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La Inmaculada Concepción



Desde tiempos antiguos se venera la Virgen como "la Inmaculada". Testimonio de esto es el ícono del siglo 11 que vemos arriba. Es una imagen de la Theótokos Panachranta, la "Madre de Dios Toda Inmaculada".
Nótese cómo en la iconografía cristiana se expresa también una teología. La Madre Inmaculada se venera presentando a su Hijo, y como asociada a Jesús. Sin el Hijo, la veneración de la madre pierde su sentido.
En época de la Reforma y la Contrarreforma la liturgia y la iconografía se pusieron también al servicio de las guerras de religión, lo que en Norteamérica llaman "las guerras culturales" entre los políticamente correctos y los que eso les trae sin cuidado.
Los evangélicos-protestantes eliminaron las imágenes. Y entonces utilizaron la Biblia y las citas bíblicas como un martillo, un mazo, contra los católicos. Los católicos por su parte utilizaron las imágenes como su propio martillo para responder. Y también usaron la liturgia, elevando la hostia para que todos se arrodillaran y confesaran el dogma de la transubstanciación.
Ente tanto el olvido de la sana teología mariana, de la Madre de Dios toda pulcra, se olvidó y quedó la imagen solitaria de la Virgen, como un martillo para confesar el dogma, mal entendido. Se veneró el vaso y se olvidó el contenido del vaso; se veneró al mensajero y se olvidó el mensaje; se veneró el dogma y se olvidó la realidad de la que el dogma es signo.

Murillo, Inmaculada Concepción (1678)

Todo esto lo podemos reconocer gracias a la distancia histórica.
Este tipo de análisis es el que trajeron los peritos teólogos al Concilio Vaticano II, en 1962. 
La oposición de algunos padres conciliares a este tipo de análisis fue fuerte. Preferían un análisis más "pastoral", más devocional. 
El Espíritu Santo  le dio la razón a los que entendieron la mariología en términos de lo que podemos denominar la vuelta a las fuentes. 
Está el caso del mismo Jesús en los evangelios, como en Marcos 3,31ss.
º  
3,
31:
Llegan su madre y sus hermanos, y quedándose fuera, le envían a llamar.
º  
3,
32:
Estaba mucha gente sentada a su alrededor. Le dicen: "¡Oye!, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan."
º  
3,
33:
Él les responde: "¿Quién es mi madre y mis hermanos?"
º  
3,
34:
Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice: "Estos son mi madre y mis hermanos.

Luego está el comentario de San Agustín (Lectura patrística para el 21 de noviembre, Memoria de la Presentación de la Virgen (Sermón 25, 7-8: PL 46, 937-938):

Os pido que atendáis a lo que dijo Cristo, el Señor, extendiendo la mano sobre sus discípulos: Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre, que me ha enviado, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre. ¿Por ventura no cumplió la voluntad del Padre la Virgen María, ella, que dio fe al mensaje divino, que concibió por su fe, que fue elegida para que ella naciera entre los hombres el que había de ser nuestra salvación, que fue creada por Cristo antes que Cristo fuera creado en ella?

Ciertamente, cumplió santa María, con toda perfección, la voluntad del Padre, y, por esto, es más importante su condición de discípula de Cristo que la de madre de Cristo, es más dichosa por ser discípula de Cristo que por ser madre de Cristo. Por esto, María fue bienaventurada, porque, antes de dar a luz a su maestro, lo llevó en su seno.
Mira si no es tal como digo. Pasando el Señor, seguido de las multitudes y realizando milagros, dijo una mujer: Dichoso el vientre que te llevó. Y el Señor, para enseñarnos que no hay que buscar la felicidad en las realidades de orden material, ¿qué es lo que respondió?: Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. De ahí que María es dichosa también porque escuchó la palabra de Dios y la cumplió; llevó en su seno el cuerpo de Cristo, pero más aún guardó en su mente la verdad de Cristo. Cristo es la verdad, Cristo tuvo un cuerpo: en la mente de María estuvo Cristo, la verdad; en su seno estuvo Cristo hecho carne, un cuerpo. Y es más importante lo que está en la mente que lo que lleva en el seno.
María fue santa, María fue dichosa, pero más importante es la Iglesia que la misma Virgen María. ¿En qué sentido? En cuanto que María es parte de la Iglesia, un miembro santo, un miembro excelente, un miembro supereminente, pero un miembro de la totalidad del cuerpo. Ella es parte de la totalidad del cuerpo, y el cuerpo entero es más que uno de sus miembros. La cabeza de este cuerpo es el Señor, y el Cristo total lo constituyen la cabeza y el cuerpo. ¿Qué más diremos? Tenemos, en el cuerpo de la Iglesia, una cabeza divina, tenemos al mismo Dios por cabeza.
Por tanto, amadísimos hermanos, atended a vosotros mismos: también vosotros sois miembros de Cristo, cuerpo de Cristo. Así lo afirma el Señor, de manera equivalente, cuando dice: Estos son mi madre y mis hermanos. ¿Cómo seréis madre de Cristo? El que escucha y cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre. Podemos entender lo que significa aquí el calificativo que nos da Cristo de «hermanos» y «hermanas»: la herencia celestial es única, y, por tanto, Cristo, que siendo único no quiso estar solo, quiso que fuéramos herederos del Padre y coherederos suyos.

Con SS Juan Pablo II se volvió a imponer el criterio devocional–tradicional en el enfoque mariano.  Creo que esto se debió más a criterios "pastorales" ante la necesidad de retener los millones de católicos que no entendían pizca de teología post conciliar. 
Ha habido también la confusión de pensar que el abandono de los criterios devocionales–tradicionales implica acomodarse a la "modernidad". 
No hay tal cosa. Ello implica volver al sentido original, el sentido auténtico de las devociones populares. 
Hoy por hoy necesitamos una catequesis "post conciliar". 
Es a lo que también se dirige este esfuerzo en estas reflexiones.
El lema de "A Jesús por María" sigue siendo válido, pero no del modo con que se entendió en la lucha antimodernista, por ejemplo.

El lector también puede ver otros apuntes sobre la Virgen María en








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