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Domingo de la Sagrada Familia




Después de Navidad se sigue la fiesta con la octava de Navidad. El domingo entre Navidad y Año Nuevo, dentro de esa octava, está dedicado a la Sagrada Familia en Nazaret. Como en el resto del año litúrgico, evocamos los momentos de la Historia de la salvación.

La Fiesta de la Sagrada Familia es de institución relativamente reciente. Fue instituida como una celebración litúrgica que nos invita a meditar sobre los misterios de la vida de Jesús. Nos invita a contemplar a Jesús encarnado, verdadero Dios y verdadero hombre. En este caso se trata de la vida oculta de Jesús, de la vida de Jesús fuera de lo que sabemos por los evangelios.

Desde los primeros siglos del cristianismo ya hubo un interés por ese periodo de la vida de Jesús entre su nacimiento y el comienzo de su vida pública, ya de adulto. Hubo narraciones que circularon sobre ese periodo de tipo fantástico, como el de poner al niño Jesús haciendo pajaritos de barro y después echándolos a volar.

La vida oculta de Jesús en Nazaret representa sobre todo el sentido de obediencia al Padre y sus designios para con nosotros. Puede que uno no entienda del todo o tan siquiera esté del todo de acuerdo con la voluntad del Padre, pero es necesario vivir sometido a lo que el Padre ha determinado para cada uno de nosotros. 

De esta manera podemos contemplar a Jesús crecer como cualquier otro niño en juegos y tropiezos, sometido del todo a sus padres, como la voluntad de sus padres era la voluntad de Dios expresada para con él. Esto puede ser difícil, pero también puede ser algo cómodo, en la medida que uno no tiene que asumir responsabilidad. 

No obstante llega el día en que hay que salir del hogar para ingresar a la vida pública. Es lo que SS Pablo VI expresó, me parece, en el final de su homilía con motivo de su visita a la casa de la Virgen en Nazaret, en 1967.


Aquí, en esta escuela [la contemplación de la vida oculta de Jesús, José y María en Nazaret], comprendemos la necesidad de la disciplina espiritual si queremos seguir las enseñanzas del Evangelio y ser discípulos de Cristo.
¡Cómo quisiéramos ser otra vez niños y volver a esta humilde pero sublime escuela de Nazaret! ¡Cómo quisiéramos volver a empezar, junto a María, nuestra iniciación a la verdadera ciencia de la vida y a la más alta sabiduría de la verdad divina!
Pero estamos aquí como peregrinos y debemos renunciar al deseo de continuar en esta casa el estudio, nunca terminado, del conocimiento del Evangelio.

La vida misma impone salir de la tutela de los padres y abandonar la dinámica de vida en familia anterior a nuestra etapa de adultos. Eso es lo que el papa Pablo 6to quiso decir, me parece, respecto al mismo Jesús. 

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A continuación propongo otros apuntes con motivo de esta Fiesta.
En el siglo 20 tuvimos una sensibilidad mayor para el aspecto histórico de estos momentos, al representarlos en el arte. Por eso me llamó la atención esta representación de dominio público, hecha en el siglo 19. Es de tipo romántico y recuerda a Goya. Fue hecha por Janos Donatos. De todos modos me llamó la atención porque representa la familia extendida. "Familia" no es solamente papá, mamá, el nene; lo que una vez denominé "la familia atómica de nuestro tiempo" sin que lo hubiese leído en ningún sitio. Claro, no soy sociólogo; soy uno que se la pasa en reflexiones de cristiano. 

El concepto de familia "moderno", del siglo 20, de la TV de la década de 1950, era esto de una sociedad compuesta por familias "atómicas", es decir, como átomos. La familia-átomo (familia-mónada, lo mismo) estaba compuesta, como descrito, por papá, mamá, los niños. Ese era el ideal que veíamos en la TV. Al crecer los niños, los papás, los expulsaban del hogar y los enviaban a la universidad o al mundo del trabajo.

Los que crecimos en el siglo 20 ahora nos damos cuenta de eso, de que eso fue un invento de los norteamericanos. En Puerto Rico y en la América hispana hemos tenido la familia extendida heredada de los romanos. 

