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Cambio de vida y responsabilidad ecológica

No es responsabilidad del papa. Es cosa de todos.

 

En cuaresma y Semana Santa muchos cristianos tornan su mirada a Dios. Sabemos que mirar a este mundo es también mirar en la dirección de Dios; es mirar lo que hay y mirar lo que podría haber según el plan de Dios. 

Vemos la belleza de la creación y vemos cómo nuestra actividad depredadora embarra esa belleza y en último término nos afecta a nosotros mismos. Necesitamos una revisión de vida en lo que tiene que ver con nuestra relación al medio ambiente. 

No estamos llevando bien nuestra relación con la madre naturaleza. Dios nos dio libertad y estamos usando esa libertad a la ciega, como si fuéramos unos topos ciegos metidos en las entrañas de la tierra sin darnos cuenta de las consecuencias de nuestra actividad. 

Últimamente caemos en cuenta de los espejismos que nos ciegan, como las imágenes de la buena vida de champán y tenis de diseñador. Últimamente caemos en cuenta que antes nos propusimos ideales de vida como ese, sin pensar en los esquemas de producción económica que hacen posible esa buena vida. Mientras que en los sistemas orgánicos en la naturaleza hay un ciclo de vida que incluye el aprovechamiento de los desperdicios con que se reinician los ciclos, en nuestra producción industrial humana no hay tal cosa. La producción industrial humana termina en basura que ya nos ahoga en nuestro tiempo. 

Esto es algo como la aspiración a que todo ciudadano tenga su propio coche, su propio auto. Ese ideal es imposible. A medida que nos acercamos a poder lograrlo, más congestionadas están las vías de tránsito. Muchos pasan más tiempo sentados en el tapón, que en compañía de su familia en su casa. 

Pero no se trata solamente de eso. Se trata del mismo esquema de producción para que puedan haber coches «buenos y baratos». Ahí está el dato de los materiales para su manufactura que se extraen de la tierra y que escasean cada vez más y que entre tanto resultan en una degradación progresiva del ambiente. Piense el lector la cantidad de autos en Puerto Rico, todos gastando un promedio de diez, quince galones de gasolina a la semana. Consumimos océanos de gasolina, sólo en Puerto Rico. A nivel mundial, serán océanos de petróleo. 

No es asunto de sustituir autos de gasolina por autos eléctricos, porque en ambos casos hay una dependencia de minerales y elementos fósiles de cantidad limitada cuya disponibilidad no puede ser sustituida y cuya explotación provoca la destrucción de bosques y la muerte de numerosas especies y deja tras de sí desiertos estériles que abonan al cambio climático. Lo que decimos de los autos lo podríamos decir de los teléfonos también: puede llegar el momento que no haya con qué fabricar baterías mientras vivimos en medio de junglas de cemento. Claro, antes de eso se habrá buscado alguna alternativa, siempre sobre el supuesto de la producción a base de materiales escasos.

Piense el lector sobre la cantidad de plástico derivado de petróleo que se usa para producir juguetes, enseres, así. Qué tal el plástico en los hospitales y en los centros de salud entre sueros, jeringuillas, suma y sigue. Todo eso termina en el vertedero, sin posibilidad de reciclaje.

Está el caso del papel que tanto abunda y que tan necesario es para toda nuestra actividad de gobierno, empresas y comunicaciones. Se requiere la tala de bosques enteros para fabricar papel. Pasa lo que con la gasolina. Algo así será la cantidad de árboles talados sólo para satisfacer la necesidad de papel en nuestras oficinas. 

Mientras no tengamos formulado un plan específico de cómo vamos a manejar los recursos de la tierra, no se despejará el horizonte de la crisis climática que muchos quisieran negar. El mal de fondo es el esquema de la tecnología de producción industrial que lleva a contaminar y destruir el ambiente de una manera insostenible. 

Es posible cambiar nuestra idea de una vida feliz («champán y ropa de diseñador») por algún otro modelo que no implique la posibilidad de un desastre ecológico a gran escala.

Hay quien argumenta que es asunto de cambiar la tecnología. Pero mientras la tecnología, atrasada o avanzada, dependa de la extracción de materiales de la tierra que son de por sí escasos, no sacamos los pies del plato. Se requiere una transición a fuentes de energías renovables como la energía solar (cosa que ya hacemos) y la energía eólica (de viento), lo mismo que la vuelta al fomento de la generación hidrológica (de agua). No olvidemos los proyectos de protección de nuestras aves, lo mismo que la protección de nuestros mangles y nuestras playas. Hay aves migratorias que se detienen en nuestros humedales, sin los cuales entrarían en una etapa de extinción.

Es posible establecer medios públicos de transporte que faciliten el abandono del ideal de un auto por cada persona. Al liberar las vías públicas de la necesidad de tanto coche se le podrá devolver terreno a los árboles, a las especies de animales, al disfrute de las familias. Esto ya se ha hecho en Singapur, por ejemplo, uno de los lugares más poblados del mundo. Es posible encontrar sustitutos biodegradables al uso de plásticos, como ya se está haciendo. Y así sucesivamente. 

El problema de la destrucción de nuestro planeta es como un pecado colectivo que sólo se puede solucionar a nivel colectivo también. 

Invito a ver los documentos papales sobre este tema, Laudato Sì, Laudato Deum. 












 

 

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