y va con él hacia su casa junto con la multitud que lo aprieta por todos lados. 
De pronto se detiene. Pregunta, “¿Quién tocó mi manto?”. Los discípulos le dicen, “¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?”. Pero él insiste y entonces una mujer espantada, temerosa, se acerca y le dice que fue ella. Lleva muchos años con un flujo de sangre que no se le quita y pensó que tocando su manto se curaría. Y efectivamente, dice, se ha curado. Jesús le dice: Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad. 
De inmediato volvemos a la historia de Jairo. En ese momento llegan unas personas de la casa del jefe de la sinagoga para decirle que su hija ha muerto. Pero Jesús le dice a Jairo, “No temas, basta que creas”. Y entonces se sacude del gentío y va a la casa acompañado solamente de Pedro, Santiago y Juan. 
Cuando llega a la casa encuentra gente llorando y gritando lamentaciones y les dice, “La niña no está muerta, sino que duerme”. Ellos se burlan de él. Probablemente comentaron que ahí estaba confirmado que estaba loco. Pero Jesús les ordenó a todos que salieran y sólo entró al cuarto de la niña con sus padres y los tres discípulos que iban con él. Entonces tomó la niña de la mano y le ordenó a que se levantara. La niña se levantó y comenzó a caminar. 
Jesús entonces insistió en que no le contaran a nadie lo sucedido. 

Comentario breve
El episodio de la hemorroisa se repite palabra por palabra en los evangelios sinópticos (Marcos, Mateo, Lucas). Podemos pensar que es una narración original de los primeros tiempos en que los discípulos y los apóstoles mismos predicaban. En Marcos está ubicada en el contexto del itinerario de la predicación de Jesús que incluye la expulsión de demonios y curaciones que son señales de la llegada del Reino de Dios. 
En el caso de las curaciones se repite el requisito de la fe como una condición para que sea posible la cura. Es lo mismo que sucede en la historia de la resurrección de la hija de Jairo. 
Jesús pide que no se divulguen los hechos al final del pasaje de hoy y lo mismo sucederá en otros episodios. Esto llama la atención. Quién sabe si sería para evitar que las personas se acercaran a él por razones equivocadas.  



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