Bajo la influencia de los medios de comunicación de masa (sobre todo, el cine) fuimos abandonando el modelo tradicional del Mediterráneo y comenzamos a pensar que estábamos en «la pequeña casa de la pradera». Nos olvidamos de aquel concepto romano en que familia eran hasta los esclavos, los sirvientes y también, los clientes. Los clientes eran las familias que se unían a la familia principal en intereses y negocios, como todavía sucede en la Mafia. 

Entonces nos metimos en la construcción de urbanizaciones, hechas para familias atómicas. Con las urbanizaciones construimos en Puerto Rico como si estuviéramos en Dakota o Wyoming. El efecto no fue solamente reducir el espacio en que nos movemos, sino desplazar la población hacia las periferias. Comenzamos a vivir aislados unos de otros, a vivir en reservaciones separadas por clases sociales. Ahora unos viven en la urbanización de los ricos; otros en la de los más ricos todavía; la de los de clase media alta que se creen ricos; la de los de clase media que se creen media alta; la de los pobres que se ven como clase media baja; así. 


Antes, en el centro del pueblo interactuaban gente de todas las clases sociales y calañas. De niño yo jugué con los limpiabotas en la calle y en el grupo nos juntábamos los hijos de los privilegiados, los de los menos privilegiados, los que se creían «privilegiados», pero no lo eran (como los de mi familia extendida); hasta los más pobres. Éramos pueblo. Al separarnos por urbanizaciones, nos separamos en castas sociales. Ya no es tan fácil ser pueblo, ser patria. Pero de poder, se puede. Ahí están los ingleses que viven separados en castas sociales y sin embargo se sienten patria.

Los sociólogos nos dicen que algo que contribuye a la criminalidad es esa separación en tribus. Yo no asalto, ni robo a uno de mi misma tribu o familia, porque eso es impensable. Y cuando se hace, como en la Mafia, hay consecuencias; hay guerra entre familias. 

Hay un instinto que nos lleva a sentirnos bien cuando andamos asociados a nuestra tribu. En las cárceles se separan entre los de Monacillos, los de Buen Consejo, los de aquí y allá.

Alguien que creció toda su vida en el caserío tal o cual, verá al que anda en carro de lujo que vive en tal o cual urbanización como un sujeto de otra tribu. Por eso lo natural será asaltarlo, robarle el auto, matarlo, porque no es un ser humano. Seres humanos somos los de mi familia, mi tribu. Lo mismo sucederá desde el otro punto de vista, el de la urbanización de riquitos. 

Recuerdo el cuento de un pariente que se emborrachó en una boda en Yauco y que se quedó dormido en un banco de la plaza, todo vestido de frac y con abotonaduras de diamantes. Nadie se metió con él. Era «familia», porque era de «los nuestros». De seguro que si hubiese sido de San Juan, hubiese amanecido en ropas menores, como poco. 

En mi caso llegué a ver cómo varios grupos de familiares vivían todos bajo un mismo techo. No era por necesidad económica, aunque eso también, cierto. Eran grupos familiares de hermanos, tíos, primos, «compadres» y «comadres». Creo que se cumplía lo que dijo una vez Hillary Clinton, de que se necesita una aldea completa para criar a un niño. Jack Delano contaba ver los niños del Fanguito salir para la escuela con sus uniformes bien planchaditos y las niñas, igual. 

El Fanguito

Jack Delano












Los ideales de lo que es vivir en familia están montados sobre un sistema complejo de ideas y creencias.

En algunas culturas la cortesía impone brindarle la esposa al extraño que llega de visita (busque usted en los buscadores online). En otras culturas se espera que uno tenga varias esposas. En otras culturas es al revés, se espera que ella tenga muchos esposos. Este es un tema que los sociólogos y los antropólogos han investigado desde hace más de cien años. 

Conclusión: utilizar la Fiesta de la Sagrada Familia como una ocasión para promover la familia atómica como si fuera un ideal universal prescrito por Dios, eso no es litúrgico, ni cristiano. Es como aprovechar la Fiesta de los Santos Inocentes para despotricar contra los que practican abortos. Eso no es litúrgico. 

Lo litúrgico es meditar sobre la voluntad de Dios para nosotros. Y contemplar a Jesús, Dios y hombre verdadero. Tendemos a verlo sobre todo como Dios. Se nos olvida que también fue humano, de verdad.

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